Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo II: Máscaras que Vuelven a Nacer

El informe llegó a manos de Fox tres días después de la reunión de guerra que no era guerra, y desde el primer párrafo supo que algo no encajaba.

Era un reporte rutinario del distrito comercial: un mercader de telas, Herminio Vasc, había cerrado su negocio de forma abrupta, dejando mercancía sin cobrar y deudas sin saldar. Nada extraordinario en tiempos de posguerra, donde media capital todavía se reconstruía con las manos temblando. Pero Fox conocía a Herminio Vasc. Lo había investigado meses atrás, durante los días en que rastreaba el dinero que financiaba en secreto al consejo de ancianos, cuando alguien con el rostro de Aldric conspiraba con Orlin sin que este supiera que hablaba con un impostor.

Herminio Vasc había sido, entonces, uno de los proveedores de esa red. Uno de los nombres que Fox había marcado como "por vigilar" y luego, con la caída del impostor, había dejado de lado, absorbido por asuntos más urgentes.

Ahora Herminio Vasc había desaparecido.

Fox releyó el informe dos veces, sentado en su despacho diminuto dentro del ala administrativa del castillo, con la luz de una sola vela consumiéndose sobre el escritorio. Luego se puso de pie y fue a buscar a Tilio.

El Comerciante que No Estaba

—Desapareció hace cuatro días —dijo Fox, de pie frente al escritorio de Tilio, sin sentarse, como hacía siempre que traía noticias que no le gustaban—. Nadie lo vio salir de la ciudad. Nadie lo vio salir de su casa, en realidad. Simplemente, un día abrió su tienda, y al siguiente no.

—¿Sus empleados?

—Interrogados. Dicen que los últimos meses estaba distinto. Nervioso. Recibía visitas nocturnas que nadie identificaba con claridad. Un empleado jura que una noche vio a un hombre entrar a la trastienda que, jura, tenía el rostro de alguien que ya no podía tener ese rostro.

Tilio levantó la vista del pergamino que estaba firmando.

—¿De quién?

—No quiso decirlo. Dijo que sonaba absurdo. Que probablemente estaba equivocado. Tuve que presionarlo para que al menos me diera una descripción vaga.

—¿Y?

—Un rostro que reconocería en cualquier parte, dijo. Un rostro que ya no debería caminar libre por las calles de Draxcan.

El silencio que siguió tuvo el peso de una losa.

—Aldric —dijo Tilio.

—Eso creo que quiso decir. Sin decirlo.

Tilio se recostó en su silla. El diario de cuero negro, cerrado bajo llave en el cajón de siempre, parecía de pronto más pesado, como si contuviera no solo sus pensamientos sino también la advertencia que la entidad sin nombre había dejado al escapar meses atrás: la próxima vez no será tan fácil de atrapar.

—Convoca a Aldric —dijo Tilio—. Que venga aquí. Ahora mismo, sin excusas.

—¿Sospecha de él?

—No. Aldric estuvo en Trevane la semana pasada, asegurando la frontera sur. Hay una docena de testigos que pueden confirmar cada uno de sus movimientos. No es él quien caminó por esa trastienda.

—Entonces es ella. La que usó su cara.

—O él. No sabemos qué es, en realidad. Solo sabemos que puede quitarse la máscara y ponérsela en otro lugar. Y que Herminio Vasc formaba parte de la red de la conspiración de sucesión, antes de que Orlin descubriera el engaño.

Fox se pasó una mano por el rostro, cansado.

—¿Cree que está reconstruyendo la red?

—Creo que nunca dejó de intentarlo. Solo esperó a que dejáramos de mirar.

El Consejo de Ancianos

Orlin llegó al castillo esa misma tarde, convocado con discreción. Había envejecido visiblemente desde los días en que hablaba a solas, en habitaciones oscuras, con un hombre que creía era Aldric. La conspiración de sucesión que él mismo había alimentado, sin saber que sostenía una mentira con rostro prestado, le había dejado una desconfianza que no se curaba con disculpas ni explicaciones.

—Gran Sabio —dijo, inclinándose con más ceremonia de la necesaria—. Fox me dijo que era urgente.

—Lo es. Necesito que hagas memoria, Orlin. De los nombres. De todos los que formaban parte de la red que sostenía tu conspiración.

Orlin palideció.

—Han pasado meses. Creí que ese asunto estaba cerrado.

—Yo también lo creí.

Le contó lo de Herminio Vasc. Orlin escuchó en silencio, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y cuando Tilio terminó, permaneció callado un largo rato.

—Había otros —dijo al fin—. No solo Vasc. Un cambista llamado Ordeth. Una viuda del distrito de los tejedores, cuyo nombre no recuerdo, que prestaba su casa para las reuniones. Un capitán de la guardia menor, joven, ambicioso, que creía que apoyar la sucesión lo llevaría a un ascenso rápido.

—Necesito los nombres. Todos los que puedas recordar.

—Se los daré. Pero Gran Sabio... —Orlin dudó—. Si esa cosa, esa entidad, está reconstruyendo lo que destruimos, no lo hará con las mismas piezas. Es lista. Sabe que vigilamos a los que ya identificamos. Buscará piezas nuevas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.