El segundo día de la batalla amaneció con Draxcan ya marcada por las cicatrices de la noche anterior: distritos enteros mostrando los estragos del combate, curanderos trabajando sin descanso entre los heridos, y una capital que, pese a todo, se negaba a rendirse ante la magnitud de la amenaza que enfrentaba.
Darmir, tras el impacto del ritual de convergencia la noche anterior, había pasado las horas de oscuridad en un estado de recuperación que Yorvenn, observando desde la distancia con el cristal de comunicaciones, describió con una inquietud creciente.
—Se está regenerando —informó a Tilio, poco antes del amanecer, mientras ambos coordinaban los últimos preparativos defensivos—. Más rápido de lo que cualquiera de nuestros cálculos anticipaba. El debilitamiento que logramos anoche ya casi ha desaparecido por completo.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que recupere su fuerza total? —preguntó Tilio, con el brazo aún vendado por la herida menor de la noche anterior.
—Horas, quizás. No más que eso.
La noticia, transmitida rápidamente a Marcus y al resto del alto mando, confirmó lo que todos ya temían: la ventaja momentánea que el ritual había proporcionado no representaba una solución permanente, sino apenas un respiro breve antes de que la batalla se reanudara con toda su intensidad original.
El Error Fatal
Fue durante las primeras horas de la mañana, cuando Darmir, todavía visiblemente afectado por los efectos residuales del ritual, se movía con una lentitud inusual entre las líneas de combate, que un joven soldado de Draxcan, apostado en la muralla sur y viendo lo que interpretó como una oportunidad única, tomó una decisión que resultaría catastrófica.
—¡Está débil! —gritó, a nadie en particular, mientras se lanzaba hacia adelante con su espada en alto, ignorando las órdenes explícitas de mantener formación que Elroan había dado apenas minutos antes.
—¡Detente! —gritó Elroan, pero fue demasiado tarde.
El soldado alcanzó a Darmir, clavando su espada directamente en el costado de la entidad con una fuerza desesperada, convencido de que había encontrado el momento decisivo para asestar un golpe mortal.
Darmir se giró hacia él con una lentitud que, por un instante, pareció confirmar la vulnerabilidad que el soldado había percibido. Pero entonces, con una velocidad que desafiaba cualquier percepción humana normal, sus manos se cerraron alrededor del torso del soldado.
—Un intento valiente —dijo, con una voz que carecía por completo de cualquier emoción reconocible—. Pero fatalmente equivocado.
Con un movimiento que apenas duró una fracción de segundo, Darmir partió al soldado en dos, la sangre salpicando su rostro y su armadura con una violencia que provocó gritos de horror entre los soldados cercanos que presenciaron el momento.
El Terror se Propaga
El grito colectivo que siguió a ese momento resonó por toda la línea defensiva, un eco de puro terror que se propagó incluso hacia soldados que no habían presenciado directamente el incidente, pero que sintieron, a través de los rostros pálidos de sus compañeros, la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
—¡Mantengan la formación! —gritó Elroan, luchando contra su propio horror para proyectar la autoridad que sus soldados necesitaban desesperadamente—. ¡No pueden herirlo con armas convencionales! ¡Nadie más intente un ataque directo sin la espada Vigilia!
Darmir, limpiándose la sangre del rostro con un gesto casi despreocupado, avanzó hacia las líneas defensivas con una renovada intensidad, cualquier vestigio de debilidad residual del ritual anterior ya completamente desvanecido.
—Ese fue un error que espero no se repita —anunció, su voz resonando con una fuerza que se sintió en cada rincón de la capital—. No soy vulnerable como ustedes desean creer.
Kidtez se Adentra en el Castillo
Mientras la batalla se intensificaba en la muralla sur, Kidtez, aprovechando el caos generalizado, lideró un contingente reducido pero letal de soldados de élite hacia el interior de la capital, con un objetivo específico que había planeado cuidadosamente junto a Darmir durante los días previos al ataque: alcanzar el castillo mismo, y con él, la posibilidad de capturar o eliminar a la heredera de Draxcan antes de que la batalla principal se resolviera.
Marcus, quien había estado luchando en el frente sur junto a Elroan, recibió la noticia de la incursión con un terror que superó cualquier miedo que hubiera sentido durante el resto del enfrentamiento.
—¡Al castillo! —gritó, reorganizando de inmediato a un grupo de soldados de confianza—. ¡Ahora!
Corrió hacia el castillo con una velocidad que desafiaba el cansancio acumulado de horas de combate, la espada Vigilia en mano, sintiendo que cada segundo perdido podría significar la diferencia entre la vida y la muerte para la pequeña Shaissa.
El Enfrentamiento en el Castillo
Llegó justo a tiempo para encontrar a Kidtez y su contingente ya en los pasillos interiores del castillo, habiendo superado la resistencia inicial de los guardias apostados, avanzando hacia el ala privada donde el refugio más profundo protegía a la heredera.
—¡No pasarás de aquí! —gritó Marcus, interponiéndose entre Kidtez y el pasillo que conducía hacia el refugio, con la espada Vigilia lista para el combate.