Draxcan: Renacer Dentro de las Cenizas

Capítulo XIX: El Mensajero Involuntario

Halvard Corrin había recorrido la ruta comercial entre el sur y Draxcan durante veintitrés años, un mercader de telas y especias cuya rutina, forjada a través de décadas de viajes predecibles, jamás lo había preparado para lo que encontró aquella tarde, apenas dos días después de cruzar el territorio que consideraba, con la falsa seguridad de la costumbre, relativamente seguro pese a los rumores de tensiones renovadas en el sur.

El camino, habitualmente transitado por pequeños grupos de comerciantes similares a él, se encontraba inusualmente vacío, un silencio que Halvard atribuyó inicialmente a la temporada, aunque algo en la quietud del bosque circundante comenzó a erizarle la piel mucho antes de que la verdadera fuente de su inquietud se manifestara ante él.

—¿Halvard Corrin? —La voz llegó desde algún punto entre los árboles, calmada, casi cortés, aunque llevaba consigo una autoridad que hizo que el mercader detuviera su carreta de inmediato, con el corazón acelerándose sin que su mente lograra articular todavía por qué.

—¿Quién pregunta? —respondió, con la voz temblando pese a sus esfuerzos por proyectar la confianza que dos décadas de viajes le habían enseñado a mantener ante extraños.

El Encuentro

Darmir emergió de entre los árboles con una tranquilidad que resultaba, en sí misma, más aterradora que cualquier amenaza gritada, su presencia distorsionando visiblemente el aire a su alrededor de la misma forma en que Halvard había escuchado describir, en susurros temerosos durante las últimas semanas en cada posada del camino, aunque ninguna descripción había logrado prepararlo genuinamente para la magnitud del terror que sintió al presenciarlo directamente.

—No voy a hacerte daño —dijo Darmir, con una voz que, pese a la promesa tranquilizadora de sus palabras, no lograba disipar el instinto de supervivencia que gritaba a Halvard que huyera con cada fibra de su ser—. Necesito que entregues un mensaje.

—¿A quién? —logró preguntar Halvard, con las manos temblando visiblemente sobre las riendas de su carreta.

—A Draxcan. Al Gran Sabio, específicamente, aunque cualquiera con acceso a su corte servirá igualmente bien.

Halvard consideró, brevemente, la posibilidad de negarse, de intentar huir hacia la dirección contraria pese al riesgo evidente que tal decisión conllevaría. Pero algo en la expresión calculadamente paciente de Darmir le comunicó, con una claridad que trascendía cualquier palabra explícita, que la negativa no representaba una opción genuinamente disponible para él.

—¿Qué mensaje?

Las Palabras de Darmir

Darmir se acercó, y Halvard sintió que el aire mismo se volvía más pesado ante su proximidad, una sensación física que ningún encuentro anterior en toda su vida le había preparado para experimentar.

—Diles esto, exactamente en estas palabras —comenzó Darmir, con una precisión calculada que reflejaba la importancia que otorgaba a cada término específico—: "El fragmento que consumí ya no representa ninguna amenaza para mí. Lo he dominado completamente, absorbido en cada fibra de mi propio ser, hasta que su presencia se disuelve, poco a poco, en la vastedad de mi propósito. Yo soy perfecto. Yo soy más fuerte que cualquier fragmento residual que ustedes esperaban explotar. Conozco mi propio pensamiento con una claridad que ninguna entidad consumida podrá jamás oscurecer."

Halvard, pese al terror que sentía crecer con cada palabra, intentó memorizar el mensaje con la precisión que la situación exigía, consciente de que cualquier error en la transmisión podría resultar catastrófico para él personalmente.

—Hay más —continuó Darmir—: "Las gemas que uso para vincularme con mis dragones son creación mía, cien por ciento, un logro casi divino que ningún mortal debería subestimar. Sudrac y Thordrac están conectados a mí con la misma genuinidad que cualquier vínculo natural. La vulnerabilidad que Draxcan cree haber descubierto solo aplica a criaturas de razas sin conexión natural con dragones: humanos, magos, elfos. Yo trasciendo esas limitaciones."

La Advertencia Final

—¿Eso es todo? —preguntó Halvard, con la esperanza desesperada de que el encuentro terminara pronto, sin más consecuencias directas para su propia seguridad.

—Una cosa más —dijo Darmir, con una sonrisa que carecía completamente de calidez—. Diles que mi paciencia tiene límites. Que cada preparación que realizan, cada pequeña ventaja que creen haber descubierto, solo retrasa lo inevitable. Cuando decida que el tiempo de esperar ha terminado, ningún ejército, ninguna estrategia, ningún sacrificio que estén dispuestos a hacer, logrará detener lo que viene.

Con esas palabras finales, Darmir se apartó, permitiendo que Halvard, con las manos aún temblando incontrolablemente, dirigiera su carreta hacia adelante con una velocidad que superaba cualquier ritmo que hubiera mantenido durante sus veintitrés años de viajes comerciales.

—No olvides el mensaje —dijo Darmir, una última vez, mientras Halvard se alejaba—. Sería... desafortunado, que se perdiera en el camino.

La Llegada a Draxcan

Halvard llegó a la capital dos días después, exhausto física y emocionalmente, apenas logrando mantenerse consciente el tiempo suficiente para exigir audiencia inmediata con cualquier representante del Gran Sabio, su insistencia frenética alertando de inmediato a los guardias sobre la naturaleza urgente de lo que traía consigo.




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