El aula estaba llena del murmullo habitual de los estudiantes, pero para Takashita todo ese ruido era como si viniera desde muy lejos.
Sentado en la última fila, justo al lado de la ventana, observaba cómo el cielo se movía lento entre nubes suaves. La luz entraba inclinada, cayendo sobre su cuaderno abierto.
En la página, no había ejercicios ni apuntes de clase.
Había versos.
Líneas sueltas que nacían de su cabeza sin pedir permiso, como si algo dentro de él necesitara salir aunque nadie lo entendiera.
Su lápiz se detuvo un segundo.
Luego siguió.
Porque escribir era lo único que hacía que el silencio no pesara tanto.
—Siempre estás en lo tuyo, ¿no?
Takashita levantó la mirada.
Souta estaba de pie al lado de su puesto, con una gaseosa en la mano. La dejó caer suavemente sobre el pupitre como si fuera algo cotidiano.
—Toma —dijo Souta—. Te vi medio perdido.
Takashita parpadeó un poco, como regresando de otro lugar.
—Gracias…
Abrió la gaseosa sin mucha prisa. El sonido del gas escapando llenó un pequeño espacio entre los dos.
Souta se sentó en el borde del puesto de adelante, mirándolo de reojo.
—Oye… ya en serio, deberías meterte a un club de la escuela.
Takashita frunció ligeramente el ceño.
—¿Un club?
—Sí. Cualquiera. Literatura, arte, lo que sea. No puedes quedarte siempre aquí escribiendo como si el mundo no existiera.
Takashita bajó la mirada a su cuaderno.
El poema seguía ahí, incompleto.
—No sé… —murmuró—. No siento que encaje en nada de eso.
Souta soltó una pequeña risa.
—Nadie encaja al inicio, idiota. Para eso son los clubes.
Un silencio corto se formó entre ambos.
Pero no era incómodo.
Era de esos silencios donde algo empieza a moverse por dentro, aunque aún no se note.
Takashita miró otra vez por la ventana.
El viento movía suavemente los árboles del patio.
Y por primera vez en el día, su cuaderno dejó de ser solo palabras.
Se sintió como una posibilidad.