El primer indicio de que algo había cambiado irrevocablemente llegó tres semanas después de la visita de Fox al Asentamiento del Amanecer, y no llegó como un ataque, ni como una declaración de guerra formal, sino como algo mucho más pequeño, mucho más íntimo, y precisamente por eso, mucho más aterrador.
Yorvenn despertó en mitad de la noche con una sensación que no había experimentado en toda su vida como guardián: no el frío habitual que precedía a cualquier manifestación de energía oscura, sino algo que se sentía físicamente mal, como si el aire mismo dentro del templo se hubiera vuelto denso, hostil, cargado de una intención que no lograba identificar del todo.
Se levantó de inmediato, cogiendo su bastón con manos que, para su propia sorpresa, temblaban ligeramente, y corrió hacia la cámara donde los cristales gemelos permanecían custodiados, siguiendo un instinto que gritaba con una urgencia que no había sentido ni siquiera en los momentos más críticos del enfrentamiento con el fragmento rebelde.
Lo que encontró lo dejó paralizado en el umbral de la puerta.
El Cristal Vacío
El cristal que contenía al fragmento rebelde estaba destrozado, sus fragmentos esparcidos por el suelo como esquirlas de hielo bajo la luz de las antorchas, y de su interior, la energía que había permanecido contenida durante meses ya no emitía ningún pulso, ningún indicio de vida, solo un vacío absoluto que Yorvenn reconoció, con un terror que le heló la sangre, como la ausencia definitiva de algo que había sido, hasta hacía apenas minutos, una presencia consciente.
Junto a él, el cristal de Darmir permanecía abierto también, sus runas de contención completamente destrozadas, no rotas por un ataque externo, sino desde adentro, con una fuerza que había pulverizado literalmente el material que, según cada cálculo, cada prueba, cada capa de refuerzo que Yorvenn había aplicado meticulosamente durante meses, debería haber sido virtualmente indestructible.
—No —susurró, con la voz apenas audible, sintiendo que las piernas le fallaban—. No, no, no.
Corrió hacia los restos, buscando cualquier señal de energía residual que pudiera indicarle hacia dónde se había dirigido Darmir, pero lo único que encontró fue un silencio absoluto, una ausencia que se sentía como un vacío físico en el propio tejido del templo, como si algo hubiera arrancado un pedazo de la realidad misma al pasar por ahí.
Los dos soldados que custodiaban la entrada al templo yacían inconscientes junto a la puerta, sin heridas visibles, respirando débilmente, pero incapaces de despertar pese a los intentos desesperados de Yorvenn por reanimarlos.
La Alarma que Nadie Escuchó a Tiempo
Yorvenn corrió hacia el castillo con una velocidad que su cuerpo anciano no debería haber logrado sostener, gritando alarmas que resonaron por los pasillos vacíos de la madrugada, despertando a guardias que, en su confusión adormilada, tardaron segundos preciosos en comprender la magnitud de lo que Yorvenn intentaba comunicarles.
—¡Escapó! —gritaba, mientras corría—. ¡Darmir escapó! ¡Convoquen a Marcus, al Gran Sabio, a todos!
Tilio despertó al escuchar los gritos que resonaban ya dentro del castillo, con Seraphine incorporándose a su lado con la misma velocidad instintiva de una guerrera entrenada para reaccionar ante cualquier señal de peligro, sus primeros pensamientos dirigiéndose de inmediato hacia la cuna donde Shaissa dormía.
—¿Qué pasa? —preguntó Tilio, ya vistiéndose con la urgencia de quien reconoce, incluso antes de tener información completa, que algo catastrófico ha ocurrido.
Yorvenn irrumpió en la habitación sin llamar, algo que jamás había hecho en todos los años que llevaba sirviendo a Draxcan, con el rostro pálido y los ojos cargados de un terror que Tilio no le había visto ni siquiera durante los momentos más críticos de la crisis del fragmento.
—Darmir escapó —dijo, con la voz quebrada—. Destruyó su propio cristal. Y el del fragmento rebelde también. Ambos, Gran Sabio. Los destruyó ambos.
El silencio que siguió tuvo el peso de una revelación que ninguno de los presentes había considerado, ni siquiera en sus peores anticipaciones de las últimas semanas.
La Energía Consumida
—¿Qué pasó con el fragmento? —preguntó Seraphine, sosteniendo a Shaissa, que había despertado por el alboroto y lloraba con la intensidad de un bebé que percibe, sin comprender del todo, el terror que se propagaba por todo el castillo.
—No lo sé con certeza —admitió Yorvenn, con una honestidad que llevaba consigo el peso de meses de vigilancia que, en retrospectiva, resultó completamente insuficiente—. Pero la energía que contenía el cristal del fragmento simplemente desapareció. No se dispersó, no escapó de la forma en que esperaríamos. Se... consumió. Como si algo la hubiera absorbido por completo.
Fox, quien había llegado corriendo apenas escuchó las alarmas, sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo entero ante la implicación de esas palabras.
—¿Darmir la consumió? ¿La energía del fragmento?
—Es la única explicación que tengo —confirmó Yorvenn—. Y si es así, entonces no enfrentamos solo a Darmir liberado. Enfrentamos a Darmir liberado, fortalecido con la energía pura del Caos que el fragmento había acumulado durante meses de contención.