Draxcan: Lo que Perdimos en la Guerra

Capítulo XX: Lo que Sostiene un Reino

Pasaron dos meses desde la contención del fragmento rebelde, y Draxcan, poco a poco, comenzó a encontrar un ritmo que se parecía, aunque fuera de lejos, a la normalidad que todos habían anhelado desde el fin de la guerra contra las bestias.

Seraphine recuperó fuerzas con una lentitud que Aelindel calificaba de "apropiada, considerando todo lo que su cuerpo ha atravesado", y aunque su poder elemental seguía sin manifestarse con la fuerza de antes, había comenzado a retomar algunas de sus responsabilidades como comandante, esta vez con una prudencia que meses atrás hubiera sido impensable en ella.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Tilio, una mañana, encontrándola en el patio de entrenamiento, observando a los soldados practicar formaciones bajo la supervisión de Marcus.

—Mejor —respondió ella, con una sinceridad que ya no ocultaba las dificultades del proceso—. Todavía hay días difíciles. Días en que solo quiero sentarme junto al ciruelo y no moverme de ahí. Pero cada vez hay más días buenos que malos.

—Eso es progreso.

—Es progreso —confirmó ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Lento, pero progreso.

El ciruelo, en el jardín privado del castillo, ya mostraba las primeras señales de un crecimiento saludable, sus ramas jóvenes extendiéndose con una vitalidad que ambos visitaban casi a diario, encontrando en ese ritual silencioso una forma de mantener viva la memoria de Elyra sin que el dolor los paralizara por completo.

Los Cristales Gemelos

En el templo del Sabio del Tiempo, Yorvenn mantenía ahora la vigilancia sobre dos cristales de contención: el de Darmir, cuya energía seguía mostrando el mismo patrón de calma reflexiva de los últimos meses, y el del fragmento rebelde, cuya presencia, en cambio, se sentía cada vez más silenciosa, casi resignada, como si la derrota hubiera apagado la desesperación que antes lo caracterizaba.

—¿Algún cambio? —preguntó Fox, durante una de sus visitas rutinarias al templo.

—Ninguno significativo —respondió Yorvenn, examinando ambos cristales con la meticulosidad de siempre—. Darmir sigue en su reflexión constante. El fragmento rebelde apenas emite señales de actividad, como si hubiera aceptado, por ahora, su contención.

—¿Confías en que sea genuino? ¿En cualquiera de los dos casos?

Yorvenn se quedó pensativo, con el peso de meses de experiencia guiando su respuesta.

—Confío en que la contención es sólida. Más allá de eso, Fox, he aprendido a no confiar del todo en lo que no puedo ver con claridad. Mantendremos la vigilancia, sin importar cuánto tiempo pase.

Fox asintió, aunque una parte de él, la parte que había investigado durante meses los secretos más oscuros de Draxcan, sentía que la calma actual, por bienvenida que fuera, llevaba consigo la misma fragilidad que había caracterizado cada momento de paz desde el inicio de esta larga crisis.

El Fragmento Reunificado

Del fragmento principal, el que se había reunificado meses atrás en el ritual liderado por Andreisis, no habían vuelto a tener noticias directas, aunque Filaen, desde Eltrix, reportaba ocasionalmente sensaciones sutiles, ecos distantes de una presencia que parecía observar, sin intervenir, el desarrollo de los acontecimientos.

—Es como si estuviera aprendiendo —comentó Andreisis, durante una visita a Draxcan para revisar el estado de los cristales junto a Yorvenn—. Observando cómo el mundo funciona, sin la desesperación que antes lo definía.

—¿Crees que algún día se presentará de nuevo? —preguntó Tilio, durante la misma reunión.

—Espero que sí. Y espero, con la misma sinceridad, que cuando lo haga, sea con algo distinto a ofrecer que destrucción o conquista.

Nalia, a través de contactos ocasionales que Paul, ya más recuperado, mantenía con extremo cuidado, confirmaba percepciones similares: una presencia distante, ya no fragmentada, que parecía tomarse su tiempo para decidir, con calma, quién quería ser realmente en este mundo que la había visto nacer de forma tan accidentada.

Denle tiempo —había dicho Nalia, en su última comunicación—. Los dioses nuevos, incluso los nacidos de accidentes, necesitan tiempo para comprender su propia naturaleza. Yo misma tardé siglos en aceptar plenamente quién era.

Kidtez y la Sombra de la Duda

En el sur, Kidtez continuaba su existencia entre las ruinas de la Convención, con la atención cercana de su madre convertida ya en una constante que, pese a la desconfianza inicial, había comenzado a sentir como algo genuino, aunque una parte de él, la parte más cautelosa, seguía preguntándose si esa cercanía ocultaba algún cálculo que aún no lograba comprender del todo.

—¿Sabes algo más de Darmir? —preguntó, una noche, durante una de sus escasas conversaciones directas con Nalia.

—Sigue contenido. Sigue reflexionando, según lo que Yorvenn reporta a través de los canales que mantenemos con Draxcan.

—¿Crees que algún día lo liberarán?

Nalia guardó silencio un largo momento, con una expresión que Kidtez, pese a los años de práctica leyendo a su madre, no lograba interpretar del todo.

—No lo sé, hijo. Pero confío en que, cuando llegue el momento correcto, Darmir sabrá exactamente qué hacer con la libertad que eventualmente recupere.




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