El primer campo que Marcus decidió inspeccionar fue el bosque donde, meses atrás, las bestias habían atacado a un convoy de suministros y dejado doce muertos, el mismo lugar donde después, durante la cacería de las criaturas residuales, treinta y siete soldados habían caído en una emboscada nocturna que ninguno de los presentes en aquella guerra había olvidado del todo.
—Aquí empezó todo, en cierto sentido —dijo Marcus, desmontando junto a Tilio en el linde del bosque, con la memoria de aquellos días grabada en cada línea de su rostro—. El primer lugar donde entendimos que la guerra contra las bestias no terminaría de un día para otro.
—Y quizás el primer lugar donde algo más quedó suelto, sin que lo supiéramos entonces —añadió Yorvenn, desenvolviendo el cristal de comunicaciones con el cuidado ritual de siempre.
El grupo era más reducido esta vez: Tilio, Marcus, Yorvenn, Fox, y ocho soldados escogidos entre los más experimentados de la Guardia, todos verificados esa misma mañana con el procedimiento habitual. Seraphine se había quedado en Draxcan, coordinando desde la sala de estrategias, una decisión que Tilio agradecía en silencio cada vez que pensaba en el peligro que podían encontrar en cualquiera de estos campos olvidados.
Avanzaron entre los árboles, cuyas copas aún mostraban, meses después, las cicatrices de las batallas libradas bajo ellas: troncos partidos, marcas de garras profundas en la corteza, claros donde la vegetación se negaba a crecer con la misma fuerza que en el resto del bosque, como si la tierra misma recordara la sangre derramada.
—Aquí —dijo Fox, deteniéndose en un claro particular—. Fue aquí donde encontramos a la bestia grande, la primera vez que hirió a Seraphine.
Tilio sintió el peso del recuerdo asentarse sobre él con una intensidad inesperada: la sangre, el miedo, la promesa que le había hecho mientras la cargaba en brazos hacia el hospital. Parecía haber pasado toda una vida desde entonces, aunque en realidad, apenas habían transcurrido poco más de un año.
Yorvenn se detuvo en el centro del claro, sosteniendo el cristal en alto, y su expresión cambió de inmediato: una tensión que ninguno de los presentes necesitaba que les explicara.
—Hay algo aquí —dijo, con la voz baja—. Débil, pero presente. Como un eco de lo que sentí en el almacén, aunque mucho menos concentrado.
El Rastro
Siguieron la señal del cristal durante casi una hora, internándose más profundamente en el bosque, hasta llegar a un punto que ninguno de ellos reconocía de las batallas anteriores: una hondonada natural, rodeada de rocas cubiertas de musgo, donde el aire mismo parecía más pesado, más denso, cargado de una quietud antinatural que ni los pájaros se atrevían a interrumpir.
—Esto no estaba en ningún informe de batalla —observó Marcus, examinando el terreno con ojo entrenado—. No hay marcas de combate aquí.
—Quizás porque no fue un lugar de batalla —dijo Yorvenn, avanzando con cautela hacia el centro de la hondonada—. Quizás fue un lugar de muerte silenciosa. Donde algo, o alguien, murió sin testigos, sin ceremonia, sin que nadie llegara a tiempo para honrarlo.
En el centro de la hondonada, medio cubiertos por hojas caídas y la vegetación que había crecido sin control durante meses, encontraron los restos de lo que parecía haber sido un pequeño grupo de soldados: huesos dispersos, fragmentos de armadura oxidada, y entre ellos, un símbolo trazado sobre una de las rocas más grandes, la misma tinta de brillo apagado que ya conocían demasiado bien.
—¿Quiénes eran? —preguntó Fox, examinando los restos con una mezcla de respeto y horror.
—No lo sé —respondió Marcus, arrodillándose junto a los huesos—. No hay insignias reconocibles. Podrían ser soldados perdidos durante la retirada, o quizás civiles que intentaron huir del combate y no lo lograron.
Tilio sintió una tristeza profunda ante la idea de que estas personas, quienes fueran, hubieran muerto solas, olvidadas, sin que nadie supiera siquiera que habían existido hasta ahora, meses después, cuando su lugar de muerte se convertía en el foco de una amenaza mucho mayor que la que probablemente los había matado.
—Enterrémoslos como corresponde —dijo, con una determinación que no admitía discusión—. Antes de hacer cualquier otra cosa aquí. Merecen al menos eso.
El Ritual
Los soldados cavaron una fosa apropiada mientras Yorvenn examinaba el símbolo en la roca con creciente inquietud. Marcus dirigió unas palabras simples pero sinceras sobre los restos, honrando a los caídos desconocidos con la misma solemnidad que hubiera empleado para cualquier soldado identificado de Draxcan.
—Que la tierra los reciba en paz —dijo, mientras cubrían la fosa—. Que el descanso que la guerra les negó en vida, lo encuentren ahora.
Tilio observó el proceso en silencio, sintiendo que había algo profundamente simbólico en el acto: honrar a los olvidados como una forma de negarle al fragmento el terreno fértil que buscaba, el vacío ritual que necesitaba para anclarse.
—¿Sientes algún cambio? —preguntó a Yorvenn, cuando terminaron.
El anciano mago se quedó pensativo, sosteniendo el cristal sobre la fosa recién cubierta.
—Un poco. La energía residual sigue presente, pero menos concentrada que antes. Como si el acto de honrarlos, de darles finalmente el respeto que merecían, hubiera debilitado, aunque sea levemente, lo que se aferraba a este lugar.