El séptimo mes de embarazo trajo consigo una calma que, en retrospectiva, muchos en Draxcan recordarían como la calma que precede a la tormenta. Seraphine se movía por el castillo con una lentitud nueva, no por debilidad, sino por la precaución constante que Aelindel le había impuesto, y que ella, contra su propia naturaleza inquieta, había aprendido a respetar.
—Hoy te ves distinta —comentó Tilio, una mañana, observándola mientras revisaba informes en la sala de estrategias.
—Me siento distinta —respondió ella, con una sonrisa cansada—. Como si mi cuerpo ya no fuera del todo mío, sino algo compartido entre dos.
—Aelindel dice que eso es normal para el séptimo mes.
—Aelindel dice muchas cosas. La mitad de las veces solo quiero que me deje descansar sin tantas advertencias.
Tilio rio, con una ligereza que no había sentido en meses, y se acercó para besar su frente antes de continuar con los informes que Fox había dejado esa mañana: patrullas rutinarias, ninguna señal del fragmento reunificado ni del fragmento rebelde, la vida cotidiana de un reino que, poco a poco, aprendía a respirar de nuevo.
Nadie en esa sala, ni Tilio, ni Seraphine, ni Fox, que entró minutos después con más papeles bajo el brazo, podía imaginar que esa mañana de calma sería una de las últimas antes de que todo cambiara.
La Alarma del Distrito Sur
Ocurrió al mediodía, sin ningún aviso previo, sin ningún patrón que Yorvenn hubiera detectado en sus verificaciones diarias. Un grito desde las murallas del distrito sur, seguido del tañido urgente de las campanas de alarma, resonó por toda la capital con una violencia que ninguno de ellos había escuchado desde los últimos días de la guerra contra las bestias.
—¡Gran Sabio! —gritó un mensajero, irrumpiendo en la sala de estrategias sin llamar—. Algo atacó el mercado del distrito sur. No sabemos qué es.
Tilio se puso de pie de inmediato, con el instinto de guerra que años de conflicto habían grabado en cada fibra de su ser.
—¿Bestias? ¿El fragmento?
—No lo sabemos, Gran Sabio. Los testigos hablan de sombras, de gritos, de gente corriendo. Hay heridos.
—Marcus, conmigo —ordenó Tilio, ya dirigiéndose hacia la puerta—. Fox, quiero a Yorvenn con el cristal de inmediato.
Seraphine se levantó también, con la determinación instintiva de una comandante que llevaba toda su vida respondiendo a este tipo de llamados.
—Voy con ustedes.
—No —dijo Tilio, girándose de inmediato—. Seraphine, no.
—Tilio, si es el fragmento, si es algo que amenaza a la capital, no puedo quedarme aquí sentada mientras...
—Puedes y lo harás —la interrumpió él, con una firmeza que no admitía discusión, aunque su voz llevaba consigo el mismo miedo que sentía por dentro—. Coordina desde aquí. Es lo que acordamos.
Seraphine apretó los labios, con la frustración visible en cada línea de su rostro, pero finalmente asintió, sabiendo, en el fondo de su ser, que él tenía razón, aunque cada instinto de guerrera en ella gritara lo contrario.
—Ten cuidado —dijo, mientras él se alejaba a toda prisa con Marcus y una docena de soldados.
El Mercado del Distrito Sur
Lo que encontraron al llegar superó cualquier expectativa que Tilio hubiera formado durante el trayecto. El mercado, normalmente bullicioso de comerciantes y compradores, estaba sumido en el caos: puestos volcados, mercancía dispersa por el suelo, y en el centro de la plaza, un grupo de soldados formando un círculo defensivo alrededor de algo que Tilio no lograba distinguir con claridad desde la distancia.
—¡Abran paso! —gritó, abriéndose camino entre la multitud aterrorizada que huía en dirección contraria.
Al llegar al centro, comprendió de inmediato la magnitud de lo que enfrentaban: no era el fragmento reunificado, ni tampoco parecía ser el fragmento rebelde que habían dejado escapar en el cráter. Era algo distinto, una bestia residual de la guerra contra las bestias, pero mutada, distorsionada, mucho más grande y agresiva que cualquiera de las criaturas que habían enfrentado en los meses posteriores al fin de esa guerra.
—¿Qué es eso? —preguntó Marcus, con el rostro pálido ante la visión de la criatura, cuyo cuerpo parecía compuesto de sombra sólida, con múltiples extremidades que se movían con una coordinación antinatural.
—No lo sé —respondió Tilio, desenvainando su espada—. Pero necesitamos contenerla antes de que alcance las zonas residenciales.
Yorvenn, que había llegado poco después con el cristal en alto, examinó a la criatura con una expresión de creciente alarma.
—Esto no es una bestia normal, Gran Sabio. Siento la misma firma que hemos rastreado durante meses. Es del fragmento rebelde. O quizás... quizás es algo que el fragmento rebelde creó, en su debilidad, buscando una forma de actuar sin exponerse directamente.
—¿Puedes contenerlo?
—Puedo intentarlo. Pero necesito tiempo, y necesito que la mantengan alejada de mí mientras trabajo.
La Batalla en el Mercado
Los soldados formaron un perímetro más amplio, intentando dirigir a la criatura lejos de las zonas más pobladas del distrito, mientras Yorvenn comenzaba el ritual de contención con el cristal, murmurando las mismas palabras antiguas que había usado meses atrás para reforzar el sello sobre Darmir.