Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo III: El Cambista de Ordeth

El cambista Ordeth vivía en una casa estrecha de tres pisos junto al canal este, en un barrio donde el dinero se movía con más discreción que en las plazas comerciales del centro. Fox lo había vigilado durante dos días completos antes de decidir que era momento de hablar con él directamente, y ahora, apostado en la entrada de la casa con dos guardias detrás, sentía ese cosquilleo familiar que solía preceder a los hallazgos importantes.

O a los desastres.

—Gran Sabio dijo que fuéramos discretos —murmuró uno de los guardias, un joven llamado Petrin que Fox había reclutado meses atrás por su capacidad de pasar desapercibido en cualquier multitud.

—Esto es discreto —respondió Fox—. Comparado con derribar la puerta, esto es extremadamente discreto.

Tocó tres veces. Nadie respondió. Tocó de nuevo, más fuerte.

—¿Ordeth? Soy un cliente. Vengo a cambiar oro élfico.

Silencio.

Fox intercambió una mirada con Petrin. Algo en el silencio de esa casa tenía la misma textura que el silencio de la tienda vacía de Herminio Vasc: no la ausencia normal de quien ha salido a hacer un mandado, sino la ausencia deliberada de quien ha desaparecido sabiendo que alguien vendría a buscarlo.

—Abre la puerta —dijo Fox.

Petrin forzó la cerradura con una habilidad que Fox prefería no preguntar dónde había aprendido. La puerta cedió con un crujido seco.

Dentro, la casa estaba en penumbra, con las cortinas cerradas y un olor a cera derretida que sugería velas consumidas hasta el final sin que nadie las reemplazara. Fox avanzó con cautela, la mano cerca de la empuñadura de su daga, hasta llegar al despacho del cambista en el segundo piso.

Ordeth estaba sentado tras su escritorio, con la cabeza inclinada hacia adelante, como si hubiera caído dormido en mitad de una tarea. Pero no dormía.

—Está muerto —dijo Petrin, desde la puerta, con la voz tensa.

Fox se acercó. No había sangre. No había heridas visibles. El rostro de Ordeth conservaba una expresión de sorpresa serena, como si la muerte lo hubiera alcanzado antes de que pudiera comprender lo que ocurría.

—¿Veneno? —preguntó Petrin.

—No lo sé —respondió Fox, examinando el cuello, las manos, cualquier signo que pudiera indicar la causa—. Pero hay algo más.

Sobre el escritorio, junto a los libros de cuentas cuidadosamente ordenados, había un pergamino en blanco. Completamente en blanco, excepto por una sola marca en el centro: un símbolo pequeño, trazado con tinta que parecía, bajo la luz escasa, tener un brillo apagado que no correspondía a ninguna tinta que Fox conociera.

—¿Reconoces esto? —preguntó a Petrin.

El guardia negó con la cabeza.

—Yo tampoco. Pero conozco a alguien que podría.

Yorvenn y el Símbolo

Fox llevó el pergamino al templo esa misma tarde, donde Yorvenn lo examinó bajo la luz de un cristal de comunicaciones activado, girándolo entre sus manos arrugadas con la lentitud metódica de quien ha aprendido a no confiar en las primeras impresiones.

—No es magia élfica —dijo al fin—. Ni humana. Ni Elemens.

—¿Entonces qué es?

—Una firma. Como las que detectamos con los cristales cuando alguien oculta su identidad tras una frecuencia falsa. Pero esta es distinta. Más antigua. Más... hambrienta.

—¿Hambrienta?

Yorvenn dejó el pergamino sobre la mesa, con un cuidado casi reverente, como si temiera que un movimiento brusco pudiera despertar algo dormido en la tinta.

—Cuando alguien usa una máscara de apariencia, como la entidad que suplantó a Aldric durante meses, deja tras de sí un residuo. Una especie de eco de la energía que usó para sostener la ilusión. Este símbolo es ese eco. Pero concentrado, deliberado. No es un accidente. Alguien lo dejó aquí a propósito.

—¿Una advertencia?

—O una firma. Como quien deja su nombre al pie de una carta, aunque el nombre sea ilegible para nosotros.

Fox se pasó una mano por el rostro, cansado. Llevaba tres días sin dormir bien, desde que el informe sobre Herminio Vasc había llegado a su escritorio.

—Ordeth murió sin heridas. Sin veneno visible. ¿Puede una entidad como esta matar directamente?

—No lo sé —admitió Yorvenn—. Darmir necesitó un cuerpo para actuar en el mundo físico. La entidad que usó el rostro de Aldric nunca demostró poder de acción directa más allá de la ilusión y la manipulación. Pero si esto es una firma nueva, distinta de las que ya conocemos, no podemos asumir que las reglas sean las mismas.

—¿Debería informar a Tilio?

—Deberías informarle de inmediato. Y deberíamos convocar a Paul. Si alguien puede sentir algo en ese símbolo que nosotros no percibimos, es él.

Paul en Draxcan

Paul llegó a la capital dos días después, más delgado de lo que Tilio recordaba, con Martina a su lado como siempre, vigilando cada paso con la preocupación silenciosa de quien ha aprendido a no decir en voz alta lo que teme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.