La biblioteca del colegio siempre tenía un aire distinto.
No era como los pasillos llenos de ruido o el salón lleno de voces cruzadas.
Aquí el sonido era más suave.
Como si hasta las palabras hablaran en susurros.
Takashita estaba sentado en una mesa del fondo, con su cuaderno abierto como siempre.
Pero esta vez no escribía.
Solo miraba la página en blanco.
Souta apareció entre los estantes con dos libros en la mano, dejándolos caer suavemente sobre la mesa.
—Te encontré —dijo, sentándose frente a él.
Takashita levantó la mirada.
—No estaba escondido.
—Pero casi —respondió Souta con una pequeña sonrisa.
Un silencio cómodo se instaló entre los dos.
Takashita apoyó el lápiz sobre el cuaderno.
—¿Por qué viniste aquí?
Souta se recostó un poco en la silla.
—Porque aquí es donde la gente que piensa demasiado viene a desaparecer.
Takashita lo miró de reojo.
—Eso suena raro.
—Es verdad —dijo Souta sin dudar—. Y tú eres de esos.
Takashita no respondió.
Solo volvió a mirar su cuaderno.
Las palabras seguían sin salir.
Souta cruzó los brazos.
—Ya tomaste una decisión sobre lo del club.
—No.
—Entonces te voy a dar una opción mejor.
Takashita alzó una ceja.
—¿Cuál?
Souta se inclinó un poco hacia adelante.
—Club de literatura.
El nombre quedó flotando en el aire.
Takashita parpadeó.
—¿Literatura?
—Sí —asintió Souta—. Ahí no tienes que fingir ser alguien que habla mucho. Solo tienes que escribir.
Takashita bajó la mirada a su cuaderno.
Escribir…
Eso sí lo hacía.
Eso sí le salía.
—No sé si sea para mí —murmuró.
Souta suspiró, como si ya hubiera escuchado esa frase muchas veces en su vida.
—Nadie sabe si es para uno hasta que entra.
Silencio otra vez.
Pero esta vez era diferente.
Más pesado.
Más importante.
Takashita cerró lentamente el cuaderno.
—¿Y si no encajo ahí tampoco?
Souta lo miró sin dudar.
—Entonces escribes eso también.
Takashita se quedó quieto.
Por primera vez en el día, no respondió con una excusa.
Solo pensó.
Y en algún punto de su mente, el nombre “club de literatura” dejó de sonar tan ajeno.