Tres semanas después de la incorporación de los nuevos líderes al consejo ampliado de Draxcan, con Ismenia reorganizando las brigadas humanas, Ophelia profundizando junto a Yorvenn y Andreisis en la teoría del Peso del Nombre, y Theron entrenando a sus arqueros élficos en las murallas exteriores, la calma relativa que el reino había disfrutado desde la batalla se rompió de una forma que ninguno de ellos había anticipado.
Fue Ventisca quien lo sintió primero, mucho antes que cualquier centinela humano o sistema de detección mágica pudiera registrar la amenaza: un rugido lejano, apenas perceptible incluso para los sentidos agudizados de un dragón, que resonó a través de las montañas del sur con una frecuencia que hizo que el propio Ventisca se agitara violentamente en los establos del castillo, despertando a Vorn de un sueño profundo con un instinto de alarma que había aprendido a confiar implícitamente desde el ritual de vínculo fortalecido.
—¿Qué sientes? —preguntó Vorn, corriendo hacia el establo con apenas su ropa de dormir, sintiendo a través del vínculo profundizado una inquietud que Ventisca nunca había mostrado antes de esa forma tan visceral.
El dragón, considerablemente más grande y poderoso desde el ritual semanas atrás, giró la cabeza hacia el sur, un gruñido bajo vibrando en su garganta, sus ojos fijos en un punto del horizonte que, para los ojos humanos de cualquier observador, no revelaba absolutamente nada fuera de lo normal.
Yorvenn Confirma la Amenaza
Vorn convocó a Yorvenn de inmediato, y el anciano mago, activando el cristal de comunicaciones con una urgencia que reflejaba años de experiencia interpretando señales de peligro inminente, sintió, tras apenas unos segundos de concentración, una confirmación que le heló la sangre.
—Dragones —dijo, con la voz cargada de una gravedad renovada—. Dos de ellos, aproximándose desde el sur con una velocidad que sugiere un poder considerablemente superior al de cualquier dragón que hayamos enfrentado antes, exceptuando quizás la referencia histórica sobre Acnologia misma.
—¿Darmir? —preguntó Vorn, aunque la pregunta llevaba consigo una certeza que apenas necesitaba confirmación.
—Sus dragones —confirmó Yorvenn—. Debieron haber permanecido dormidos, esperando su llamado, durante años, quizás décadas. Ahora, con el poder que consumió del fragmento rebelde, los ha despertado, y según lo que puedo percibir, les ha transferido parte de esa fuerza recién adquirida.
Fox, alertado por los guardias que habían escuchado la conmoción, llegó al establo con la respiración agitada, sintiendo que cada instinto de alarma que había desarrollado a lo largo de meses de crisis constante se activaba simultáneamente ante la magnitud de la amenaza que se aproximaba.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Horas, quizás menos —respondió Yorvenn—. Se mueven con una velocidad que desafía cualquier cálculo convencional de distancia.
El Origen del Ataque
Lo que Draxcan no comprendía completamente en ese momento era la motivación específica detrás del ataque repentino: Darmir, a través de canales de información que mantenía activos incluso desde las profundidades donde se preparaba junto a su hermano, había recibido noticias sobre el ritual de vínculo fortalecido que Vorn había completado semanas atrás, un desarrollo que interpretó no solo como una amenaza estratégica potencial, sino como una afrenta directa que exigía una respuesta contundente.
—Un mortal se atreve a fortalecer a su propia criatura mediante sacrificio —había comentado a Kidtez, con un desprecio evidente, cuando los reportes de sus informantes confirmaron la naturaleza del ritual—. Necesitamos recordarle a Draxcan la diferencia real de poder que existe entre sus mejores esfuerzos y lo que nosotros representamos genuinamente.
Extendió su mano hacia el cielo, pronunciando una serie de palabras en la lengua antigua de su madre, un sonido que viajó a través de las montañas con una resonancia que solo entidades de naturaleza similar podían percibir completamente.
En un valle escondido, mucho más al sur de donde el ejército principal de Darmir y Kidtez se había establecido, Sudrac y Thordrac, dormidos durante años en un letargo profundo que solo la llamada de su creador podía interrumpir, abrieron sus ojos simultáneamente, sintiendo el llamado resonar en cada fibra de su existencia.
El Reencuentro
Los dos dragones volaron hacia el punto donde Darmir esperaba, su reencuentro marcado por una emoción que, pese a la naturaleza oscura de su origen, reflejaba algo genuinamente afectuoso en la relación entre creador y creación.
—Mis hermosos —dijo Darmir, acariciando el hocico de Sudrac primero, luego el de Thordrac, con una ternura que contrastaba brutalmente con la crueldad que había demostrado durante la batalla de Draxcan—. Han dormido demasiado tiempo.
Sudrac emitió un chillido bajo, casi como un ronroneo, mientras Thordrac, considerablemente más grande, se inclinaba hacia su creador con una devoción evidente.
—Es hora de que crezcan —continuó Darmir, extendiendo ambas manos hacia los dragones, permitiendo que una fracción del poder casi divino que había consumido fluyera hacia ellos, transformando gradualmente sus cuerpos ante los ojos de un Kidtez que observaba el proceso con una mezcla de fascinación y una inquietud que no lograba articular completamente.