El ciruelo del jardín privado floreció por primera vez seis meses después de haber sido plantado, justo cuando el invierno comenzaba a ceder terreno ante los primeros indicios de una primavera que Draxcan recibía con el mismo alivio cauteloso con que recibía cualquier señal de normalidad recuperada.
Seraphine fue la primera en notarlo, una mañana temprano, cuando salió al jardín con la costumbre que se había convertido en ritual desde el funeral: una visita silenciosa antes de que el resto del castillo despertara, un momento a solas con la memoria de Elyra que nadie interrumpía, ni siquiera Tilio, que respetaba ese espacio con la misma devoción con que ella lo guardaba.
Las flores eran pequeñas, blancas, con un centro rosado que parecía sonrojarse bajo la luz tenue del amanecer. Seraphine se arrodilló frente al árbol, tocando una de las ramas con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que la había definido toda su vida como guerrera.
—Floreciste —murmuró, con una sonrisa que llevaba consigo tanto tristeza como una calidez genuina—. Justo como dijiste que harías.
Se quedó ahí un largo rato, sintiendo el peso familiar del duelo, ahora integrado en su vida de una forma que ya no la paralizaba, sino que la acompañaba, silencioso, en cada decisión, en cada momento de calma que se permitía disfrutar sin sentir que traicionaba la memoria de su primera hija.
El Regreso de la Normalidad
Tilio la encontró ahí media hora después, ya vestido para las tareas del día, con el peso de la gobernanza cotidiana asentándose sobre sus hombros con una regularidad que, en los últimos meses, había comenzado a sentirse casi reconfortante en su previsibilidad.
—Floreció —dijo Seraphine, sin necesidad de más explicación, cuando él se acercó y se arrodilló a su lado.
—Es hermoso —respondió Tilio, observando las pequeñas flores blancas con una mezcla de emociones que reconocía bien: el dolor persistente, pero también algo parecido a la gratitud por tener un lugar tangible donde depositar ese dolor.
—Aelindel dice que florecerá cada primavera, durante décadas, quizás siglos, si lo cuidamos bien.
—Entonces siempre tendremos este momento. Cada año.
Seraphine asintió, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo la calidez del sol naciente sobre ambos, un pequeño respiro de paz en medio de las responsabilidades que los esperaban ese día.
—Marcus quería verte temprano —dijo, recordando de pronto el mensaje que había recibido la noche anterior—. Algo sobre los informes de la frontera sur.
—Puede esperar unos minutos más —respondió Tilio, sin moverse—. Esto es más importante.
Los Informes de Marcus
Cuando finalmente se reunieron en la sala de estrategias, Marcus los esperaba con un mapa desplegado y una expresión que, aunque no alarmante, llevaba consigo la seriedad habitual de cualquier informe fronterizo.
—Patrullas de la frontera sur reportan actividad inusual cerca del territorio que antes ocupaba la Convención de Nalia —comenzó, señalando la zona en el mapa—. Nada agresivo. Solo movimiento. Grupos pequeños, reorganizándose.
—¿Kidtez? —preguntó Tilio, con el interés inmediato que cualquier mención al hijo de Nalia despertaba desde los eventos de meses atrás.
—Es probable. Los informes hablan de una figura joven liderando la reorganización, aunque nuestros exploradores no se han acercado lo suficiente para confirmar identidad con certeza.
Seraphine, sentada junto a Tilio con una postura que ya reflejaba la recuperación casi completa de su fuerza física, aunque su poder elemental seguía sin manifestarse con la intensidad de antes, observó el mapa con atención estratégica.
—¿Alguna señal de hostilidad?
—Ninguna. De hecho, los informes sugieren lo contrario: fortificaciones defensivas, no ofensivas. Como si se prepararan para proteger un territorio, no para atacar el nuestro.
—Interesante —murmuró Tilio, considerando la información con la misma cautela que había definido cada decisión relacionada con el sur desde que Nalia había ofrecido su cooperación silenciosa, meses atrás—. Mantengamos vigilancia, pero sin intervenir. Si Kidtez está reorganizando lo que queda de la Convención de forma pacífica, no tenemos razón para provocar un conflicto innecesario.
Yorvenn y los Cristales
En el templo del Sabio del Tiempo, Yorvenn continuaba su vigilancia diaria sobre los dos cristales de contención, un ritual que, con el paso de los meses, se había convertido en parte tan fundamental de su rutina como respirar.
Esa mañana, sin embargo, algo llamó su atención de inmediato: el cristal que contenía a Darmir emitía un patrón de energía distinto, más activo que la calma reflexiva que había caracterizado los últimos meses.
—¿Darmir? —preguntó, acercando su mano con la precaución habitual.
Yorvenn —respondió la voz, con un tono que llevaba consigo algo nuevo, una claridad que no había mostrado en semanas—. Necesito hablar con el Gran Sabio.
—¿Sobre qué?
Sobre algo que he estado considerando durante mucho tiempo. Algo que creo que puede ayudar a proteger Draxcan de amenazas futuras.