Dueño de mi Libertad

Capítulo 4: Decisiones peligrosas

El amanecer llegó demasiado pronto.

Amara no había dormido.

El recuerdo de la noche anterior seguía grabado en su piel, en sus labios... en cada pensamiento que intentaba apartar sin éxito. Había cruzado una línea que no tenía retorno.

Y lo sabía.

Trabajaba en el campo como cualquier otro día, pero algo en ella había cambiado. No en la forma en que se movía... sino en cómo sentía.

Ya no era invisible

Y eso era peligroso.

Muy peligroso.

—Hoy están más lentos de lo normal —gruñó el capataz, caminando entre ellos—. ¿Quieren ça

El ambiente se tensó.

Amara apretó los dientes, obligando a su cuerpo a moverse más rápido, ignorando el cansancio que ya quemaba en sus músculos. A su lado, una mujer mayor tropezó, cayendo de rodillas sobre la tierra seca.

El látigo no tardó en alzarse.

Amara cerró los ojos por un segundo.

Pero el golpe... nunca llegó.

El silencio fue inmediato.

Pesado.

Contras

Amara abrió los ojos.

—Baja eso.

La voz de Adrián atravesó el aire como un corte limpio.

El capataz se quedó inmóvil, el látigo suspendido en el aire.

—Señor... —intentó decir.

—Él d

No alzó la voz.

No hizo falta.

El hombre obedeció de inmediato, visiblemente incómodo.

Amara sintió un nudo en el pecho.

Eso... No era normal.

Adrián caminó hasta la mujer en el suelo. Se inclinó ligeramente, observándola, no con desprecio... sino con algo que ninguno de los presentes supo reconocer de inmediato.

—Que descanse —ordenó—. Y que alguien la atienda.

El murmullo comenzó a crecer.

Esto no era lo habitual.

No en esa hacienda.

No con ningún amo.

El capataz dudó.

—Pero señor, la producción—

Adrián lo miró.

Y bastó.

—¿He sido claro?

—Sí, señor.

El hombre retrocedió, tenso.

El orden había cambiado.

Y todos lo sentían.

Amara bajó la mirada de inmediato, intentando ocultar la tormenta que crecía dentro de ella.

No.

Esto no podía estar pasando.

No por ella.

No por lo que ocurrió anoche.

Pero lo peor... fue cuando lo sintió.

Esa mirada.

Directa.

Sobre ella.

No levantó la vista.

No se atrevió.

Pero sabía que era él.

Sabía que la estaba mirando.

Y eso...

La hizo temblar.

Las decisiones no se detuvieron allí.

Ese mismo día, el ritmo de trabajo cambió.

Las jornadas fueron más cortas.

El castigo, menos frecuente.

Incluso el agua se distribuyó con más regularidad.

Pequeños cambios.

Pero suficientes para alterar todo el equilibrio de la hacienda.

—Esto no es normal... —susurró una de las mujeres cerca de Amara.

—No —respondió otra—. Y cuando algo cambia así... nunca es gratis.

Amara sintió esas palabras como un golpe.

Porque en el fondo...

Sabía la verdad.

Esa tarde, el capataz irrumpió en la casa principal con el rostro tenso.

—Señor, esto no puede seguir así.

Adrián no levantó la vista de los papeles frente a él.

—¿A qué se refiere?

—A los cambios —respondió el hombre, tratando de mantener la compostura—. Los trabajadores lo están notando. Están hablando.

Adrián dejó la pluma sobre la mesa.

Lentamente alzó la mirada.

—¿Y eso le preocupa?

—Me preocupa perder el control.

El silencio llenó la habitación.

—El control no se pierde por tratar a las personas como si lo fueran.

Las palabras fueron firmes.

Pero no agresivas.

El capataz frunció el ceño.

—Señor... con respeto, no estamos hablando de personas como iguales.

Ese comentario tensó el aire.

Adrián se puso de pie.

Despacio.

—A partir de ahora, sí.

El hombre quedó en silencio.

No por acuerdo.

Por obligación.

—Puede retirarse.

Cuando la puerta se cerró, Adrián exhaló lentamente.

Se pasó una mano por el rostro, como si el peso de sus propias decisiones comenzara a alcanzarlo.

Sabía lo que estaba haciendo.

Sabía lo que implicaba.

Pero no podía ignorarlo.

No después de verla.

No después de sentirlo.

Esa noche...

Amara volvió al mismo lugar.

No porque él la llamara.

Sino porque sabía que estaría allí.

Y no se equivocó.

Adrián estaba de espaldas cuando ella llegó.

Parecía perdido en sus pensamientos.

—No debió hacer eso hoy —dijo Amara, rompiendo el silencio.

Él no se sorprendió.

Como si hubiera esperado que viniera.

—¿A qué te refieres?

Ella dio un paso adelante.

—A cambiar todo... por algo que no debería existir.

Adrián giró lentamente hacia ella.

—No fue solo por eso.

Amara lo miró.

—Pero sí empezó por eso.

Silencio.

Tenso.

Honesto.

—Esto nos va a destruir —continuó ella, con la voz más baja—. A usted... Y a mí.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Y quieres que me detenga?

Amara dudó.

Ese era el problema.

—Sí.

Pero su voz...

No sonó convencida.

Adrián la observó con intensidad.

—Mírame y dime que no sentiste nada.

El corazón de Amara se descontroló.

—No puedo.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Y en ese instante...

Todo volvió a cambiar.

Adrián se acercó más.

—Entonces no me pidas que ignore lo que es evidente.

Amara negó suavemente, retrocediendo un paso.

—No es evidente... es imposible.

—No para mí.

—Para el mundo sí.

El silencio volvió a caer entre ellos.

Más pesado que antes.

Más real.

—Si sigue así... todos lo van a notar —susurró ella—. Y cuando eso pasó... no habrá nada que pueda salvarnos.

Adrián la miró fijamente.

—Entonces tendremos que ser más cuidadosos.

Esas palabras...

No eran una solución.




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