Las patrullas conjuntas comenzaron tres días después de la reunión de los cuatro clanes, con Seraphine al mando desde el lomo de Fuego, sobrevolando los perímetros de Draxcan al atardecer, cuando las sombras se alargaban lo suficiente como para ocultar cualquier movimiento sospechoso en tierra.
—¿Sientes algo? —le preguntó a Fuego, aunque sabía que el dragón no podía responderle con palabras. La comunicación entre ellos funcionaba de otra forma: un lenguaje de tensión muscular, de cambios en el vuelo, de gruñidos apenas perceptibles que Seraphine había aprendido a interpretar durante los quince años que llevaban vinculados.
Fuego inclinó la cabeza hacia el bosque al norte, un gesto sutil que Seraphine reconoció de inmediato como alerta.
—Vamos —dijo, y el dragón descendió en espiral hacia el punto que había señalado.
Aterrizaron en un claro pequeño, rodeado de árboles que parecían haber envejecido más rápido de lo natural, con las hojas marchitas pese a que la estación aún no daba señales de otoño. Seraphine desmontó con cuidado, la mano en la empuñadura de su espada, aunque su cuerpo, cada vez más cansado, protestaba con una lentitud que ella se negaba a reconocer en voz alta.
—¿Qué encontraste? —murmuró, avanzando entre los árboles marchitos.
En el centro del claro, sobre un lecho de hojas secas, encontró otro pergamino en blanco. El mismo símbolo de siempre, la misma tinta de brillo apagado. Pero esta vez, había algo más: un círculo tosco trazado alrededor del símbolo, como si alguien —o algo— hubiera comenzado a experimentar con formas más elaboradas, más deliberadas.
—Fuego —dijo, con la voz tensa—. Necesitamos llevar esto a Yorvenn de inmediato.
El dragón gruñó, bajo, y Seraphine sintió, por primera vez desde que había comenzado la patrulla, algo parecido a un mareo repentino que la obligó a apoyarse contra el tronco de un árbol cercano.
—Estoy bien —murmuró, más para sí misma que para el dragón, que la observaba con una atención que no admitía mentiras—. Solo necesito un momento.
El mareo pasó tan rápido como había llegado, pero dejó tras de sí una inquietud que Seraphine ya no podía seguir ignorando del todo.
El Círculo en el Claro
Yorvenn examinó el nuevo pergamino esa misma noche, con la misma meticulosidad de siempre, aunque esta vez su rostro mostraba una preocupación que no intentaba disimular.
—El círculo es nuevo —dijo, señalando el trazo tosco—. Antes solo dejaba el símbolo. Ahora experimenta con formas más complejas.
—¿Qué significa? —preguntó Tilio, de pie junto a Seraphine, que aún sentía el eco del mareo de esa tarde, aunque no había mencionado el episodio a nadie, ni siquiera a él.
—Significa que está aprendiendo a escribir su propio lenguaje. Cada suplantación, cada recuerdo robado, cada muerte, parece darle más capacidad de expresarse de formas que antes no podía. Es como observar a un niño que aprende a formar letras, solo que las letras que forma son... —Yorvenn dudó, buscando la palabra correcta—. Peligrosas. Cargadas de una energía que ni siquiera yo comprendo del todo.
Fox, que había llegado poco después con noticias de Cassian y su familia ya instalados con seguridad en el ala protegida del castillo, se acercó a examinar el pergamino con el ceño fruncido.
—El claro donde lo encontraste, Seraphine. ¿Está cerca de algún punto de interés? ¿Alguna ruta hacia Eltrix, hacia el sur?
—Está en la ruta directa hacia el bosque donde Paul enfrentó a la bestia madre, meses atrás —respondió ella, recordando la geografía con precisión pese al cansancio—. Y no muy lejos de donde selló la primera grieta importante.
—¿Crees que hay alguna conexión? —preguntó Tilio.
—No lo sé —admitió Yorvenn—. Pero si el fragmento absorbe energía de los lugares donde el Caos se manifestó con más fuerza durante la guerra, los puntos donde las grietas se abrieron y cerraron podrían actuar como... pozos. Lugares donde su poder se concentra con más facilidad.
—Entonces necesitamos vigilar esos puntos con la misma atención que vigilamos el templo —concluyó Tilio.
El Segundo Mareo
Dos días después, durante una reunión rutinaria con los generales, Seraphine sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies con una violencia que no pudo disimular esta vez. Se sujetó al borde de la mesa, con el rostro pálido, mientras Marcus y Elroan interrumpían su informe para mirarla con preocupación.
—¿Comandante? —preguntó Marcus, acercándose.
—Estoy bien —respondió ella, aunque su voz sonaba más débil de lo que hubiera querido—. Solo... me levanté muy rápido.
Tilio, sentado al otro extremo de la mesa, se puso de pie de inmediato, cruzando la sala en pocos pasos.
—Seraphine.
—Estoy bien —repitió ella, con más firmeza esta vez, aunque el temblor en sus manos decía algo distinto.
—No, no lo estás. Llevas semanas así. Vas al hospital ahora mismo.
—Tilio, tenemos una reunión...
—La reunión puede esperar. Tú no.
Fue la primera vez, desde el fin de la guerra, que Tilio empleó ese tono con ella delante de los generales, un tono que no dejaba espacio para la discusión, y Seraphine, pese a su terquedad habitual, sintió que ya no tenía fuerzas suficientes para resistirse.