Draxcan: Renacer Dentro de las Cenizas

Capítulo X: El Peso de la Espera

Los tres días que siguieron a la fuga de Darmir transcurrieron con una tensión que se sentía físicamente en cada rincón de Draxcan, una calma tensa que precedía a algo que todos sabían inevitable, aunque nadie podía predecir con exactitud cuándo, ni cómo, se manifestaría finalmente.

Marcus había reorganizado completamente la defensa de la capital, con soldados apostados en cada punto vulnerable, patrullas constantes recorriendo cada distrito, y la espada Vigilia permaneciendo con él en todo momento, aunque ahora, con el conocimiento de que Darmir había forjado el arma con sus propias manos, nadie sabía con certeza qué efectividad real conservaría contra su creador fortalecido.

—Necesito probarla de nuevo —le dijo a Yorvenn, durante una de las revisiones diarias que se habían convertido en rutina—. Necesito saber si funciona contra él, o si nos hemos aferrado a una falsa sensación de seguridad todo este tiempo.

—No hay forma de probarla sin exponerte directamente al peligro que representaría —respondió Yorvenn, con la honestidad brutal que la situación exigía—. Solo lo sabremos cuando llegue el momento de usarla.

Ren y su Propio Miedo

En la muralla norte, Ren, quien había liderado el sistema de guardia de afinidad de tierra desde su implementación meses atrás, sentía que el terror colectivo que se había apoderado de Draxcan resonaba con una intensidad particular dentro de él, un eco doloroso de los meses en que Darmir había ocupado su propio cuerpo, controlando cada movimiento, cada pensamiento, sin que él pudiera hacer nada para resistirse.

—¿Estás bien? —le preguntó uno de los soldados bajo su mando, notando la palidez evidente en su rostro durante una de las rondas nocturnas de vigilancia.

—No —admitió Ren, con una honestidad que rara vez se permitía ante sus subordinados—. Recuerdo cómo se sentía tenerlo dentro de mí. La forma en que consumía cada pensamiento propio, cada voluntad, hasta que solo quedaba su presencia ocupando el espacio donde debería haber estado yo mismo.

—¿Crees que vendrá por ti? —preguntó el soldado, con una preocupación genuina.

—No lo sé. Pero si viene, quiero que sepas algo: no voy a permitir que vuelva a tomar mi cuerpo. Prefiero morir luchando antes que experimentar de nuevo esa pérdida absoluta de mí mismo.

La determinación en su voz, forjada por meses de recuperación tras un trauma que pocos en Draxcan comprendían completamente, se convirtió en un pequeño ancla de valentía que se propagó silenciosamente entre los soldados bajo su mando, un recordatorio de que incluso ante el terror más profundo, existía la posibilidad de resistir.

Elroan y su Historia Silenciada

Elroan, el general elfo cuya disciplina había sido una constante confiable a lo largo de toda la crisis, se encontró, durante una reunión de planificación militar, compartiendo por primera vez con Marcus y Fox una parte de su historia que había mantenido privada durante años.

—Perdí a mi hermana durante la guerra original que menciona el texto de Filaen —confesó, mientras revisaban mapas de defensa—. Generaciones atrás, cuando los hijos de la Oscuridad, como los llaman los textos antiguos, ya habían intentado algo similar. Ella murió protegiendo a civiles durante un ataque que las crónicas modernas apenas recuerdan.

—No sabía eso —dijo Fox, sorprendido por la revelación repentina.

—Pocos lo saben. He cargado esa pérdida en silencio durante décadas, sin compartirla, porque temía que reconocerla abiertamente me hiciera parecer débil ante mis propios soldados. Pero ahora, enfrentando la posibilidad de que la historia se repita con una magnitud aún mayor, siento que necesito que ustedes comprendan por qué esto se siente tan personal para mí.

Marcus, escuchando la confesión con un respeto renovado hacia el general que había servido junto a él durante tantos años, sintió que el peso compartido de historias personales, finalmente reveladas, fortalecía de alguna forma la determinación colectiva que necesitarían para enfrentar lo que se avecinaba.

—Vengaremos a tu hermana, Elroan. Y protegeremos a quienes aún podemos proteger.

Aelindel y la Carga de la Curación

En el hospital, Aelindel, quien había dedicado años enteros a sanar las heridas físicas de Draxcan, sentía que la amenaza actual exigía de ella una preparación distinta a cualquier crisis médica que hubiera enfrentado antes.

—Necesitamos suministros triplicados —le dijo a Yselle, quien había permanecido en Draxcan tras el nacimiento de Shaissa para continuar apoyando el cuidado médico especializado que la familia real requería—. Si Darmir ataca con la magnitud que Yorvenn sugiere, enfrentaremos heridas que nuestros protocolos actuales podrían no estar preparados para tratar.

—¿Alguna vez trataste heridas causadas directamente por energía del Caos? —preguntó Yselle, con la curiosidad profesional de quien busca comprender mejor un desafío inminente.

—Una vez —respondió Aelindel, con una sombra de dolor cruzando su expresión habitualmente serena—. Hace años, antes de convertirme en curandera jefe. Un mago experimentó con magia prohibida, y las heridas resultantes... no respondían a ningún tratamiento convencional. Perdimos al paciente, pese a cada esfuerzo posible.

—Entonces necesitamos desarrollar algo nuevo. Algo que combine técnicas humanas y Elemens de forma más agresiva de lo que hemos aplicado hasta ahora.




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