Draxcan: La Paz no Llega

Capítulo XVIII: El Consejo de la Cautela

La sala de estrategias tenía, esa mañana, más gente de la que solía reunir en tiempos ordinarios.

Marcus llegó con el crujido familiar de la prótesis de hierro, todavía con el cansancio del combate en la plaza visible en cada movimiento, pero con la mente tan clara como siempre. Elroan lo siguió, con la armadura recién pulida a pesar de la falta de sueño, porque algunas disciplinas no se abandonaban ni en las peores circunstancias. Seraphine ocupó su lugar habitual junto a Tilio. Fox, con el pergamino de bajas ya completo en la mano, se colocó cerca de la puerta, listo para cualquier mensaje urgente.

Paul llegó al final, en una silla que Aelindel había insistido en proporcionarle, con Martina empujándola, aunque él mismo hubiera protestado que podía caminar la distancia corta desde el hospital sin ayuda.

—Gracias por venir todos —dijo Tilio, de pie frente al mapa desplegado sobre la mesa—. Sé que la noche fue larga para todos. Pero necesitamos decidir cómo avanzar, y necesitamos hacerlo con la cabeza más fría de la que tuvimos ayer.

—¿Qué sabemos con certeza? —preguntó Marcus, sin rodeos.

—Que Nalia calculó el ataque de anoche —respondió Tilio—. Que fue una demostración de fuerza y una prueba, según lo que Paul percibió, para medir hasta dónde puede llegar sin atraer la atención de Equimio. Y que probablemente sabe que hablamos con Darmir, lo que significa que ya no ignoramos por completo contra qué luchamos realmente.

—¿Y qué propones? —preguntó Elroan.

Tilio guardó silencio un momento, con la deliberación de quien ha pasado la noche entera considerando exactamente esta respuesta.

—No lo que consideré anoche, en el calor del momento —admitió, con una honestidad que sorprendió a algunos de los presentes—. Consideré, brevemente, la posibilidad de un ataque directo al subsuelo. Entrar, encontrar a Nalia, terminarlo de una vez.

—¿Y por qué no? —preguntó Marcus, con la franqueza que lo caracterizaba.

—Porque sería exactamente el tipo de acción que Darmir advirtió que podría desequilibrar lo que Equimio vigila —respondió Paul, desde su silla, con la voz todavía cansada pero firme—. Una invasión directa a su territorio, con la intención de destruirla, no sería un acto de defensa. Sería una escalada. Y no sabemos, con ninguna certeza, cómo interpretaría Equimio ese tipo de agresión, viniendo de nosotros en lugar de ella.

El silencio que siguió tuvo el peso de una posibilidad que ninguno de los presentes había considerado con suficiente seriedad hasta ese momento: que la prudencia, en esta guerra, ya no era solo cuestión de proteger vidas humanas, sino de no provocar algo que ninguno de los dos bandos del conflicto original podía controlar.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Elroan—. ¿Esperamos a que vuelva a atacar?

—No esperamos pasivamente —respondió Tilio—. Pero tampoco atacamos a ciegas. Necesitamos información antes que acción.

Lo que Quedó de la Plaza

Antes de continuar con el consejo, Tilio insistió en que todos vieran lo que había quedado.

Bajaron juntos, generales y consejeros, hasta la plaza principal, donde los equipos de rescate seguían trabajando desde el amanecer. La fuente antigua, que había sobrevivido intacta incluso al primer asedio, era ahora un cráter irregular rodeado de piedra ennegrecida. Los edificios que la flanqueaban —una panadería que había reabierto apenas dos semanas atrás, una escuela pequeña que los niños del distrito habían empezado a usar de nuevo tras meses de clases improvisadas en los sótanos— estaban reducidos a escombros que los soldados removían con las manos, buscando lo que pudiera quedar debajo.

Una mujer removía piedras cerca de lo que había sido la puerta de la escuela, con la misma desesperación metódica que Tilio había visto meses atrás en el Distrito Sur.

—Otra vez —murmuró Marcus, reconociendo el gesto sin necesitar que nadie se lo explicara.

—Otra vez —confirmó Tilio, con el peso de la repetición cayendo sobre él con toda su fuerza.

Se acercó a la mujer. No dijo nada al principio; simplemente se arrodilló junto a ella y empezó a remover escombros con las manos, como había hecho meses atrás con la madre de la muñeca de trapo.

—Mi hijo estaba en clase de madrugada —dijo la mujer, sin levantar la vista—. Recuperación. Se había quedado atrás en los meses que la escuela estuvo cerrada.

Tilio no le prometió nada. Había aprendido, con el tiempo, que las promesas vacías costaban más de lo que aliviaban.

—Vamos a buscar —dijo, simplemente.

Encontraron al niño una hora después, vivo, protegido por una viga que había caído en el ángulo justo para crear un pequeño hueco de aire entre los escombros. Cuando lo sacaron, tosiendo pero consciente, la mujer se derrumbó de rodillas con un sollozo que no era de dolor.

Tilio se quedó de pie, observando la escena, con Seraphine a su lado.

—Esto es lo que Nalia calcula sin verlo —dijo, en voz baja—. No los números que le llegan a través de sus grietas. Esto. Cada vez que decide probar un límite, esto es lo que paga la gente que nunca ha oído hablar de Equimio ni de vínculos ni de símbolos.

—Lo sé —respondió Seraphine—. Por eso la cautela de esta mañana no es debilidad, Tilio. Es lo único que nos permite seguir siendo el tipo de gobierno que vale la pena defender.



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En el texto hay: poder y fantasia, amor prohido, altafantasia

Editado: 12.07.2026

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