Dos semanas después de la batalla, Draxcan seguía atravesando el largo proceso de contar sus pérdidas, un ejercicio doloroso que Fox, en su papel como coordinador principal de la administración del reino tras la muerte de Marcus, había asumido con una dedicación que apenas le dejaba tiempo para procesar su propio duelo.
—Ciento cuarenta y tres soldados —informó, durante una reunión que se había convertido en rutina diaria desde el fin de la batalla, con la voz cargada de un cansancio que trascendía lo meramente físico—. Sin contar a los civiles que perdieron la vida durante la incursión hacia el castillo, ni a quienes aún luchan por sobrevivir a sus heridas en el hospital.
Tilio, sentado con su brazo derecho todavía envuelto en vendajes que Aelindel cambiaba cada dos días, escuchó el reporte con una gravedad que reflejaba el peso acumulado de cada nombre en esa lista.
—Necesitamos una ceremonia formal para honrarlos a todos —dijo, con la determinación de quien encuentra, incluso en medio del dolor más profundo, la necesidad de actuar—. No solo a Marcus, aunque su sacrificio merece un reconocimiento especial. A cada uno de ellos.
Fox y el Peso de Liderar
Lo que nadie en la sala mencionaba abiertamente, aunque todos lo sentían con la misma claridad, era el peso adicional que Fox cargaba ahora: sin Marcus, la estructura de liderazgo militar de Draxcan había quedado fracturada, y aunque Elroan había asumido responsabilidades significativas en el frente de combate, la coordinación administrativa que Marcus había manejado con tanta eficiencia recaía ahora, en gran medida, sobre los hombros de Fox.
—No puedo reemplazarlo —confesó Fox, esa misma noche, a Yorvenn, mientras ambos revisaban informes en la sala de estrategias, mucho después de que el resto del consejo se hubiera retirado—. Cada decisión que tomo, me pregunto qué haría él en mi lugar.
—Nadie espera que lo reemplaces —respondió Yorvenn, con la sabiduría acumulada de décadas observando a líderes forjarse bajo presión—. Solo que hagas lo mejor que puedas con lo que tienes disponible. Eso es todo lo que cualquiera de nosotros puede ofrecer, ante una crisis de esta magnitud.
Fox asintió, aunque la duda persistente que había cargado desde la muerte de Marcus no desaparecía completamente ante las palabras de consuelo. Había conocido a Marcus desde los primeros días de la guerra contra las bestias, había trabajado junto a él en cada crisis que Draxcan había enfrentado, y su ausencia se sentía como un vacío que ninguna cantidad de responsabilidad adicional lograba llenar completamente.
—Cuéntame sobre él —pidió Yorvenn, de pronto, sorprendiendo a Fox con la pregunta—. Algo que no todos conozcan. Algo genuinamente suyo.
Fox consideró la pregunta durante un largo momento, sintiendo que las lágrimas se agolpaban ante el recuerdo que finalmente decidió compartir.
—Tenía una hija —dijo, con la voz quebrada—. Nunca lo mencionaba abiertamente, porque murió durante la primera oleada de la guerra contra las bestias, hace años, antes de que yo lo conociera. Me lo contó una sola vez, borracho, durante una noche particularmente difícil. Dijo que cada batalla que libraba después de eso era, en cierto sentido, para asegurarse de que ningún otro padre tuviera que enterrar a su propia hija.
Yorvenn escuchó la historia con un respeto silencioso, sintiendo que el peso de esa revelación añadía una nueva capa de significado al sacrificio final de Marcus, protegiendo a Shaissa hasta su último aliento.
Seraphine y la Furia Contenida
Mientras Draxcan procesaba colectivamente el duelo de la batalla, Seraphine experimentaba, en la privacidad de su habitación, una tormenta emocional que combinaba el alivio desesperado de tener a Tilio y Shaissa a salvo, con una furia que apenas lograba contener ante la magnitud de lo que habían perdido.
—Necesito hacer algo —le dijo a Tilio, una noche, mientras él intentaba, con torpeza evidente, adaptarse a las tareas cotidianas con solo su brazo izquierdo funcional—. No puedo simplemente quedarme aquí, procesando el duelo, mientras Darmir y Kidtez se preparan para algo aún peor.
—¿Qué propones? —preguntó Tilio, con una paciencia que reflejaba su propia lucha por adaptarse a las nuevas limitaciones físicas que la batalla le había impuesto.
—Necesitamos información. Necesitamos saber exactamente qué están planeando en el sur, en ese punto donde se concentra el poder de Nalia. No podemos permitirnos esperar pasivamente hasta que decidan atacar de nuevo.
Tilio consideró la propuesta con la misma cautela estratégica que había definido cada decisión importante de su liderazgo, aunque también reconociendo la validez del instinto que impulsaba a Seraphine.
—Necesitamos ser cuidadosos —dijo—. Cualquier intento de espionaje directo podría provocar exactamente la escalada que buscamos evitar mientras nos recuperamos.
—Entonces encontremos una forma que no sea directa —insistió ella, con la determinación que había definido cada aspecto de su carácter desde que Tilio la conocía—. Nalia sigue siendo, técnicamente, un canal de comunicación disponible, aunque sea uno poco confiable.
Andreisis y el Duelo Compartido
En Eltrix, Andreisis procesaba su propio duelo, no solo por las pérdidas generales que Draxcan había sufrido, sino por un vínculo personal que había desarrollado con varios de los soldados caídos durante meses de colaboración cercana en la investigación sobre las entidades del Caos.