Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo V: El Canal Débil

Paul insistió en quedarse en Draxcan una semana más, pese a las protestas cada vez más firmes de Martina, que había comenzado a hablar de regresar a Eltrix sin él si era necesario.

—Tu corazón no está para esto —le dijo, la mañana en que Tilio le propuso el plan de contactar a Nalia a través del canal débil—. Ya lo hiciste una vez, en el cráter. Casi te cuesta la vida.

—Y lo haré otra vez, si es necesario —respondió Paul, con la calma terca de quien ya ha aceptado que su cuerpo es una moneda que gasta a cambio de respuestas que nadie más puede obtener—. Martina, si esta entidad se le ha escapado de las manos a Nalia, necesitamos saberlo antes de que sea demasiado tarde para todos, incluida ella.

Martina no discutió más. Se limitó a sentarse a su lado, en el jardín del castillo, con la mano entrelazada con la suya, dispuesta a sostenerlo si el intento le costaba más de lo que su cuerpo podía dar.

Tilio, Seraphine, Fox y Yorvenn completaban el círculo, todos en silencio, mientras Paul cerraba los ojos y buscaba, por segunda vez en su vida, el canal débil que lo había conectado brevemente con Nalia meses atrás, cuando ella le había propuesto una tregua real, mencionando su propia inquietud sobre Equimio.

—Esto puede tomar tiempo —advirtió—. La última vez fue ella quien abrió el canal. Ahora tengo que buscarlo yo.

—Tómate el tiempo que necesites —dijo Tilio—. Pero si sientes que tu cuerpo no resiste, detente. No te vamos a perder por esto.

Paul asintió, sin abrir los ojos, y comenzó.

La Búsqueda

Los minutos pasaron con una lentitud angustiosa. Paul respiraba de forma cada vez más superficial, y las cicatrices de sus símbolos, apenas visibles bajo la manga de su túnica, comenzaron a brillar con un resplandor tenue, casi imperceptible bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana del despacho.

—Está costando más que la última vez —murmuró Martina, apretando su mano con más fuerza.

—La última vez ella abrió la puerta —repitió Yorvenn—. Ahora Paul tiene que tocarla desde el otro lado, sin saber si alguien responderá.

Pasó casi media hora. El sudor comenzó a perlar la frente de Paul, y su respiración se volvió irregular, entrecortada. Martina lo miró con una angustia que ya no podía disimular.

—Paul...

—Espera —susurró él, con la voz apenas audible—. Casi... casi lo tengo.

De pronto, su cuerpo se tensó por completo, como si una corriente invisible lo atravesara de la cabeza a los pies. Las cicatrices brillaron con más intensidad, y por un instante, todos en la sala sintieron un frío que no correspondía a la temperatura de la habitación, un frío que parecía provenir de un lugar mucho más profundo que cualquier sótano o mazmorra: el frío de una diosa antigua, hija directa de uno de los tres hijos de Luzmin y Blasmiz, tan lejana de lo humano que hasta su presencia distante helaba el aire.

—La tengo —dijo Paul, con los ojos aún cerrados, la voz distinta ahora, cargada de un esfuerzo que le costaba articular—. Nalia. Puedo sentirla.

La Voz de Nalia

Paul.

La voz llegó no a los oídos, sino a algún lugar detrás de los ojos de todos los presentes, como si Nalia hubiera decidido, esta vez, extender el canal a todos los que rodeaban a Paul y no solo a él.

—Nalia —dijo Tilio, dando un paso adelante—. Soy Tilio.

Gran Sabio. Sabía que llegaríamos a esto tarde o temprano.

—Necesito preguntarte algo, y necesito una respuesta honesta. Sé que eso es mucho pedir de un enemigo.

No estamos en guerra, Tilio. No la guerra que conocías. Sostenemos algo mucho más frágil que la victoria o la derrota. Pregunta.

—Hay una entidad suelta. Sin rostro fijo. Usó la apariencia de uno de mis generales durante meses para sembrar una conspiración de sucesión en mi consejo de ancianos. Ahora ha vuelto, y deja tras de sí cadáveres sin heridas visibles y pergaminos con símbolos que ni Yorvenn ni Paul reconocen del todo. ¿Es tuya?

El silencio que siguió duró tanto que Tilio empezó a temer que Nalia hubiera cerrado el canal sin responder. Pero entonces, la voz volvió, más pesada esta vez, cargada de algo que sonaba, contra todo lo que Tilio esperaba, como preocupación genuina.

La usé. No es lo mismo que decir que es mía.

—Explícate.

Cuando perdí mi vínculo directo con la superficie, en el cráter, necesité herramientas que no requirieran ese vínculo para actuar. Busqué en las profundidades más antiguas del subsuelo, en los rincones donde la energía cruda de mi propio nacimiento aún se acumula, sin forma, sin nombre. Encontré un resto. Un hilo suelto del mismo tejido con el que el Sabio del Tiempo, mi padre, nos dio forma a mí y a mis seis hermanos, hace eones, en el corazón de aquella nebulosa. Un fragmento que nunca despertó del todo, que nunca recibió nudo ni nombre. Lo até a mi voluntad, o creí atarlo, y lo usé para sembrar dudas en tu consejo, para debilitarte desde adentro sin arriesgar un solo soldado ni provocar la atención de Equimio.

—¿Y ahora?

Ahora actúa por su cuenta. Hace semanas que no responde a mis órdenes con la obediencia de antes. Al principio pensé que era simple resistencia, la clase de fricción que cualquier herramienta ofrece cuando se usa demasiado. Pero ya no puedo negarlo: se ha vuelto algo distinto. Algo que ya no me pertenece.




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