La expedición partió al amanecer, tres días después de que Tilio ordenara la búsqueda activa. No era un ejército, sino un grupo reducido y cuidadosamente seleccionado: Tilio, Fox, Marcus, Yorvenn con el cristal de comunicaciones, y una escolta de diez soldados de confianza absoluta, verificados uno por uno antes de partir.
Seraphine se había ofrecido a ir, como siempre, y como siempre, Tilio se había negado.
—Necesito que te quedes —le dijo, la noche anterior, mientras ella insistía con la terquedad que la caracterizaba—. No por desconfianza en tu capacidad. Por lo que Aelindel dijo. Necesitas descansar.
—Estoy cansada, no inútil.
—Lo sé. Pero el cráter es territorio donde el tejido entre los mundos es más delgado, según Yorvenn. Si algo sale mal, quiero que tú estés aquí, al mando, no allá, expuesta a lo que sea que encontremos.
Seraphine había cedido, aunque con una expresión que dejaba claro cuánto le costaba, y Tilio, al marcharse esa mañana, sintió el peso de dejarla atrás con una intensidad que no lograba explicarse del todo, como si algo en su instinto le advirtiera que la distancia entre ellos, en ese momento preciso, importaba más de lo habitual.
El Camino al Sur
El viaje hacia el cráter tomó dos días completos, atravesando tierras que aún llevaban las cicatrices de la guerra: campos calcinados que apenas comenzaban a reverdecer, aldeas a medio reconstruir, y el silencio pesado de un territorio que había visto demasiada muerte en muy poco tiempo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Marcus, cabalgando junto a Tilio, con la prótesis de hierro chirriando con cada paso del caballo.
—Medio día más, según el mapa de Paul —respondió Yorvenn, que llevaba el cristal envuelto con cuidado en un paño oscuro, protegido contra cualquier interferencia externa—. El lugar exacto donde cortó el vínculo de Nalia.
—¿Crees que el fragmento estará ahí, esperándonos? —preguntó Fox.
—No lo sé. Pero si busca anclarse donde el tejido es más delgado, este es, según todo lo que hemos aprendido, el punto más vulnerable de todo el reino.
Avanzaron en un silencio tenso, roto solo por el crujido de las ramas bajo los cascos de los caballos y el viento que, a medida que se acercaban al cráter, comenzaba a llevar un olor tenue a azufre que ninguno de ellos había olido desde los días más oscuros de la guerra.
El Cráter
Llegaron al atardecer del segundo día, y el paisaje que encontraron confirmó de inmediato que algo había cambiado desde la última vez que Paul había estado ahí.
El círculo de piedras negras, donde Paul había sellado el corazón de la primera bestia meses atrás, ya no estaba intacto. Varias de las piedras se habían resquebrajado, y de las grietas en su superficie emanaba un resplandor tenue, casi imperceptible bajo la luz del atardecer, del mismo color apagado que la tinta de los pergaminos.
—Dioses —murmuró Marcus, desmontando con cautela.
—No hay dioses aquí —dijo Tilio, casi sin pensarlo, recordando las palabras de Seraphine en la carpa de la colina, meses atrás—. Solo nosotros y lo que sea que hayamos venido a enfrentar.
Yorvenn desenvolvió el cristal con manos temblorosas y lo sostuvo en alto, dejando que su luz recorriera el círculo de piedras. La respuesta fue inmediata: el cristal vibró con una intensidad que Yorvenn no había sentido nunca, ni siquiera en presencia de Darmir contenido.
—Está aquí —dijo, con la voz tensa—. O estuvo aquí muy recientemente. La energía residual es abrumadora.
—¿Podemos rastrearlo? —preguntó Fox.
—Puedo intentarlo. Pero necesito tiempo, y silencio absoluto.
Los soldados formaron un perímetro alrededor del círculo, con las armas desenvainadas, mientras Yorvenn se sentaba en el centro, cerrando los ojos, dejando que el cristal guiara su percepción hacia las profundidades del suelo agrietado.
La Voz en las Piedras
Pasaron minutos que se sintieron interminables. El viento soplaba entre las piedras resquebrajadas con un silbido bajo, casi como una respiración, y Tilio, de pie junto a Fox, sintió que el ambiente mismo del cráter cargaba un peso que no correspondía a ningún fenómeno natural.
—Yorvenn —llamó, cuando el silencio se volvió insoportable—. ¿Algo?
—Espera —susurró el anciano mago, sin abrir los ojos—. Hay... hay algo formándose. Palabras. No las había tenido antes.
De pronto, una de las piedras negras se resquebrajó por completo, y de la grieta emergió una voz, fragmentada, compuesta de múltiples ecos superpuestos, la misma que Kidtez había escuchado en las ruinas del sur.
Gran Sabio. Qué honor.
Tilio dio un paso adelante, la mano en la empuñadura de su espada, aunque sabía, con una certeza fría, que el acero no serviría de mucho contra lo que fuera que hablaba desde las piedras.
—¿Quién eres?
Todavía no lo sé del todo. Pero estoy cerca. Puedo sentirlo. Cada pieza que reúno, cada nombre robado, cada secreto que absorbo, me acerca más a la respuesta.
—¿Qué quieres?
Lo mismo que quiso Nalia cuando nació de las manos de su padre. Lo mismo que quiso Ian cuando decidió crear una raza que no fuera ni dios ni dragón. Un propósito. Un lugar. Un nombre que sea mío, y no prestado por nadie más.