Subieron en silencio hasta el despacho de Tilio, un silencio que a Seraphine le resultó más pesado que cualquier grito, porque conocía a ese hombre desde hacía años, y sabía que su silencio nunca era vacío. Siempre cargaba algo.
Cerró la puerta tras ellos. Tilio se quedó de pie, de espaldas a ella, mirando por la ventana hacia la oscuridad que ya cubría Draxcan, con las manos apoyadas sobre el marco de piedra, como si necesitara sostenerse de algo sólido.
—¿Qué pasó allá? —preguntó Seraphine, incapaz de soportar más el silencio—. ¿Encontraron algo en el cráter?
—Lo encontramos —respondió él, sin volverse—. O más bien, él nos encontró a nosotros.
—¿Hablaste con él?
—Habló conmigo. Se ofreció a negociar. Información a cambio de tiempo.
—¿Qué información?
Tilio finalmente se dio la vuelta, y Seraphine sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho al ver la expresión de su rostro: no era ira, no del todo. Era algo más complicado, una mezcla de dolor y una ternura desesperada que no sabía cómo interpretar.
—Me dijo que estás embarazada —dijo, con la voz baja, casi rota—. Que lo sabías. Que no me lo habías dicho.
El mundo se detuvo para Seraphine en ese instante. Sintió que las piernas le fallaban, y se sujetó al respaldo de una silla cercana para no caer, no por el mareo que la había acompañado durante semanas, sino por el peso de una verdad que ella misma había estado postergando decir, arrancada de su interior por el enemigo más peligroso que jamás habían enfrentado.
—Tilio...
—¿Es cierto? —preguntó él, dando un paso hacia ella, con la voz quebrándose en la pregunta.
Seraphine cerró los ojos un instante, sintiendo que las lágrimas ya se agolpaban, imposibles de contener por más tiempo.
—Es cierto —susurró.
La Confesión
El silencio que siguió se sintió eterno. Tilio se acercó lentamente, hasta quedar frente a ella, y por un largo momento, ninguno de los dos supo qué decir, atrapados entre el alivio de una verdad finalmente expuesta y el dolor de la forma en que había salido a la luz.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él finalmente, con más tristeza que reproche en la voz.
—Porque tenía miedo —respondió Seraphine, dejando que las lágrimas corrieran sin intentar detenerlas—. Miedo de que esta cosa, esta entidad sin nombre que roba secretos de la mente de quien toca, encontrara la forma de usarlo contra ti. Contra los dos. Miedo de que se convirtiera en un arma, en una debilidad que pudieran explotar en el peor momento posible.
—Y aun así, lo usó de todas formas —dijo Tilio, con la amargura de quien comprende, demasiado tarde, que el silencio no había servido para protegerlos, sino que había dejado espacio para que el golpe llegara de la forma más cruel posible.
—Lo sé. —Seraphine se cubrió el rostro con las manos, sintiendo que la vergüenza se sumaba al miedo—. Lo siento, Tilio. Debí decírtelo desde el principio. Debí confiar en que juntos podríamos protegerlo mejor que yo sola guardando el secreto.
Tilio la abrazó entonces, con una fuerza que hablaba más que cualquier palabra, sintiendo cómo ella se aferraba a él, temblando, liberando semanas de tensión acumulada en un llanto que finalmente encontraba permiso para existir.
—No vuelvas a hacerlo —murmuró él, contra su cabello—. No vuelvas a cargar algo así sola. No me importa lo que esa cosa sepa o deje de saber. Me importa que tú y yo estemos juntos en esto, siempre, sin secretos que puedan arrancarnos por sorpresa.
—Lo prometo —dijo ella, con la voz ahogada por el llanto—. Lo prometo, Tilio.
Se quedaron abrazados un largo rato, en el silencio del despacho, mientras afuera la noche cubría Draxcan con la misma calma engañosa de siempre, ajena por completo al peso de lo que acababa de ocurrir entre las cuatro paredes de esa habitación.
La Pregunta que Faltaba
Cuando finalmente se separaron, Tilio la llevó hasta el sillón junto a la ventana, y se sentó a su lado, tomándole las manos con una delicadeza que contrastaba con la tormenta de emociones que aún sentía por dentro.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con una sonrisa temblorosa que intentaba abrirse paso entre el dolor.
—Casi dos meses, según Aelindel.
—¿Por eso el cansancio? ¿Los mareos?
—Sí. No quería preocuparte antes de estar segura. Y luego, cuando estuve segura, ya no supe cómo decírtelo en medio de todo lo que enfrentábamos.
Tilio se llevó su mano a los labios, besándola con una ternura que Seraphine no había visto en él desde antes de que la guerra volviera a estallar, meses atrás.
—Un hijo —murmuró, con la voz cargada de una emoción que apenas lograba contener—. Después de todo lo que hemos perdido, después de todo lo que ha costado sostener esta paz, vamos a tener un hijo.
Seraphine sintió que una pequeña esperanza florecía en medio del caos, aunque una parte de ella, la parte que había aprendido a desconfiar de las cosas buenas después de tanta guerra, no lograba soltar del todo el miedo que la había acompañado durante semanas.