Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo XIII: El Peso de lo Público

El almacén del distrito de los curtidores fue clausurado esa misma madrugada, con guardias apostados en cada esquina y las runas de contención que Yorvenn tejió alrededor del edificio completo, no solo del círculo dañado en su interior. Trabajó hasta el amanecer, con Marcus vigilando a su lado, ambos conscientes de que el peligro no había desaparecido, solo se había replegado.

—¿Crees que vuelva aquí? —preguntó Marcus, observando cómo Yorvenn trazaba el último símbolo sobre el marco de la puerta.

—No lo sé. Pero si lo intenta, lo sabremos de inmediato. He dejado un eco en cada runa, algo que resonará hasta el templo si alguien, o algo, cruza ese umbral de nuevo.

—¿Cuánto tiempo le compramos anoche?

Yorvenn se apoyó en su bastón, con el rostro marcado por el cansancio de una noche entera de trabajo sin descanso.

—No lo suficiente, me temo. Pero algo es algo.

La Reunión del Consejo

Al mediodía, Tilio convocó una sesión extraordinaria del consejo ampliado: los generales, Yorvenn, Fox, y por primera vez desde el inicio de esta crisis, también los representantes de los cuatro clanes reunidos en Draxcan, incluyendo a Vorn, que había viajado desde el distrito Elemens apenas recibió la noticia del incidente en el almacén.

Seraphine se sentó junto a Tilio, con la mano apoyada sobre la mesa, visible para todos, un gesto pequeño pero deliberado: ya no ocultaba el ligero cambio en su postura, la forma en que ahora se cuidaba al sentarse, al levantarse, consciente de que las miradas de los presentes ya no solo la veían como comandante, sino también, aunque no lo dijeran en voz alta, como una mujer que llevaba dentro la posibilidad de un heredero.

—Antes de discutir el incidente de anoche —dijo Tilio, con la voz firme pese a la tensión que aún cargaba desde la revelación en el cráter—, hay algo que Seraphine y yo queremos anunciar formalmente.

Vorn, que ya sospechaba algo por los comentarios que él mismo había hecho semanas atrás sobre el cansancio de la comandante, se inclinó ligeramente hacia adelante, con una expresión que mezclaba curiosidad y algo parecido a la ternura, poco habitual en un líder Elemens de su rango.

—Seraphine está embarazada —dijo Tilio, sin rodeos, con la misma claridad directa que empleaba para cualquier decisión de estado—. Esperamos nuestro primer hijo.

El silencio que siguió duró apenas un instante antes de que Vorn, el primero en reaccionar, se pusiera de pie.

—Es una noticia extraordinaria, Gran Sabio. La primera vida nacida de una unión legítima entre humano y Elemens desde que la enmienda pasó. Este niño, o niña, será un símbolo para los cuatro clanes, lo quieran o no.

—Precisamente por eso quería anunciarlo aquí, ante todos ustedes, antes de que los rumores lo distorsionaran —dijo Tilio—. No quiero que esto se convierta en un instrumento político, ni para nosotros ni para nadie más. Es, ante todo, un hijo. Nuestro hijo.

Lirael, la consejera élfica que había acompañado a Filaen a Draxcan para la reunión, asintió con solemnidad.

—Los elfos celebraremos esta noticia con la misma alegría con que celebramos la enmienda misma. Aunque debo preguntar, Gran Sabio, con el debido respeto: ¿es prudente que la comandante siga al mando de las patrullas conjuntas en un momento como este, con la amenaza que enfrentamos?

—No —respondió Seraphine misma, antes de que Tilio pudiera hablar por ella—. He reducido mi participación en combate directo. Marcus asumirá el liderazgo operativo de las patrullas, y yo me concentraré en la coordinación estratégica desde el castillo.

Marcus asintió, aceptando la responsabilidad con la seriedad que siempre mostraba ante cualquier tarea que se le encomendara.

—Será un honor, comandante.

El Peso de la Noticia

La sesión continuó con la discusión del incidente en el almacén: el círculo dañado pero no destruido, la advertencia de Yorvenn sobre el tiempo comprado, la necesidad de intensificar la vigilancia en toda la capital. Pero bajo la superficie de la estrategia militar, Tilio no podía evitar sentir el peso distinto que la noticia pública había traído consigo: ya no era solo un secreto entre él y Seraphine, sino algo que pertenecía, en cierta medida, a todo el reino.

—¿Estás bien con esto? —preguntó a Seraphine, cuando la reunión terminó y ambos caminaban de vuelta hacia sus aposentos—. Con que todos lo sepan ahora.

—Es mejor que el secreto —respondió ella, con una honestidad que había ganado desde la confrontación de días atrás—. El fragmento ya lo sabía. No tiene sentido seguir escondiéndolo del resto del mundo cuando nuestro peor enemigo ya lo usó como arma. Al menos así, si algo me pasa, si algo pasa con el embarazo, no será una sorpresa devastadora para nadie más que para nosotros.

—No va a pasarte nada —dijo Tilio, con una convicción que buscaba, más que nada, convencerse a sí mismo.

Seraphine no respondió de inmediato, sintiendo el peso de una intuición que no lograba nombrar del todo, algo parecido al miedo silencioso que la había acompañado durante semanas antes de la revelación, pero que ahora, pese a que el secreto ya no existía, seguía presente de alguna forma más sutil, más difícil de identificar.




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