La mañana siguiente comenzó con un silencio extraño.
Amara lo sintió desde que abrió los ojos.
Los trabajadores hablaban menos. El capataz caminaba de un lado a otro con una expresión seria y, frente a la casa principal, había dos hombres que Amara nunca había visto antes.
Algo estaba ocurriendo.
—Amara.
La voz del capataz hizo que se detuviera.
—Sí, señor.
—El señor Montenegro quiere verte.
El corazón le dio un vuelco.
Por un instante pensó en Adrián.
Pero cuando llegó a la casa principal, comprendió que no era él quien la esperaba.
La madre de Adrián estaba sentada junto a una ventana. A su lado estaba el padre, con una expresión fría e impenetrable.
Adrián también estaba allí.
Pero permanecía de pie, rígido, con los puños cerrados.
—Acércate —ordenó su padre.
Amara obedeció.
—Hemos tomado una decisión —dijo la madre.
Adrián levantó inmediatamente la mirada.
—¿Qué decisión?
Su padre ni siquiera lo miró.
—Amara será trasladada.
El silencio fue absoluto.
—¿Trasladada? —preguntó Adrián.
—A otra propiedad de la familia.
Adrián dio un paso adelante.
—No.
Su padre finalmente lo miró.
—No te estamos pidiendo permiso.
Amara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Cuándo? —preguntó con voz apenas audible.
—Esta misma tarde.
Adrián reaccionó de inmediato.
—No pueden hacer esto.
Su madre lo observó con una calma inquietante.
—Podemos hacer mucho más que esto si continúas desafiándonos.
Adrián apretó la mandíbula.
—Ella no ha hecho nada.
—Precisamente por eso —respondió su padre—. El problema no es ella. El problema eres tú.
Amara bajó la mirada.
Sabía que aquello estaba sucediendo por su culpa.
O, al menos, eso era lo que ellos querían que creyera.
—Llévensela —ordenó el padre.
Dos hombres se acercaron.
Adrián se interpuso inmediatamente.
—Nadie la toca.
La habitación quedó congelada.
Su padre se levantó lentamente.
—Apártate.
—No.
Era la primera vez que Adrián desobedecía a su padre de aquella manera.
—Si la envían lejos, no volveré a permitir que decidan por mí.
Su padre se acercó hasta quedar frente a él.
—Entonces recuerda quién eres.
Una pausa.
—Eres un Montenegro. Y ella es propiedad de esta familia.
Aquellas palabras hirieron más que cualquier golpe.
Adrián miró a Amara.
Sus ojos se encontraron.
Ella pudo ver el miedo que intentaba esconder.
—No hagas nada —susurró ella.
—Amara...
—Por favor.
No quería que él se destruyera intentando salvarla.
Pero la madre de Adrián ya había tomado otra decisión.
—El traslado no será suficiente —dijo.
Su padre la miró.
—¿Qué propones?
Ella observó a Amara durante unos segundos.
—Un castigo.
Adrián se volvió hacia ella.
—No.
—Ha olvidado cuál es su lugar.
Amara sintió un escalofrío.
—No la castigarán —dijo Adrián.
Su madre se levantó.
—Entonces demuéstranos que puedes controlar tus sentimientos.
La amenaza era clara.
Si Adrián se enfrentaba a ellos, Amara pagaría las consecuencias.
Finalmente, su padre habló:
—Será trasladada mañana al amanecer. Hasta entonces permanecerá bajo vigilancia. Y si vuelve a acercarse a ti...
Dejó la frase incompleta.
No hacía falta terminarla.
Adrián comprendió perfectamente.
Amara también.
Dos hombres se acercaron a ella.
Esta vez, Adrián no pudo detenerlos.
—¡Amara!
Ella se giró antes de salir.
Lo miró una última vez.
No lloró.
No quería darle a aquella familia la satisfacción de verla quebrarse.
Pero cuando la puerta se cerró detrás de ella, una lágrima recorrió silenciosamente su rostro.
Horas después, Amara estaba encerrada en una pequeña habitación detrás de los establos.
No sabía qué propiedad sería su destino.
No sabía cuánto tiempo estaría lejos.
Solo sabía una cosa.
La estaban separando de él.
Y quizá esa era precisamente la intención.
Mientras tanto, Adrián permanecía solo en su habitación.
Sobre el escritorio encontró un documento.
El traslado de Amara.
Lo tomó entre sus manos.
Lo leyó.
Y por primera vez comprendió que no bastaba con desafiar a su familia.
Si quería protegerla, tendría que enfrentarse a todo aquello que había heredado.
Incluso a su propio apellido.
Arrugó el documento entre sus dedos.
—No voy a dejar que te lleven —murmuró.
Pero afuera, dos hombres vigilaban la puerta.
Y al amanecer...
Amara sería enviada lejos.
A menos que Adrián encontrara una manera de detenerlos antes.
Y esta vez, no tendría muchas oportunidades.