El funeral de Elyra se celebró siete días después de su pérdida, en una ceremonia pequeña, privada, que Tilio y Seraphine insistieron en mantener alejada de la pompa política que cualquier otro evento relacionado con la sucesión real hubiera exigido. No hubo discursos ante multitudes, ni desfiles, ni la solemnidad ceremonial que Draxcan reservaba para sus figuras públicas. Solo un pequeño jardín en los terrenos privados del castillo, donde Aelindel había sugerido, semanas atrás, que se plantara un árbol en honor a cada vida perdida durante la guerra, un lugar de memoria que hasta ese momento nadie había necesitado usar para algo tan íntimo.
—Un ciruelo —había dicho Seraphine, cuando Tilio le preguntó qué tipo de árbol quería plantar—. Florecen incluso en el frío. Quiero que ella tenga eso. Algo que florezca pese a todo.
Plantaron el árbol juntos, con las manos hundidas en la tierra, un gesto que sustituía cualquier palabra que ninguno de los dos lograba pronunciar con claridad. Fox, Marcus, y Yorvenn observaban desde una distancia respetuosa, junto a Aelindel, que había insistido en estar presente, sintiendo, como médica que había acompañado a Seraphine desde el coma hasta este momento, que formaba parte de un círculo íntimo que trascendía su papel meramente profesional.
—Descansa, pequeña —susurró Seraphine, con las manos aún manchadas de tierra, arrodillada frente al pequeño ciruelo recién plantado—. Tu padre y yo te amamos más de lo que las palabras pueden expresar.
Tilio se arrodilló junto a ella, tomando su mano manchada de tierra con la propia.
—Siempre serás nuestra primera hija —dijo, con la voz quebrada—. Sin importar cuánto tiempo pase, sin importar cuántos hermanos o hermanas lleguen después. Siempre fuiste la primera.
Andreisis y Martina
Andreisis y Martina llegaron a Draxcan esa misma tarde, tras un viaje apresurado desde Eltrix, encontrando a la pareja aún en el jardín, sentados junto al ciruelo recién plantado, en un silencio que hablaba más que cualquier palabra podría haber logrado.
—Lamento no haber llegado a tiempo para la ceremonia —dijo Andreisis, acercándose con cautela, consciente de que su presencia, aunque bienintencionada, podía sentirse como una intrusión en un momento tan privado.
—Llegaste a tiempo —respondió Seraphine, levantando la vista con los ojos aún enrojecidos por días de llanto contenido—. El momento importante no fue la ceremonia. Fue esto. Estar aquí, recordándola.
Martina se sentó junto a ellos, con la experiencia de una mujer que había enfrentado sus propias pérdidas a lo largo de una vida marcada por la guerra y la incertidumbre.
—No hay palabras que puedan aliviar esto —dijo, con una sinceridad que no intentaba ofrecer consuelos vacíos—. Solo el tiempo, y la compañía de quienes te aman, pueden ayudar a cargar un peso como este.
—¿Cómo lo hiciste tú? —preguntó Seraphine, refiriéndose, sin necesidad de especificarlo, a las pérdidas que Martina había mencionado alguna vez, décadas atrás, durante la plaga que había azotado Eltrix.
—Con la ayuda de quienes me rodeaban. Con la certeza de que honrar su memoria, mantenerlos presentes de alguna forma, era más valioso que intentar olvidar el dolor. —Martina miró hacia el ciruelo, aún joven, con sus primeras hojas apenas brotando—. Este árbol crecerá, Seraphine. Y cada primavera, cuando florezca, será un recordatorio de que Elyra, aunque no llegó a respirar el aire de este mundo, dejó una marca permanente en él.
La Reunión de Guerra que No Podía Esperar
Pese al duelo, la amenaza del fragmento rebelde no se detuvo, y una semana después del funeral, Tilio se vio obligado a convocar una reunión que, en cualquier otro momento, hubiera considerado prematura dado el estado emocional de todos los involucrados.
—Lamento la urgencia —dijo, a Marcus, Fox, Yorvenn y Vorn, reunidos en la sala de estrategias—. Pero no podemos permitirnos más demoras. El fragmento sigue creando criaturas. Necesitamos una estrategia definitiva.
—Fuego ha rastreado la presencia con más precisión en los últimos días —informó Vorn—. Se concentra, según los sentidos de nuestros dragones, en un punto específico del bosque norte, cerca de donde encontramos la primera hondonada con los restos olvidados.
—¿El mismo lugar que honramos meses atrás? —preguntó Fox.
—El mismo. Es posible que, pese a nuestro esfuerzo por cerrar esa herida, algo residual haya quedado, algo que el fragmento rebelde está aprovechando para reconstruir su fuerza.
Yorvenn, con el rostro marcado por el cansancio de semanas de trabajo casi ininterrumpido, añadió su propia perspectiva.
—Si es así, necesitamos un enfoque distinto al que usamos con el fragmento principal. Ese logramos reunificarlo, ofrecerle un camino alternativo a la conquista. Este, en cambio, ya demostró su naturaleza al crear una criatura capaz de atacar directamente a civiles. No creo que la negociación sea una opción viable.
—Entonces lo enfrentamos con fuerza —dijo Marcus, con la practicidad que lo caracterizaba—. Localizamos su punto de concentración, y lo atacamos antes de que pueda crear más criaturas como la del mercado.
Tilio consideró la propuesta con una seriedad que llevaba consigo el peso renovado de la pérdida reciente, un dolor que, lejos de debilitarlo, había endurecido su determinación de proteger lo que quedaba de su reino y de su familia con una firmeza casi inflexible.