Dulce Mentira

Capitulo 25

Sofía

La mañana llegó demasiado pronto.

Abrí los ojos lentamente, todavía envuelta en esa sensación cálida y tranquila que solo aparecía cuando sabía que estaba exactamente donde quería estar.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Después sentí el brazo de Bruno alrededor de mi cintura y una sonrisa apareció en mis labios.

Giré ligeramente la cabeza.

Él seguía dormido.

Su rostro, normalmente serio y seguro, se veía completamente relajado. Tenía el cabello despeinado y una expresión tranquila que pocas veces podía ver. Me quedé observándolo en silencio, intentando guardar aquella imagen en mi memoria.

Anoche había sido diferente.

No por lo que había ocurrido entre nosotros, sino por todo lo que significaba.

Ya no quedaban dudas. Ya no había contratos, acuerdos ni excusas detrás de lo nuestro.

Éramos nosotros.

De verdad.

Estiré una mano y aparté con cuidado un mechón de cabello que había caído sobre su frente.

—Te amo —susurré, convencida de que seguía dormido.

—Yo también.

Me quedé congelada.

Bruno abrió lentamente los ojos y una sonrisa perezosa apareció en su rostro.

—¿Estabas despierto?

—Desde hace unos minutos.

—¡Entonces me escuchaste!

—Cada palabra.

Me tapé la cara con las manos, avergonzada.

—Qué vergüenza...

Él soltó una pequeña carcajada y me tomó de las muñecas para apartarme las manos del rostro.

—No tienes por qué avergonzarte.

—Es que pensé que estabas dormido.

—Y yo pensé que ibas a seguir fingiendo que no estabas enamorada de mí.

Lo miré entrecerrando los ojos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Qué arrogante.

—Pero tengo razón.

—No siempre.

—En esto sí.

Sonreí y negué con la cabeza.

—Eres insoportable.

—Y aun así me amas.

—Lamentablemente.

Bruno sonrió.

—Perfecto. Entonces estamos de acuerdo.

Me acerqué para darle un beso corto, pero antes de que pudiera alejarme, me rodeó con sus brazos.

—Uno no fue suficiente.

—Bruno...

—Buenos días —murmuró antes de besarme nuevamente.

Sonreí contra sus labios.

Por unos minutos olvidamos todo.

Hasta que escuchamos unos pequeños golpes en la puerta.

—¿Mami?

Los dos nos quedamos inmóviles.

Bruno abrió los ojos de par en par.

—Dante.

—Mami, ¿estás despierta?

Me mordí el labio para no reír.

—Sí, amor.

La puerta se abrió apenas y apareció la cabecita de Dante.

—¡Mami!

Entró corriendo y se lanzó sobre la cama.

—¡Cuidado! —exclamé entre risas cuando se acomodó entre nosotros.

Dante abrazó mi cuello con fuerza.

—Te extrañé.

—Pero si dormiste en casa de la abuela.

—Igual.

Bruno se incorporó y despeinó a su hijo.

—¿Y a mí no me extrañaste?

Dante lo miró con absoluta seriedad.

—Un poquito.

Solté una carcajada.

—¿Un poquito?

—Sí. A mami mucho.

Bruno se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido.

—Qué traición.

Dante se rio y después miró alternativamente a los dos.

—¿Se divirtieron?

Miré a Bruno.

Él me devolvió la mirada con una sonrisa cómplice.

—Muchísimo —respondí.

—¿Comieron helado?

—No.

—¿Fueron al parque?

—Tampoco.

Dante frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué hicieron?

Bruno intervino rápidamente.

—Cenamos juntos.

—¿Y después?

—Después volvimos a casa.

Dante pareció analizar la respuesta.

—¿Y miraron una película?

—Algo así —respondí.

Bruno me miró intentando contener la risa.

—¿Qué película?

—Una muy aburrida —respondió él.

—¿Para adultos?

—Sí.

Dante hizo una mueca.

—Entonces no me gusta.

—Ni siquiera la viste —dije.

—Pero si es de adultos, seguro es aburrida.

Bruno y yo nos miramos.

—Tienes razón —dijo él.

Dante se acomodó entre nosotros y suspiró satisfecho.

—Quiero desayunar.

—Claro que sí —dije.

Se levantó de inmediato.

—¡Quiero panqueques!

—¿A esta hora?

—Sí.

—¿Y quién los va a hacer?

Dante señaló a Bruno.

—Mamá

Bruno lo miró incrédulo.

—¿Por qué yo no?

—Porque mami cocina rico.

Sonreí orgullosa.

—Tiene sentido.

—No te pongas de su lado —murmuró Bruno.

Dante salió corriendo de la habitación.

—¡Los quiero con chocolate!

Bruno suspiró.

—Este niño se va a quedar con toda mi fortuna.

Me levanté y recogí mi bata.

—Y aun así lo amas.

Bruno me observó durante unos segundos.

—Más que a nada.

Su respuesta me hizo sonreír.

Pero entonces recordé algo.

Valentina.

La expresión de aquella mujer volvió a mi cabeza como una sombra.

La incomodidad de la noche anterior seguía ahí.

Bruno pareció notarlo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Sofía.

Suspiré.

—Estaba pensando en Valentina.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Yo también.

—¿No te parece extraño?

—Mucho.

—¿Crees que realmente fue casualidad que apareciera justo ayer?

Bruno negó lentamente.

—No.

Se levantó de la cama y tomó su teléfono de la mesa de noche.

—Hay algo que no te conté.

Lo miré con atención.

—¿Qué cosa?

Bruno desbloqueó el teléfono y abrió un correo.

—Esta mujer no apareció de la nada.

Me acerqué.

—¿Qué quieres decir?

—Hace aproximadamente un mes, su grupo de inversión comenzó a intentar entrar en uno de mis proyectos.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no parecía importante.

—Hasta ayer.

—Exactamente.

Me mostró algunos documentos.

Había un nombre repetido varias veces.

**Ríos Holdings.**

Fruncí el ceño.

—¿Y qué tiene de extraño?

Bruno guardó silencio unos segundos.




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