Draxcan: Renacer Dentro de las Cenizas

Capítulo XI: El Sexto Día

El amanecer del sexto día trajo consigo una calma distinta a la tensión febril de los días anteriores, una quietud que se sentía menos como paz y más como el silencio que precede a una tormenta cuya magnitud nadie puede calcular con certeza. Draxcan, tras días de preparativos frenéticos, había alcanzado el límite de lo que podía prepararse con anticipación, y ahora solo quedaba esperar, con cada nervio tenso, el momento en que el ultimátum de Darmir finalmente expirara.

Tilio se levantó antes del amanecer, incapaz de conciliar más que fragmentos de sueño durante la noche, y encontró a Seraphine ya despierta, sosteniendo a Shaissa junto a la ventana, observando los primeros rayos de luz extenderse sobre una capital que se preparaba, silenciosa pero decidida, para lo que fuera que se avecinara.

—No he dormido —confesó ella, sin apartar la vista del horizonte—. Cada vez que cierro los ojos, imagino todas las formas en que esto podría salir mal.

—Yo tampoco he dormido —admitió Tilio, acercándose para abrazarlos a ambas—. Pero estamos preparados, tanto como es posible estarlo ante algo de esta magnitud.

El Ritual, Casi Completo

En la plaza principal, Yorvenn supervisaba los últimos detalles del ritual de convergencia, con Andreisis a su lado, ambos trabajando con una concentración que no dejaba espacio para el error, considerando que cada detalle del complejo diseño de runas necesitaba estar perfectamente alineado para que el ritual funcionara según lo esperado.

—El punto de anclaje está estable —confirmó Andreisis, examinando las runas con el mismo cristal que había usado meses atrás durante el ritual de reunificación del fragmento principal—. Pero necesito ser honesta, Yorvenn: no tenemos certeza absoluta de que esto funcione contra un ser con el poder que sospechamos que Darmir ha alcanzado.

—Lo sé —respondió Yorvenn, con una gravedad que no intentaba disimular—. Pero es lo mejor que tenemos. Si logramos desestabilizar aunque sea una fracción de su poder acumulado, podría representar la diferencia entre una defensa viable y una masacre total.

Fox, presente en la supervisión final, sintió que el peso de esas palabras se asentaba sobre él con una claridad helada.

—¿Cuántas personas necesitamos para activar el ritual completo?

—Doce, como mínimo. Representantes de los cuatro clanes, cada uno canalizando su propia energía elemental hacia el punto central. Cualquier menos, y la convergencia resultará insuficiente.

Vorn y el Sacrificio de Fuego

Entre los doce elegidos para participar en el ritual se encontraba Vorn, quien había insistido personalmente en formar parte del grupo pese a las objeciones iniciales de algunos de sus consejeros, que argumentaban que el líder Elemens debería mantenerse alejado del riesgo directo.

—Si Draxcan cae, no habrá distrito Elemens que liderar —había respondido, cortando cualquier objeción con la firmeza que lo había caracterizado desde el inicio de la crisis—. Mi lugar está aquí, contribuyendo con toda la fuerza que puedo ofrecer.

Fuego, el dragón vinculado a Seraphine, se posicionó cerca del punto de anclaje, junto con otros dragones Elemens que Vorn había coordinado para proporcionar apoyo adicional durante el ritual, sus presencias masivas ofreciendo un consuelo silencioso a los soldados que se preparaban para la batalla que se avecinaba.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto —comentó Vorn a Fox, mientras esperaban las últimas instrucciones de Yorvenn—. Generaciones de paz relativa, y ahora enfrentamos algo que podría destruir todo lo que hemos construido en cuestión de horas.

—Pero seguimos aquí, luchando juntos —respondió Fox—. Eso, en sí mismo, ya representa algo que Nalia y sus hijos probablemente no anticiparon completamente: la unidad genuina que forjamos a través de tanto sufrimiento compartido.

Kidtez y el Último Momento de Duda

En el sur, mientras las fuerzas combinadas de Darmir y Kidtez se preparaban para marchar hacia el norte, Kidtez experimentó, en la soledad de su tienda, un momento de vulnerabilidad que había estado luchando por suprimir durante días.

Trevik, su lugarteniente de confianza durante meses de construcción pacífica, lo encontró sentado solo, con la mirada perdida en un mapa que mostraba la ruta de avance hacia Draxcan.

—Mi señor —dijo, con la cautela de quien se acerca a alguien claramente atormentado por dudas internas—. Los soldados esperan sus órdenes.

—¿Alguna vez te preguntaste, Trevik, si construimos algo real aquí? —preguntó Kidtez, sin apartar la vista del mapa—. ¿O si todo fue, desde el principio, solo una elaborada preparación para esto?

Trevik dudó antes de responder, sintiendo el peso de una pregunta que él mismo se había formulado en silencio durante los últimos días.

—Creo que las personas que encontraron refugio aquí, las familias que reconstruyeron sus vidas bajo su liderazgo, eso fue real, mi señor. Independientemente de cuáles fueran las intenciones últimas.

Kidtez consideró esas palabras con una expresión que, por un instante, reveló algo genuinamente humano bajo la superficie de la ambición heredada de su madre, antes de que Darmir entrara a la tienda sin anunciarse, su presencia imponiendo inmediatamente un silencio tenso.




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