El sonido del timbre anunció el cambio de clase, pero para Takashita eso no significaba mucho.
Guardó su cuaderno con calma, como si estuviera cerrando algo más importante que simples hojas llenas de palabras.
El poema seguía incompleto.
Y eso, extrañamente, le molestaba un poco más de lo normal.
—Oye, poeta silencioso —la voz de Souta apareció otra vez a su lado.
Takashita ni siquiera volteó de inmediato.
—¿Qué quieres ahora?
Souta sonrió, caminando a su ritmo junto a él por el pasillo lleno de estudiantes.
—Solo confirmar algo. Lo del club.
Takashita suspiró.
—No lo he pensado.
—Claro que lo has pensado —respondió Souta sin dudar—. Solo no quieres admitirlo.
Esa frase se quedó un segundo en el aire.
Takashita bajó un poco la mirada.
No era que no quisiera… era que no sabía dónde encajaba.
Los clubes del colegio siempre le habían parecido cosas ruidosas, llenas de gente que hablaba más de lo que sentía.
Y él… él sentía demasiado y hablaba poco.
—No encajo en esas cosas —dijo al fin.
Souta soltó una risa corta.
—Esa es la excusa más vieja del mundo.
Se detuvieron frente a una cartelera del pasillo.
Había anuncios de clubes: deportes, arte, música, ciencia…
Todo parecía organizado.
Todo parecía… correcto.
Takashita los miró en silencio.
Pero ninguno le hablaba a él.
O eso creía.
—Mira —Souta señaló los papeles—. No tienes que encajar perfecto. Solo tienes que entrar.
Takashita no respondió.
Pero su mano, sin pensarlo mucho, volvió a tocar el cuaderno dentro de su mochila.
Como si buscara algo ahí.
Como si esperara una respuesta.
Y por primera vez, la idea del club no se sintió tan lejana.