Fox salió de Draxcan al amanecer, tal como había prometido, con Petrin a su derecha y una tercera guardia —una mujer de rasgos afilados llamada Ilse, reclutada meses atrás de las filas de Marcus por su puntería excepcional— cubriendo la retaguardia. Los tres cabalgaban en silencio, con los tres nombres que Orlin había entregado la noche anterior grabados en la memoria de Fox como si fueran una letanía: el capitán de guardia menor Bercín, la viuda del distrito de los tejedores cuyo nombre Orlin al fin había recordado —Iselda—, y un escribano del archivo real llamado Dennoch.
—¿Por cuál empezamos? —preguntó Petrin, cuando el sol ya estaba alto sobre los tejados de la capital.
—Por el más fácil de vigilar sin levantar sospechas —respondió Fox—. El escribano. Trabaja en el archivo. Podemos entrar con cualquier excusa.
El archivo real ocupaba un edificio bajo de piedra gris, cerca del ala administrativa del castillo, donde generaciones de escribanos habían catalogado tratados, censos, y la interminable burocracia de un reino que insistía en dejar constancia escrita de cada decisión, por pequeña que fuera. Fox conocía el lugar bien; había pasado semanas allí, meses atrás, rastreando registros financieros durante la investigación de la conspiración de sucesión.
Dennoch trabajaba en la sección de registros comerciales, un hombre menudo de unos cincuenta años, con las manos manchadas de tinta y una espalda encorvada por décadas inclinado sobre pergaminos. Cuando Fox se acercó a su escritorio, el escribano levantó la vista con una mezcla de sorpresa y algo que, si Fox no se equivocaba, se parecía demasiado al miedo.
—Necesito revisar los registros de la Casa Vasc —dijo Fox, con tono casual, como si fuera una consulta rutinaria—. Deudas pendientes, transacciones de los últimos seis meses.
—Por supuesto —respondió Dennoch, con una voz que temblaba apenas—. Un momento.
Se levantó y caminó hacia los estantes, y Fox notó que sus manos, al buscar entre los pergaminos, temblaban más de lo que la edad podía justificar.
—¿Todo bien? —preguntó Fox, siguiéndolo entre las estanterías, lejos de oídos curiosos.
—Todo bien —respondió Dennoch, sin mirarlo.
—Conocías a Herminio Vasc.
El escribano se detuvo. Sus hombros se tensaron.
—Todos en el distrito comercial lo conocían.
—Y a Ordeth, el cambista.
Dennoch soltó el pergamino que sostenía. Cayó al suelo con un sonido seco que resonó en el silencio del archivo.
—No sé de qué habla.
—Creo que sí lo sabes. Y creo que tienes miedo, y no es de mí.
El escribano se agachó a recoger el pergamino, y cuando volvió a incorporarse, su rostro había perdido todo el color.
—Si hablo, moriré como ellos.
Fox sintió que el corazón se le aceleraba, no por sorpresa —ya esperaba una confirmación así— sino por la certeza fría de que la amenaza era real, tangible, y que el hombre frente a él la sentía con una convicción que no admitía dudas.
—Si no hablas, morirás de todas formas, cuando ya no seas útil —dijo Fox, con la voz más suave que pudo—. Al menos si hablas conmigo, tienes una oportunidad de que te protejamos.
Dennoch miró alrededor, como si las paredes del archivo pudieran tener oídos.
—Aquí no —susurró—. Esta noche. En mi casa. Ven solo.
—No vendré solo. Pero vendré discreto.
El escribano asintió, apenas, y volvió a su escritorio como si nada hubiera ocurrido, dejando a Fox con la certeza de que la red que la entidad sin rostro estaba reconstruyendo era más amplia, y más aterradora, de lo que Orlin había podido imaginar.
La Casa de Dennoch
Esa noche, Fox se presentó solo en la puerta de la casa del escribano, aunque Petrin e Ilse aguardaban a media calle de distancia, ocultos entre las sombras de un callejón, con instrucciones claras de intervenir ante cualquier señal de peligro.
Dennoch abrió la puerta con las manos temblando y lo hizo pasar rápidamente, cerrando tras él con tres cerrojos distintos.
—¿Tanto miedo? —preguntó Fox.
—No sabe de lo que es capaz —respondió el escribano, guiándolo hacia una habitación interior sin ventanas—. Ordeth pensó que podía negociar. Que podía retrasar el pago de lo que debía por ayuda que ya no quería dar. Al día siguiente estaba muerto. Sin heridas. Sin veneno. Los curanderos que lo examinaron en secreto —porque nadie quiso hacer preguntas oficiales, todos temían la misma cosa— dijeron que su corazón simplemente se detuvo, como si alguien lo hubiera apagado desde adentro.
—¿Qué te pidió a ti?
—Registros. Documentos falsos. Actas de propiedad que necesitaba modificar para ocultar transferencias de fondos. Trabajo de escribano, nada más. Pero sé, por lo que he visto y oído, que no es lo único que pide a los demás.
—¿A quiénes más?
Dennoch dudó, con los ojos fijos en la puerta cerrada, como si temiera que las palabras mismas pudieran atravesar la madera.
—Al capitán Bercín le pidió información sobre las rotaciones de guardia en el ala oeste del castillo. A la viuda Iselda, un lugar donde reunirse sin ser vistos, como hizo antes con Orlin.