El sol de la mañana golpeaba la superficie de la piscina de mi patio con una agresividad que solo el dinero podía aliviar, pero el agua cristalina no era lo único que brillaba bajo aquel cielo despejado.
-Soy Alex Miller y tengo 19 años
Me encontraba caminando en la casa de diseño italiano, con los ojos cerrados meditando
“porque seré tan perfecto”
Disfrutaba del silencio... o al menos del patético intento de silencio que reinaba en el jardín. No necesitaba ver para saber que no estaba solo. Podía escuchar los intentos de susurros nerviosos y los pasos suaves, casi felinos, de las sirvientas que se suponía debían estar podando los rosales o limpiando los ventanales de la casa.
—Míralo... parece un dios ojalá me logre mirar—susurró una de ellas, su voz cargada de una mezcla de miedo y fascinación.
—Dicen que nunca ha mirado a ninguna mujer dos veces. ¿Te imaginas ser, la que lo haga perder el control? Solo una mirada de esos ojos fríos y creo que me olvidaría hasta de mi nombre —respondió la otra, con la respiración entrecortada, claramente afectada por la vista de mi torso desnudo y brillante por el protector solar.
Sentí una sombra proyectándose sobre mí. Luego, el roce "accidental" de una mano tibia y ligeramente temblorosa en mi pierna. Fue un toque audaz, una caricia que buscaba una reacción, mientras dejaba una bandeja de plata con jugo de naranja recién exprimido al lado de mi mano.
No abrí los ojos. Me quedé inmóvil, dejando que la tensión creciera hasta que el aire mismo se sintiera pesado. Sabía que me estaban provocando, esperando un gesto, un insulto o, en el mejor de los casos para ellas, una invitación.
—El jugo se va a calentar, Elena —solté con una voz tan perfecta y profunda que pareció congelar el agua de la piscina. No moví ni un solo músculo y solo le miré a los ojos —.NO te preocupes…me gusta caliente…pero más me gusta cuando una hermosura me sirve.
La chica soltó un jadeo de pura sorpresa y nerviosismo. La escuché tropezar con sus propios pies mientras se retiraba a toda prisa, con el rostro seguramente ardiendo como un tomate. Es divertido, casi poético, cómo la gente cree que el deseo es una debilidad humana inevitable, cuando para mí es simplemente la correa más fácil de usar para pasearlos como perros falderos.
Me incorporé lentamente, sintiendo cómo las gotas de sudor y agua resbalaban por mi abdomen marcado, trazando líneas que las criadas al fondo seguían con la mirada como si estuvieran viendo un milagro. Me puse de pie y caminé hacia la gran hamaca tejida a mano que colgaba entre dos palmeras importadas. Me eché en ella con una gracia natural, dejando que el balanceo me relajara.
-porque seré tan perfecto…ish. Me quede recostado por unos segundos hasta que escuche una voz.
-DISCULPE…he será que me pueda dar ayudar con unas cajas del balcón. La mire era una sirvienta linda delgada y torpe, me puse a inspeccionarla de arriba hasta abajo, sabiendo lo que realmente quería.
-si no hay problema me encantaría. Dije con una voz llena de deseo hasta que escuché.
—Sigues siendo tan encantador como siempre, Alex. A veces me pregunto si realmente tienes sangre en las venas o simplemente hielo de alta pureza.
Esa voz era diferente. Tenía autoridad, clase y un deje de burla que solo una persona en este mundo se atrevía a usar conmigo. La quede mirando era mi madre. Estaba impecable, envuelta en un traje de diseñador que costaba más que el sueldo anual de toda la servidumbre de la mansión. Se sentó en el borde de mi tumbona anterior con una sonrisa de victoria grabada en los labios.
-MAMA. Dije con una voz impecable viendo como la sirvienta se alejaba de vergüenza.
Me arrodille levantando una mano diciendo en mí misma mente -NOOOO…vuelve…¡¡vuelve¡¡ Supe que desperdicie una oportunidad impecable como yo hasta que la mire con un toque de amargura.
—¿Qué quieres ahora, mamá? —pregunté, aun arrodillado lamentándome de mi hecho —. Si es sobre la junta de la empresa, ya te dije que mi silla seguirá vacía hasta que sea mas grande. No me interesa jugar a los negocios con viejos que huelen a naftalina.
—No es la empresa, cariño. Es algo mucho más... estimulante —lanzó un sobre de papel crema con sellos dorados directamente sobre mi abdomen. El peso del papel era considerable—. Te he inscrito en el Instituto universitario Silverwood. Empiezas mañana a primera hora.
—¿universidad? —Me levante y me senté de golpe en la hamaca, haciendo que se sacudiera violentamente. Zeus, mi gato negro de ojos amarillos, saltó desde un arbusto cercano hasta mi hombro, clavando sus garras con una familiaridad que solo yo le permitía—. Pensé que ya habíamos superado la etapa de perder el tiempo con adolescentes hormonales y profesores que apenas ganan para su café.
—Silverwood no es el colegio, Alex. Es el ecosistema donde viven los depredadores del mañana. Es la cuna de las familias más ricas y poderosas del país. Necesitas contactos... o quizá, simplemente necesitas un tablero de ajedrez más grande para que dejes de aburrirte y de atormentar a las empleadas con tus jueguitos.
-NO LES ATORMENTO… solo sigo su juego. Dije con una voz un poco desafinada.
-ehh… Me tape la boca y en una agenda anote -Mejorar mi perfecta voz y 50 abdominales de castigo.
-En fin, volvamos a la conversación. Me levanté de la hamaca y caminé hacia el enorme ventanal de cristal que reflejaba mi figura como un espejo perfecto. Me observé un segundo: el cabello perfectamente desordenado, la mandíbula firme, y esa mirada que siempre parecía estar analizando cómo destruir a quien tuviera enfrente. Una de las sirvientas nuevas, que pasaba con unas toallas, se quedó paralizada al verme de frente. Sus ojos bajaron por mi pecho y, literalmente, las piernas le temblaron tanto que tuvo que sostenerse de una columna para no desplomarse ahí mismo.
—Está bien —murmuré, viendo mi propio reflejo y el de mi madre detrás de mí—. Si quieren que juegue a ser el estudiante modelo, lo haré. Pero que no se quejen cuando sea yo quien dicte las reglas y rompa sus preciosos juguetes.