Las 4:30 de la tarde caían suaves sobre el colegio.
La luz del sol entraba por las ventanas de la biblioteca, dorando los estantes de libros y haciendo que todo se sintiera más tranquilo de lo normal.
Takashita, Souta y Mickey estaban sentados en una mesa larga del fondo.
Libros abiertos, hojas con ejercicios, lápices moviéndose sin parar.
Y por primera vez… no era caos.
Era trabajo.
—No entiendo por qué esto tiene tantas letras —murmuró Mickey, frunciendo el ceño mientras miraba un ejercicio.
Souta soltó una risa.
—Porque es matemáticas, genio.
Mickey lo miró mal.
—Eso no ayuda.
Takashita, en silencio, tomó el lápiz y señaló el ejercicio en el cuaderno de Mickey.
—Aquí… es solo ordenar los pasos.
Mickey lo observó.
—¿Así de simple?
Takashita asintió.
—Solo parece complicado.
Souta apoyó la cabeza en su mano, observando la escena.
—Qué raro verte explicando cosas.
Takashita no respondió, pero siguió escribiendo.
El sonido del lápiz contra el papel era lo único constante.
Pasaron minutos.
Luego más minutos.
Y poco a poco, algo cambió.
Mickey empezó a entender.
Souta dejó de bromear tanto.
Y Takashita… empezó a hablar un poco más de lo normal.
—Si haces esto primero… luego es más fácil —dijo señalando otra hoja.
Mickey abrió los ojos.
—Ah… ya entendí.
Souta lo miró sorprendido.
—Ok, esto sí es nuevo.
Takashita bajó un poco la mirada, como si no le diera importancia.
Pero por dentro, algo extraño pasaba.
No era escribir.
No era estar solo.
Era… ayudar.
La luz del atardecer se hizo más cálida dentro de la biblioteca.
El silencio ya no se sentía vacío.
Se sentía compartido.
Mickey cerró su cuaderno con una sonrisa cansada.
—Sobreviví matemáticas gracias a ustedes.
Souta se estiró.
—No te emociones, todavía puedes reprobar mañana.
Mickey lo empujó suavemente.
Takashita soltó una pequeña exhalación… casi como una risa.
Y en ese momento, sin decirlo, los tres lo entendieron:
No estaban tan perdidos como pensaban.