Alex Miller estaba sentado en su pupitre, con la mirada perdida más allá del cristal de la ventana. El profesor seguía hablando, pero para Alex, sus palabras eran solo un ruido como los demás, un zumbido insignificante que no lograba penetrar la barrera de su propio pensamiento. Apoyó la mejilla en la palma de su mano, sintiendo la suavidad de su perfección, y dejó escapar un suspiro que cargaba con el peso de siglos de aburrimiento.
"Soy tan perfecto que incluso el acto de estudiar me parece un insulto", pensó, mientras observaba el polvo flotando en un rayo de sol. "El conocimiento debería inclinarse ante mí, entrar en mi mente por puro respeto a mi. ¿Por qué estoy perdiendo mi tiempo aquí?"
De repente, un movimiento en el patio de abajo capturó su atención. Un grupo de chicas estaba en mitad de su clase de educación física. Entre el uniforme deportivo, una de ellas destacaba como una llama en mitad de la nieve: era la chica de cabello rojo intenso que había visto antes. No corría como las demás; se movía con una elegancia casi rítmica, una elegancia que parecía burlarse de las leyes de la física.
Alex la observó atentamente. Por un instante, una chispa de carisma genuino cruzó su rostro.
Ella no era simplemente "bonita"; era una obra de arte en movimiento. "Es perfecta", murmuró para sí mismo, sintiendo un extraño respeto. "Es casi tan perfecta como yo".
Pero entonces, su mirada se desvió al resto del grupo. Vio a una chica rubia cuyo baile era impecable; vio a una joven de cabello azul que exhalaba una calma y una técnica envidiable. Todas, absolutamente todas en ese patio, poseían una gracia que rayaba en lo irreal. El pecho de Alex se apretó. Aquello no era una clase, era un desfile de deidades.
"Espera...", pensó, y su mandíbula se tensó. "¿Todas son perfectas aquí? Si todos son especiales, entonces nadie lo es. Esto es un insulto directo a mi exclusividad".
El timbre del almuerzo sonó devolviéndole a la realidad. Alex se levantó y caminó hacia la cafetería con la espalda recta, irradiando un aura de desesperación que ya ni le importaban la suciedad en el aire. Se sentó en una mesa circular, completamente solo, esperando que alguien se acercara a pedir permiso para respirar cerca de él. Pero el silencio solo fue roto por el sonido de una bandeja metálica golpeando la mesa de al lado.
Era el chico de las gafas de la mañana. Se sentó sin invitación y como si fueras conocidos, limpiando sus lentes con un pañuelo desgastado. —Oye, un consejo gratis —dijo el chico sin mirarlo—. Si te sientas tan solo en un lugar como este, vas a llamar la atención... y no de la forma que quieres. Vas a terminar siendo el "raro" oficial de la clase, igual que yo. Sonrió.
Alex lo miró con un desanimo inmenso, sus ojos se fijaron en el puente de las gafas del chico.
—ándate de aquí, chico impopular. Tu presencia está ensuciando mi campo de visión —respondió Alex con una voz gélida.
El chico se encogió y se preparó para levantarse. Pero justo cuando estaba por irse, Alex escuchó los susurros de las mesas circundantes. Eran como pellizcos invisibles: "Mira al nuevo, parece que no tiene ni un amigo", "Qué patético, se nota que será la burla de aqui".
El pánico, ese frío sudor que Alex odiaba, golpeó su ego. Su reputación, su corona invisible, se estaba desmoronando antes de ser colocada. Antes de que el chico de gafas diera un paso más, Alex le sujetó del brazo con desesperación. —Espera... —dijo Alex, suavizando su tono—. Quédate. Puedes sentarte aquí... solo por hoy. Considéralo un honor que no mereces, pero me apetece un poco de compañía. Sonreí forzadamente
El almuerzo pasó entre el silencio incómodo de Alex y las observaciones del otro chico. Más tarde, en la clase de educación física, Alex decidió que el mundo necesitaba un recordatorio de quién era él. Se cambió al uniforme deportivo —que incluso así, le quedaba mejor que a nadie— y salió a la cancha. Corrió, saltó y realizó cada ejercicio con una precisión que rozaba lo ridículo. Esperaba los jadeos, las miradas de asombro, el reconocimiento de que él era el espécimen superior.
Pero cuando terminó y miró a su alrededor, la realidad le dio una bofetada. Nadie lo miraba solo la cara de asco que ponía el chico de lentes. A pocos metros, otros estudiantes estaban haciendo proezas físicas aún mayores con una naturalidad insultante. Eran atletas de élite, modelos de gimnasio que no sudaban ni perdían el aliento. En aquel colegio, Alex no era el sol; son otro rayo más.
La frustración comenzó a arder en su pecho, un aura oscura que lo empujó hacia los vestidores. Necesitaba estar solo. Necesitaba recordarse a sí mismo quién era antes de que este lugar lo devorara. Estaba a punto de cruzar la puerta de los vestidores de hombres cuando escuchó una voz proveniente de una sala mixta, una zona de almacenamiento que conectaba ambos lados.
Se detuvo y espió por la rendija de la puerta. Allí estaba ella: la chica pelirroja de la anterior clase. Pero no era la reina de hielo que se mostraba fuera. Estaba sola, golpeando puerta de su casillero con una furia de decepción. —¡Maldita sea! —gruñó ella entre dientes, su voz cargada de una decepción profunda mientras colocaba su cabeza en su casillero—. ¿Por qué en este lugar todos tienen esa habla y ese estilo tan ridículo? ¿Por qué todos tienen que hacerse los perfectos? ¡Estoy harta de este lugar!
Alex, llevado por un impulso que no supo controlar, abrió la puerta un poco más. El sonido hizo que ella se detuviera en seco. En un microsegundo, su expresión cambió. La rabia desapareció, la vulnerabilidad se esfumó y fue reemplazada por una máscara frialdad y un estilo inalcanzable. Se enderezó, se limpió el sudor con una toalla de seda y lo miró con ojos que podrían congelar hasta el aire. —¿Se te perdió algo? —dijo ella, su voz recuperando ese tono de superioridad que Alex tanto miro—. Este no es lugar para alguien que no sabe dónde pisa.