Dulce atracción

Encuentro familiar.

Dimitri Alves.

Estoy sentado en la parte trasera del barco, admirando el inmenso mar. Tenía años sin verlo, desde que me fui del Distrito de Marmapolis Island. En Olipolis, distrito al que me mudé con mis padres, no hay playas, creo que... Todas las playas de la República de Velane están en Marmapolis al ser una Isla.

La figura de una chica castaña a mi lado me distrae de mis pensamientos. La miro y es guapa, pelo castaño claro, ojos avellana, labios rosados y nariz diminuta. La chica al notar mi mirada me sonríe.

—Un gusto, Fernanda Williams, ¿y tú?

Pongo mi mejor sonrisa y con voz seductora respondo:

—Dimitri Alves —la morena no me quita la mirada de encima y toma el atrevimiento de sentarse en mi banca, por lo que pregunto—. ¿Eres de la Isla?

Ella no responde enseguida, se toma unos segundos antes de hacerlo. Bate sus pestañas, por dentro quiero carcajearme, en toda la palabra está coqueteando conmigo y yo como buen seductor no pienso dejarlo pasar.

—Sí, soy de isla. Pero estuve dos semanas de vacaciones con mis padres en City On Fire.

—Oh. La Ciudad de fuego, es muy bonita —le respondo. El año pasado mi padre nos llevó por su trabajo, es un Distrito ambientado en la era medieval y hace un frío de los cojones.

—Sí, es muy bonita. Pero no creo que más que tú.

Esta vez si no puedo contener la carcajada y termino soltándola, ella me sigue.

—Venga, has de pensar que soy una lanzada, y no te lo voy a negar —arqueo mis cejas—. Es la verdad, eres guapo.

 

A partir de allí entablo una conversación con Fernanda. Me sorprendo al enterarme que es del mismo vecindario que mis abuelos y en el yo solía vivir. Intercambiamos números para ponernos en contacto. En el transcurso del fin de semana. A lo lejos veo a mi madre que está buscándome, me despido de ella y camino en dirección a la proa donde me esperan Dominik y Virginia.

Padre me pregunta si estaba ligando, a lo que mi padre pone los ojos en blanco. Ella no ha llevado bien mi crecimiento y es celosa con mis amistades. Todavía cree que soy un niño de ocho años y no uno de dieciséis, que el año próximo está por cumplir sus diecisiete.

A lo lejos comienza a verse el puerto, el capitán habla por los altavoces comunicando que falta media hora para arribar al puerto. Esos treinta minutos me sumerjo en mi teléfono mensajeándome con mis primas y mejor amigo, Danilo.

Danilo Jacobs: Después que tu abuela te de su delicioso sancocho te vienes directo para mi casa, voy a presentarte a mis mejores amigas. Pero desde ya te digo que ojitos con ellas o me veré en la obligación de patearte los testículos.

Suelto una carcajada, levanto la vista de mi móvil y me encuentro con la mirada de mamá enfurruñado mientras mi padre me hace señas que no le dé importancia.

Dimitri Alves: Venga hombre, ¿Por quién me tomas?

Le respondo.

Danilo Jacobs: Conozco a mis amigos, aunque por Cassie no me preocupo. De seguro ni te topará, pero Akira... Esa cabezota es otro cantar.

Dimitri Alves: ¿Quién puede llamarse Cassie?

Le pregunto tocándole los cojones, sé que es el diminutivo de Cassandra, en mi instituto hay varias chicas con ese nombre.

Danilo Jacobs: Cuando Cassie te de una patada en las bolas no te quiero ver llorando.

Sigo con la conversación con Danilo, extrañamente no he buscado en redes sociales el nombre de sus mejores amigas, lo cierto es que... No me sé sus apellidos y tampoco me he dado la tarea de Stalkear a Danilo y ver si tiene fotos con ellas.

—Vamos bajando, Dim —me dice mi padre, solo estamos a minutos de llegar por lo que bajamos a donde están los autos y esperar en el coche para poder irnos rápido. La ventaja que tenemos es que fuimos los últimos en embárcanos, por lo cual seremos los primeros en bajar.

Mientras estamos en el coche me coloco los cascos y escucho a Timmy Trumpet, uno de los mejores dj de electrónica.

Cierro los ojos y me transporto a ... Fiestas, sí.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero cuando abro los ojos, me encuentro al frente de la casa de mis abuelos. En la entrada están Danilo, mis primas y mis abuelos, Federica y Arturo Alves.

Bajo del coche, me quito los cascos y voy con los brazos abiertos a mi abuela. La mujer de pelo canoso me regala una de sus más hermosas sonrisas y viene hacia mí. Envuelvo el cuerpo de Federica Alves en un fuerte abrazo donde le transmito lo mucho que le he extrañado y me ha hecho falta.

—Mi niño, que guapo que estás —me dice la abuela, separándose un poco de mí y dándome besos en toda la cara. Solo la dejó, porque es mi mamá, porque ni en mil sueños dejo que me baboseen la cara.

—Abue, déjalo respirar que nos lo vas ahogar antes que llegue a nosotras —se burla mi prima Mónica. Su hermana melliza pone los ojos en blanco, pero me dedica una de su sonrisa que quiere decir: me alegro que estés aquí.

Me separo de mi abuela, doy tres pasos y estoy frente a Arturo Alves, el máximo jerarca de la dinastía Alves, le sostengo la mirada y nos saludamos con un cabeceo, para luego cortar distancia y darnos un abrazo con palmadas en la espalda.




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