Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo VIII: El Escribano Cassian

Cassian resultó ser un hombre joven, apenas pasados los veinticinco años, con el porte nervioso de quien ha pasado media vida intentando no llamar la atención. Fox lo encontró en su puesto dentro de la administración del distrito comercial, rodeado de registros de impuestos y permisos de venta, tan distinto de la imagen que Fox se había formado —un noble menor, cómplice consciente de una conspiración— que por un momento dudó de si Orlin no se habría equivocado de nombre.

—Necesito hablar contigo —dijo Fox, acercándose con la discreción que había perfeccionado durante meses de investigaciones similares—. En privado.

Cassian palideció de inmediato, y esa reacción, más que cualquier otra cosa, confirmó a Fox que Orlin no se había equivocado.

—No sé de qué quiere hablar.

—Creo que sí lo sabes. Y creo que llevas mucho tiempo esperando que alguien viniera a preguntarte.

El joven miró alrededor, con los ojos muy abiertos, y finalmente asintió, casi imperceptiblemente.

—Esta noche. Detrás del molino viejo, junto al canal. Nadie va allí después del atardecer.

El Molino Viejo

Fox llegó al lugar acompañado de Petrin, apostado a cierta distancia, con instrucciones claras de intervenir ante cualquier señal de peligro. Cassian ya esperaba, envuelto en una capa oscura, con el nerviosismo de quien ha decidido, finalmente, liberarse de un peso que llevaba demasiado tiempo cargando solo.

—Fui mensajero —comenzó, sin que Fox tuviera que preguntar—. Durante meses, llevé cartas entre Orlin y quien él creía que era el general Aldric. Nunca leí el contenido. Nunca me atreví.

—¿Por qué aceptaste el trabajo?

—Porque me lo pidieron de una forma que no daba lugar a negarse. —Cassian bajó la mirada—. Mi familia tiene deudas. Deudas que, de la noche a la mañana, alguien pagó por nosotros, sin que yo supiera quién ni por qué. Semanas después, recibí la primera visita.

—¿La misma figura que usó el rostro de Aldric?

Cassian asintió, con un temblor visible en las manos.

—Al principio pensé que era un favor genuino. Un noble generoso, ayudando a una familia con dificultades. Pero las peticiones empezaron pronto: llevar esto, entregar aquello, no hacer preguntas. Y cuando finalmente pregunté, cuando me atreví a decir que quizás debía informar a las autoridades, mi hermana menor comenzó a tener pesadillas que no la dejaban dormir durante semanas. Pesadillas que hablaban de cosas que ella no podía haber sabido, cosas que solo yo sabía, secretos que nunca había compartido con nadie.

Fox sintió que el peso de la revelación de Orlin —los recuerdos robados, la intimidad invadida— cobraba una nueva y aterradora dimensión.

—¿Le contaste tus secretos a esa entidad?

—Nunca de forma consciente. Pero recuerdo momentos, durante nuestras reuniones, en que perdía la noción del tiempo. Hablaba con ella, o con él, o con lo que fuera, y luego no podía recordar con exactitud qué había dicho. Como si parte de la conversación quedara... borrada. O robada.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste contacto?

—Hace dos semanas. Me pidió algo distinto esta vez. No cartas, no mensajes. Me pidió que reuniera información sobre los horarios de la guardia del ala este del castillo, donde se guardan los archivos de seguridad.

Fox sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Se la diste?

—Parte. No pude negarme del todo, Fox. Cada vez que lo intento, alguien que quiero paga el precio de mi resistencia.

—¿Sabes para qué la quiere?

Cassian negó con la cabeza, con los ojos llenos de un miedo genuino.

—Nunca explica sus propósitos. Solo pide, y promete, y castiga cuando alguien se resiste. Pero esta vez... esta vez sentí algo distinto en su voz. Urgencia. Como si estuviera acercándose a algo importante, algo que necesita completar pronto.

La Alarma en el Castillo

Fox llevó a Cassian al castillo esa misma noche, bajo la misma protección que ya se extendía sobre Dennoch y Bercín, y convocó una reunión de emergencia con Tilio, Seraphine, Yorvenn y Marcus antes de que amaneciera.

—Pidió información sobre los horarios de la guardia del ala este —repitió Tilio, con el rostro tenso—. Donde están los archivos de seguridad. Donde está también, si no recuerdo mal, el acceso al pasadizo que conecta con el templo del Sabio del Tiempo.

Yorvenn se puso de pie de inmediato.

—Donde está el cristal de Darmir.

El silencio que siguió tuvo el peso de una certeza terrible.

—Está buscando llegar hasta él —dijo Seraphine—. Después de la conversación con Kidtez.

—O está buscando impedir que vuelva a ocurrir —añadió Yorvenn—. Si Darmir consiguió sembrar dudas genuinas en Kidtez, el fragmento podría ver eso como una amenaza directa a lo que sea que está construyendo con él.

—Necesitamos reforzar la seguridad del templo de inmediato —ordenó Tilio—. Marcus, quiero el doble de guardia en el ala este, con verificación de frecuencia constante, no solo al entrar sino cada hora.




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