La grieta de la plaza principal llevaba sellada nueve días cuando Tilio comprendió que la victoria, si es que podía llamarse así, no iba a sentirse como pensaba.
No hubo campanas. No hubo desfiles. Los seis Elemens de afinidad de tierra que habían cerrado la herida de seis puntas en el corazón de Draxcan seguían durmiendo turnos de doce horas, agotados hasta los huesos, y Ren —que apenas unos meses atrás había sido cuerpo prestado de Darmir— caminaba todavía con una cojera que los curanderos aseguraban que desaparecería con el tiempo.
Tilio los había visitado esa mañana, uno por uno, en la enfermería de la Guardia. Les había agradecido en persona, porque un Gran Sabio que no honra a quienes sangran por él no merece el título. Ren se lo había hecho notar con una sonrisa cansada:
—Nunca pensé que la tierra me hablaría, Gran Sabio. Y ahora no calla.
—Escúchala —le había respondido Tilio—. Es la única voz en este reino que no miente.
Ahora, de vuelta en su despacho, con el diario de cuero negro cerrado bajo llave en el cajón de siempre, Tilio miraba el mapa de Draxcan y sus alrededores, marcado con tres cruces rojas: el bosque al norte, la plaza, y un punto sin nombre en el sur donde el Grupo Alca había sellado, meses atrás, lo que los informes militares llamaban con eufemismo "el punto de contacto".
Fox entró sin llamar, como siempre.
—Gran Sabio. Yorvenn pide audiencia.
—¿El sello?
—Sigue firme. Pero dice que quiere hablar de todas formas.
Tilio asintió. Fox no se movió.
—¿Algo más?
—Filaen envió otro mensaje desde el consejo élfico. Insiste en que quiere reunirse con usted en persona. Dice que aún no puede dormir tranquilo.
—No me sorprende. Que alguien te use la cara para mentir durante meses no se olvida en unas semanas.
—Lirael cree que deberíamos dejarlo descansar. Que ya ha hecho suficiente cambiando su voto.
—Lirael tiene razón. Pero Filaen decidirá cuándo ha hecho suficiente. No nosotros.
Fox salió a buscar a Yorvenn. Tilio se quedó solo un momento, con los dedos apoyados sobre el mapa, sobre esa tercera cruz sin nombre en el sur.
El Cristal
Yorvenn llegó apoyado en su bastón, con esa expresión perpetua de quien ha jurado lealtad a un cargo y no a un hombre, y que por lo tanto nunca sonríe ni se inclina más de lo estrictamente necesario.
—Gran Sabio.
—Yorvenn. ¿El sello?
—Firme. Pero requiere mantenimiento constante, como le he dicho cada semana desde hace meses. No es una prisión que se pueda abandonar. Es una vigilia.
—¿Y Darmir?
Yorvenn dudó, algo inusual en él.
—Sigue ahí. Consciente. He notado algo en las últimas semanas.
—¿Qué?
—Silencio. Antes, cuando acercaba el cristal, sentía... presión. Como si algo dentro empujara contra los bordes, probando. Ahora no. Ahora es como hablar con alguien que ha dejado de pelear contra las paredes de su celda y ha empezado, en cambio, a mirarlas.
Tilio se recostó en su silla.
—¿Crees que reflexiona?
—Creo que el aislamiento le ha dado tiempo para pensar en cosas que antes no tenía tiempo de pensar. Eso no lo hace de fiar. Pero tampoco lo hace el mismo que era cuando llevaba el cuerpo de Ren.
—La última vez que hablamos con él, mencionó a su hermano.
—Kidtez. Sí. Fox estaba presente, puede confirmárselo mejor que yo. Darmir preguntó por él antes de dar cualquier información sobre Equimio. Como si le importara más saber si su hermano seguía vivo que cualquier otra cosa.
Tilio guardó silencio un momento.
—¿Crees que Nalia sabe que hablamos con él?
—No lo sé. Pero si lo sabe, y no ha hecho nada al respecto, dice mucho sobre cuánto está dispuesta a arriesgar en este momento.
—Poco.
—Poco —confirmó Yorvenn—. Está probando límites, Gran Sabio. No atacando. Probando. Como quien empuja una puerta sin saber si está cerrada con llave.
Tilio pensó en la balanza que Paul describía en sus meditaciones. En Equimio, vigilando sin intención de castigar, corrigiendo solo si el peso se inclinaba demasiado hacia un lado. En Nalia, que ya no podía permitirse el lujo de la furia porque la furia desequilibra, y el desequilibrio atrae atención que no puede permitirse.
—Sigue vigilando el sello —dijo al fin—. Y si Darmir vuelve a hablar, quiero saberlo antes que nadie.
—Como siempre, Gran Sabio.
La Reunión de Guerra que No Lo Era
Por la tarde, el consejo se reunió en la sala de estrategias. No como en los viejos tiempos, cuando cada reunión terminaba con órdenes de movilización y mapas cubiertos de fichas rojas avanzando hacia el sur. Ahora las fichas apenas se movían.
Marcus llegó primero, la prótesis de hierro golpeando el suelo con el mismo ritmo de siempre. Elroan entró después, la armadura ya reparada, el semblante disciplinado como si la guerra nunca hubiera dejado marcas en él, aunque Tilio sabía que sí las había dejado, solo que Elroan no era de los que las mostraban.