Dulce Mentira

Capitulo 24

Sofía

El fin de semana llegó más rápido de lo que esperaba. Durante los días previos, la emoción y los nervios me mantuvieron en una especie de burbuja. Bruno, fiel a su promesa, había organizado todo con un nivel de detalle que me derretía el corazón. Cada pequeño gesto, cada guiño cómplice entre nosotros, hacía que la espera valiera la pena.

La tarde de la cita, después de dejar a Dante con su abuela —quien nos despidió con una sonrisa cómplice y un "vayan a divertirse, chicos"—, me encerré en mi habitación para prepararme. Saqué el vestido negro que tanto le gustaba a Bruno, ese que él siempre miraba como si fuera el único vestido en el mundo, y me tomé mi tiempo para arreglarme.

Cuando terminé, me miré en el espejo. El vestido abrazaba mi cuerpo de forma sutil, sin exagerar, y el maquillaje era apenas un toque de realce a mis rasgos. Me sentía distinta... más liviana, más feliz. Más yo.

Bruno

La pasé a buscar puntual, tal como había prometido. Cuando la vi salir de casa, supe que el esfuerzo había valido la pena. Llevaba un vestido negro sencillo, pero en ella se veía como una obra de arte: elegante, delicada, perfecta.
Se acercó con pasos tímidos, sujetando su pequeño bolso con ambas manos, y en ese momento supe que sería incapaz de apartar la mirada de ella en toda la noche.

Me apresuré a bajarme del auto para abrirle la puerta.

—Estás preciosa —le dije en voz baja, y no era una frase hecha; realmente lo estaba.

Sofía sonrió, bajando un poco la mirada, como si le costara aceptar el cumplido. Esa mezcla de seguridad e inocencia en ella me desarmaba por completo.

El trayecto hacia el restaurante fue tranquilo. Conversamos sobre Dante, sobre pequeños detalles del día, y sobre el clima cada vez más cálido. No había silencios incómodos entre nosotros, sino pausas suaves, naturales. Aunque esta noche queríamos concentrarnos en nosotros, su nombre, Dante, flotaba en el aire como una caricia invisible.
No me molestaba. Dante era parte de lo que éramos.

Elegí un restaurante reservado, con iluminación cálida y una atmósfera íntima. Mesas de madera oscura, velas encendidas, y música instrumental suave que llenaba el espacio sin imponerse. Los aromas a pan recién horneado y especias flotaban en el ambiente.
Perfecto.

La guié hasta nuestra mesa, apartándole la silla, disfrutando del leve roce de su mano contra la mía.

—¿Te gusta el lugar? —pregunté mientras se acomodaba.

Sofía asintió, mirando a su alrededor, aunque noté que no terminaba de relajarse.

—Es hermoso —dijo—. Solo... me siento un poco rara. Es la primera vez que salimos así, sin Dante.

Sonreí con ternura. A mí también me pesaba un poco esa ausencia, pero a la vez, estaba ansioso por tener este momento solo para nosotros.

—Nos lo merecemos —respondí—. Él va a estar bien. Y nosotros... también.

Pedimos vino, elegimos platos que compartiéramos —porque ella adoraba picar de mi plato, y a mí me encantaba dejarla hacerlo—, y la conversación fluyó de forma tan natural que me sentí ligero, como hacía mucho no me sentía.

La miraba reír, morderse el labio mientras pensaba cómo explicar una historia, juguetear con la copa de vino... y me preguntaba en qué momento esta mujer se había vuelto tan indispensable para mí.

Estaba por acercarme más, decidido a robarle un beso ahí mismo, cuando una voz interrumpió nuestro pequeño mundo.

—Bruno Russo.

Me enderecé de inmediato. Una mujer, vestida con un traje de dos piezas color marfil, se acercaba a nuestra mesa. Su expresión era segura, su sonrisa medida. Algo en su porte, en su manera de moverse, me pareció conocido... aunque no lograba precisar por qué.

Me puse de pie por cortesía, estrechándole la mano.

—Disculpe, ¿nos conocemos? —pregunté, confundido.

Ella soltó una pequeña risa, más ensayada que espontánea.

—Aún no formalmente. Soy Valentina Ríos, una de las nuevas inversionistas de tu empresa. Pensé que era buen momento para presentarme.

La miré con atención. Había algo en sus ojos, en la curva de su sonrisa, que me erizaba la piel. No sabía si era su actitud o un recuerdo enterrado en mi memoria, pero no me gustaba la sensación que me provocaba.

Me giré hacia Sofía, que nos observaba con una expresión cuidadosamente neutral, aunque sus ojos, siempre tan expresivos, delataban un leve destello de incomodidad.

—Ella es Sofía, mi prometida —dije, dándole la importancia que merecía.

Valentina le dedicó una sonrisa breve, casi protocolar, antes de volver su atención hacia mí como si Sofía fuera poco más que una nota al pie.

—Encantada —murmuró.

Hubo algo en su tono que me molestó, pero lo dejé pasar. No era el momento de hacer una escena.

—Estoy segura de que muy pronto estaremos colaborando en varios proyectos —añadió, y antes de que pudiera responder, se despidió con una leve inclinación de cabeza y se alejó con paso seguro.

Me senté nuevamente, soltando un suspiro que no supe contener.

Por un momento, el restaurante pareció recuperar su ritmo normal: los murmullos de otras mesas, el tintinear de cubiertos, la música flotando como un susurro. Pero la incomodidad había quedado suspendida entre nosotros.

Sofía jugaba distraídamente con el borde de la servilleta, evitando mirarme.

—¿Qué opinas? —pregunté en voz baja.

Ella levantó la vista, su mirada cargada de algo que no supe definir de inmediato. Preocupación. Instinto.

—No me gusta —dijo, sin rodeos—. No sé qué es, pero... algo en ella no me da buena espina.

Asentí, compartiendo su sensación.

—A mí también me pasó —admití—. Siento que la conozco... pero no sé de dónde.

Sofía frunció el ceño, pensativa. El camarero se acercó en ese momento con nuestra comida, interrumpiendo el momento.
Agradecí la distracción.

Nos concentramos en cenar, retomando la conversación con esfuerzo, aunque ambos sabíamos que algo había cambiado. Cada tanto, mis ojos se desviaban hacia donde Valentina estaba sentada, conversando animadamente con otros empresarios.
No parecía casualidad que nos encontráramos esta noche.
Nada en su presencia me parecía casual.




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