-Ruby... Ruby despierta, ya es hora.
La voz de su madre susurraba por ese aire, sacándola de la comodidad de las sábanas. Ruby se dio la vuelta, con los ojos todavía pegados por el sueño, sintiendo esa extraña alegría en el corazón que la acompañaba cada mañana.
-Ya voy, ma… —dijo, estirando los brazos.
Volvió a tener catorce años. Se imaginó en su antigua casa, esa construcción humilde de paredes carcomidas pero llenas de vida. Recordó cómo bajaba corriendo las escaleras de madera que crujían con una rapidez y emoción.
-¿Qué hay de comer, ma? —preguntaba siempre, sin que le importara si era solo pan con jugo de naranja. Para ella aquello era hogar.
-Hoy tengo una cita con alguien demasiado importante —decía se mama frente a un espejo pequeño y trizado mientras se arreglaba el cabello— No puedo llegar tarde.
Pero el sueño se desvaneció. Ruby abrió los ojos y se encontró en una habitación fría, de techos altos y lujos instantáneos. Estaba siempre sola. Se levantó y caminó hacia su mesa, donde descansaba una foto vieja y arrugada de su padre fallecido. La acarició con la mano. Él era el último hombre que de verdad la comprendía.
FLASHBACK
En el colegio público, Ruby era simplemente Ruby. Tenía a su mejor amiga, y juntas se creían invencibles. Caminaban por los pasillos ignorando los halagos de los chicos que siempre las acompañaban "¡Qué lindas son!" susurraban entre ellos, pero ellas solo se reían, compartiendo secretos y soñando con el futuro que tanto anhelaban. En décimo grado… su último año allí, todo era risas, juegos en el patio y el juramento de graduarse juntas en el mismo instituto humilde.
Pero la realidad la golpeó. Al llegar a casa un martes por la noche antes de jugar con su amiga.
—¿Por qué, mamá? ¡¿Por qué no puedo quedarme?! —Ruby gritaba mientras las lágrimas cain —. ¡Hicimos una promesa! Dijimos que siempre estaríamos juntas… no quiero esos lujos solo quiero quedarme.
—Lo siento, Ruby, pero las cosas han cambiado —respondió su madre evitando su mirada—. Nos vamos a vivir con mi nuevo marido. Tendrás una vida mejor, una casa grande.
Ruby vio su nueva casa por primera vez y sintió asco. Era enorme y pretenciosa. Cuando empacó sus cosas, su nueva habitación era tan grande que solo ocupó la mitad de su cuarto. La otra mitad la dejó vacía como la encontró, como un recordatorio de la parte de su vida que se había quedado en ese lugar.
En el nuevo colegio prestigioso, todos se hacían los perfectos. Ruby pasaba los días deprimida, rodeada de alagos vacíos de tipos que solo querían presumir lo bonita que era. Nunca pedía nada prefería hacerse su propia comida a escondidas, llorando en la cocina mientras recordaba a sus amigos de la escuela. Después del colegio en su graduación, el asiento de su madre y su padrastro igual ni siquiera fueron.
Ruby caminaba por los pasillos del nuevo instituto sintiéndose como un fantasma en una casa vacía. Por capricho de su madre tenía que vestir ropa cara y actuar con elegancia. Después de la clase de educación física entró a los vestidores y al ver su reflejo "perfecto", no pudo más.
¡BAM!
Golpeó el escritorio con rabia.
—¿Por qué en este lugar todos tienen esa habla y ese estilo tan ridículo? —gritó al aire, golpeando ahora su casillero—. ¿Por qué todos tienen que hacerse los perfectos? ¡Estoy harta de este lugar!
Se dio la vuelta, con los ojos rojos de furia, y se encontró con un chico que la observaba. Era Alex…
—¿Se te perdió algo? —dijo ella con frialdad.
Alex no respondió, simplemente se dio la vuelta y se fue con esa elegancia natural que lo caracterizaba. Apoyada contra el casillero, con la cabeza gacha.
—¿Qué me pasa?
Al día siguiente, pidió un cambio de salón. Necesitaba encontrar algo nuevo. Terminando entrando al laboratorio donde vio como todos al verla se alejaban por su frialdad, observando como un chico abandonaba a su compañero.
—Buena suerte —le dijo el chico a Alex mientras escapaba.
Ruby se acercó lentamente a la mesa de Alex con frialdad por alguna razón que no entendía.
—¿¿Puedo hacer grupo contigo?? —preguntó ella tratando de sonar normal, pero diciendo con frialdad.
Pasaron un rato en silencio. Ruby lo miraba de reojo. “¿Qué diablos me pasa? Debo disculparme por lo del otro día” pensaba ella. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Alex habló sin quitar la vista de su experimento abrumado.
—Soy Alex —dijo en voz baja, concentrado en un tubo y un frasco de laboratorio.
Ruby se quedó en shock. No hubo arrogancia, no hubo un discurso de "soy el mejor", no hubo alagos estúpidos. Solo un nombre. Una presentación normal. En ese momento, ella lo vio de otra manera fue una fascinación inmediata. ¿Un chico normal? O eso creia
Desde ese día, Ruby empezó a seguirlo de lejos. Lo observaba en la cafetería, en la biblioteca, en los pasillos. Cada vez que sus ojos se cruzaban por accidente, ella sentía un nerviosismo eléctrico. Se estaba enamorando de la idea de que Alex era el "normal" que tanto había buscado.
Un día, lo siguió hasta un WacDonald. Se sentó en otra mesa, escondida tras su cabello rojo. Vio cómo el amigo de Alex hacía el ridículo, actuando como un idiota, y cómo Alex parecía abrumado, intentando confirmar lo que ella sospechaba Alex odiaba esa falsedad tanto como ella.
Al salir del WacDonald, Ruby caminaba sintiéndose eufórica. ¡Lo había confirmado! ¡Alex era normal!
—¡Sí! —celebró con un pequeño puño al aire, saltando de alegría antes de que un auto negro se detuviera frente a ella.
—Vamos Ruby ya es tarde. Dijo su madre desde el asiento trasero.