Sofía
Le sonreí con el corazón completamente desarmado.
—Entonces prometeme una cosa.
Bruno frunció apenas el ceño, curioso.
—Lo que sea.
Tomé una de sus manos y entrelacé nuestros dedos.
—Prometeme que, pase lo que pase, nunca vamos a volver a ocultarnos lo que sentimos. Ya perdimos demasiado tiempo fingiendo que esto era solo un acuerdo.
Él sostuvo mi mirada durante unos largos segundos.
—Te lo prometo.
Sus labios rozaron mi frente con una delicadeza que hizo que cerrara los ojos.
—Y vos prometeme algo también.
—¿Qué cosa?
—Que cuando tengas miedo... vas a venir conmigo. No vas a cargar sola con las cosas, como hiciste aquella vez con esos mensajes. No quiero volver a enterarme tarde de algo que te haga sufrir.
Un nudo se formó en mi garganta.
Recordar aquellos días todavía me revolvía el estómago. El miedo, la incertidumbre... el pensar que podía perderlos.
Asentí lentamente.
—Te lo prometo.
Bruno sonrió satisfecho y me dio un beso corto, apenas un roce.
En ese mismo instante sonó un golpe suave en la puerta.
—Adelante —dijo Bruno sin apartar la vista de mí.
La puerta se abrió apenas y apareció Sonia.
—Disculpe la interrupción, señor Russo. El señor Pedro llegó para la reunión de las cinco. Dice que puede esperar si usted está ocupado.
Bruno soltó un suspiro resignado y apoyó la frente contra la mía.
—Cinco minutos, Sonia.
—Por supuesto.
La puerta volvió a cerrarse.
Lo miré divertida.
—El deber llama.
—Qué inoportuno es Pedro.
No pude contener la risa.
—Pobre, seguro no tiene la culpa.
—No, pero llegó justo cuando estaba abrazando a mi futura esposa.
Sentí que el calor me subía hasta las mejillas.
—Todavía no me pediste matrimonio oficialmente.
—Detalles.
Le di un pequeño golpecito en el pecho.
—Detalles importantes.
—Está bien, está bien... voy a sorprenderte de una forma que no vas a olvidar jamás.
Lo dijo con tanta seguridad que por un segundo intenté adivinar qué estaría planeando.
—No voy a darte pistas —añadió al notar mi expresión.
—Ni siquiera estaba preguntando.
—Pero lo estabas pensando.
—Me conocés demasiado.
—Y pienso seguir conociéndote toda la vida.
Mi sonrisa se volvió inevitable.
En ese momento escuchamos una vocecita adormilada.
—¿Mami...?
Giré enseguida hacia el sillón.
Dante estaba sentado, frotándose un ojito con el puño mientras sostenía la manta con la otra mano.
Me levanté rápidamente y fui hasta él.
—Hola, mi amor.
Lo alcé en brazos y él apoyó inmediatamente la cabeza sobre mi hombro.
—¿Me dormí?
—Un poquito.
Bostezó tan fuerte que Bruno y yo nos reímos.
—Tenía sueño...
—Eso ya lo notamos, campeón —respondió Bruno acercándose para revolverle el cabello.
Dante levantó la cabeza y nos miró alternativamente.
—¿Se estaban dando besitos?
Bruno tosió para ocultar una risa.
Yo no pude evitar sonrojarme.
—Puede ser...
Dante sonrió con esa inocencia que solo tienen los niños.
—Entonces está bien.
—¿Por qué? —preguntó Bruno.
—Porque cuando ustedes se dan besitos están felices... y cuando están felices, yo también.
El silencio que siguió fue breve, pero intenso.
Bruno bajó la vista unos segundos, claramente conmovido.
Yo sentí otra vez los ojos húmedos.
Los dos nos acercamos al mismo tiempo y abrazamos a Dante entre los dos.
Él soltó una risita.
—¡Me están aplastando!
Nos separamos enseguida, riendo.
—Perdón, campeón —dijo Bruno besándole la cabeza.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Dante.
—Sí —respondí acariciándole la mejilla—. Ya es hora.
Bruno tomó las llaves del escritorio y apagó la computadora.
—Hoy termino temprano. Pedro puede esperar unos minutos más; después solo queda firmar unos documentos.
Me miró con una sonrisa.
—¿Qué les parece si, antes de volver, pasamos por una heladería?
Los ojos de Dante se abrieron de par en par.
—¡Sí! ¡Quiero chocolate!
—Eso ya lo sabía —rió Bruno.
—¿Y vos, amore? —preguntó tomándome de la cintura mientras salíamos de la oficina—. ¿Qué gusto vas a pedir?
Lo miré de reojo.
—Menta granizada.
Bruno hizo una mueca exagerada.
—Nunca voy a entender cómo alguien puede disfrutar ese gusto.
—Porque tenés un paladar muy poco refinado, señor Russo.
—¿Ah, sí?
Se inclinó hasta mi oído.
—Entonces voy a tener que comprobar si realmente sabe a menta...
Sentí un escalofrío recorrerme y le di un codazo suave entre risas.
—¡Bruno!
Él soltó una carcajada.
Dante nos observaba divertido desde mis brazos.
—Papi...
—¿Sí?
—Vos molestás mucho a mami.
Bruno levantó las manos en señal de inocencia.
—Es porque me encanta verla sonreír.
Lo miré de reojo y negué con la cabeza, aunque no pude borrar la sonrisa de mi rostro.
El ascensor descendía lentamente mientras Dante iba en brazos de Bruno, completamente despierto otra vez, apoyando la cabeza sobre su hombro.
Yo observaba a los dos en silencio.
Bruno llevaba una mano sosteniendo a nuestro pequeño y la otra entrelazada con la mía.
Era una imagen tan cotidiana...
Tan simple...
Y, sin embargo, hacía unos meses jamás habría imaginado que existiría.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, caminamos hasta el estacionamiento.
Bruno abrió la puerta trasera del auto para sentar a Dante.
—¿Me ayudás con el cinturón, campeón? —preguntó.
—¡Sí!
El pequeño intentó enganchar la hebilla, pero después de varios intentos terminó frunciendo el ceño.
—No sale...
Bruno sonrió con paciencia.
—Todavía sos muy chiquito. Ya vas a aprender.
Terminó de abrocharlo y le dio un beso en la frente.
Editado: 08.08.2026