Dueño de mi Libertad

Capítulo 3: Demasiado cerca

La noche cayó lentamente sobre la hacienda, cubriéndolo

Pero Amara

Estaba sentada en el borde del jergón, con las manos entrelazadas, mirando la oscuridad como si en ella pudiera encontrar respuestas. El murmullo de las otras mujeres dormidas llenaba el pequeño espacio, pero su mente seguía despierta... demasiado despierta.

Mañana.

Volvería a verlo.

Cerró los ojos con fuerza.

No debía importarle. No debía sentirse así.

Pero algo dentro de ella ya había cambiado.

Y lo peor... era que no sabía cómo detenerlo.

Un sonido suave la hizo abrir los ojos.

Un golpe leve en la puerta.

Amara se tensó.

¡Eso

A esa hora... nadie venía sin una razón.

Se levantó con cuidado, caminando en silencio para no despertar a las demás. Abrió apenas la puerta, lo suficiente para mirar afuera.

Y su corazón se detuvo.

—Ven.

Era él.

Adrián.

De pie en la penumbra, sin ruido... como si su presencia fuera un secreto.

—Señor... —susurró Amara, con el pulso desbocado—. No debería estar aquí.

—Lo sé.

Y aun así, no se movió.

Amara dudó.

Todo en su cuerpo le decía que no saliera. Que cerrara la puerta. Qué olvidara

Pero sus pies no obedecieron.

Salió.

La noche los envolvió de inmediato.

El aire era fresco, casi húmedo, y el sonido lejano de los insectos llenaba el silencio entre ellos. Adrián comenzó a caminar sin decir nada, como si esperara que ella lo siguiera.

Y lo hizo.

Sin preguntar.

Sin entender por qué.

Caminaron hasta un lugar apartado, lejos de las chozas, lejos de la casa principal... donde los árboles formaban una especie de refugio natural.

Allí se detuvo.

Amara también.

La distancia entre ellos era corta.

Demasiado corta.

—No entiendo esto —dijo ella finalmente, rompiendo el silencio—. ¿Por qué me ha traído aquí?

Adrián la observó.

En la oscuridad, sus ojos parecían más intensos.

Más peligrosos.

—Porque allá —respondió—, todo es lo que se supone que debe ser.

Dio un paso hacia ella.

—Y aquí... no.

El corazón de Amara golpeó con fuerza.

—Eso no cambia nada, señor.

Su voz tembló apenas.

Pero no retrocedió.

Adrián se acercó un poco más.

—Deja de llamarme así.

El aire entre ellos se volvió denso.

—No puedo.

—Sí puedes.

Un silencio.

Un latido.

—No debo.

Sus palabras fueron más suaves esta vez.

Más honestas.

Adrián la miró como si esa respuesta confirmara algo.

—¿Siempre obedeces?

Amara soltó una pequeña risa amarga.

—Si no lo hiciera... no estaría aquí.

Eso lo detuvo.

Por un segundo, su expresión cambió.

Como si hubiera olvidado... o querido olvidar... Esa realidad.

Pero no dijo nada.

En lugar de eso, dio otro paso.

Ahora estaban demasiado cerca.

Amara podía sentir su respiración.

El calor de su cuerpo.

Y eso era un error.

Un error enorme.

—Amara... —murmuró él, su voz más baja que antes.

No era una orden.

No está aquí.

Era algo más.

Algo que la hizo estremecerse.

—Esto no está bien —susurró ella, aunque no se movió—. Si alguien nos ve...

—No hay nada de eso.

—Siempre hay alguien.

Sus ojos se encontraron.

Y esta vez...

No hubo forma de apartarlos.

El silencio se cargó de algo eléctrico, intenso... como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante.

Adrián levantó la mano lentamente.

Amara contuvo la respiración.

Sabía lo que venía.

Podía detenerlo.

Debía hacerlo.

Pero no lo hizo.

Sus dedos rozaron su rostro con una suavidad inesperada.

Casi... como si temiera romperla.

Amara cerró los ojos por un segundo.

Ese simple contacto fue suficiente para desarmarla.

Para hacerla olvidar todo lo que debía recordar.

—No eres lo que debería querer —dijo él en voz baja.

Sus palabras no la hirieron.

La destrozaron.

Porque eran verdad.

Amara abrió los ojos.

—Entonces no lo haga.

Fue un susurro.

Pero sonó como una súplica.

Adrián no se apartó.

Su mano seguía en su rostro.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es.

Negó suavemente.

—No para mí.

El silencio volvió.

Pesado.

Íntimo.

Peligroso.

Amara sintió cómo su corazón latía tan fuerte que parecía delatarla.

—Si sigue acercándose... —dijo ella, con la voz apenas firme— no voy a poder detener esto.

Adrián la miró fijo.

—Yo tampoco.

Y ahí...

Todo se rompió.

La distancia que aún quedaba entre ellos desapareció en un instante.

No fue brusco.

No fue apresurado.

Fue lento... como si ambos supieran que ese momento cambiaría todo.

Sus labios se encontraron con una intensidad contenida, cargada de todo lo que no podían decir.

De todo lo que no debían sentir.

Amara sintió cómo el mundo se desvanecía.

Cómo las reglas dejaban de importar.

Cómo, por primera vez...

No se sentía prisionera.

Pero la realidad no desaparece.

Nunca lo hace.

Se separaron apenas unos segundos después, como si el peso de lo que acababa de pasar cayera de golpe sobre ellos.

Amara retrocedió un paso.

Respirando agitada.

Asustada.

—Esto... —susurró— esto no puede volver a pasar.

Pero ni siquiera ella se creyó.

Adrián la observó en silencio.

Su mirada ya no era curiosa.

Era algo mucho más profundo.

Más peligroso.

—Ya pasó.

Y eso...

Lo cambiaba todo.




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