Sofía
El olor a panqueques recién hechos llenaba toda la cocina.
Me quedé unos segundos apoyada contra el marco de la puerta, observando la escena frente a mí.
Bruno estaba frente a la cocina con una sartén en la mano, intentando darle vuelta a un panqueque que, por la expresión de concentración en su rostro, parecía estar atravesando una operación de máxima importancia.
Dante, sentado sobre una de las sillas, lo observaba atentamente.
—Papá...
—¿Qué?
—Se está quemando.
Bruno miró rápidamente la sartén.
—No se está quemando.
—Sí.
—Está dorado.
—Está negro.
No pude contener la risa.
Bruno levantó la mirada hacia mí.
—¿Vas a ayudarme o solamente vas a quedarte ahí disfrutando de mi sufrimiento?
—Estoy evaluando la situación.
—¿Y cuál es tu diagnóstico?
—Que deberías dedicarte a otra cosa.
Dante soltó una carcajada.
—¡Te dije!
Bruno dejó la sartén sobre la cocina y nos miró con fingida indignación.
—Qué familia tan poco agradecida.
Me acerqué y le di un beso rápido en la mejilla.
—Te queremos igual.
—Eso no compensa que estén destruyendo mi autoestima.
Dante levantó la mano.
—Yo quiero el próximo.
—¿Quieres hacerlo tú?
—Sí.
—Perfecto.
Bruno le pasó la espátula y se colocó detrás de él para ayudarlo.
Me quedé observándolos.
Había algo en aquella escena que me producía una sensación difícil de explicar.
No era espectacular.
No había luces, música romántica ni una cena elegante.
Era una mañana cualquiera.
Una cocina desordenada.
Un niño esperando su desayuno.
Un hombre intentando hacer panqueques.
Y, sin embargo, era exactamente el tipo de felicidad que siempre había imaginado sin saber que la estaba buscando.
Sonreí.
—Mami.
—¿Sí?
Dante me miró con una expresión seria.
—¿Hoy podemos ir al parque?
—Podemos.
—¿Los tres?
—Los tres.
—¡Sí!
Saltó de la silla y abrazó las piernas de Bruno.
—¡Papá, vamos al parque!
Bruno lo miró y después me miró a mí.
—Creo que ya está decidido.
—Parece.
—Entonces después del desayuno.
Dante volvió a sentarse, satisfecho.
Yo tomé una taza de café y me apoyé contra la mesada.
Por un momento todo volvió a sentirse normal.
Hasta que vi el teléfono de Bruno sobre la encimera.
La pantalla se iluminó.
Número desconocido.
No alcancé a leer el mensaje completo, pero sí pude ver una parte de la notificación.
"Tenemos que hablar sobre Valentina..."
Mi sonrisa desapareció.
Bruno también lo vio.
Tomó el teléfono inmediatamente.
—¿Quién es? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Te escribió por Valentina?
Bruno abrió el mensaje.
Sus ojos recorrieron la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué dice?
No respondió.
—Bruno.
Levantó la mirada hacia mí.
—Dice que tenga cuidado con ella.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Quién te lo mandó?
—No aparece el nombre.
—¿Otra vez?
Asintió.
Dante levantó la mirada desde su plato.
—¿Qué pasa?
Bruno guardó el teléfono inmediatamente.
—Nada, campeón.
—¿Están peleando?
—No.
Dante nos miró a ambos, desconfiado.
—¿Seguro?
Sonreí y me acerqué para acariciarle el cabello.
—Seguro. Come antes de que se enfríen.
Asintió y volvió a concentrarse en su desayuno.
Esperé hasta que estuvo distraído.
—Esto ya no me parece una coincidencia.
Bruno bajó la voz.
—A mí tampoco.
—Primero los mensajes que recibí yo. Después las fotos. Ahora esto.
—Lo sé.
—Y aparece Valentina.
Bruno apoyó ambas manos sobre la mesada.
—No quiero que vuelvas a pasar por lo mismo.
Su tono había cambiado.
Había preocupación en sus ojos.
Y también culpa.
Me acerqué.
—No estás solo en esto.
—Precisamente por eso me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien intenta lastimarme, termina involucrándote a ti.
Lo miré durante unos segundos.
—Bruno, ya estoy involucrada.
Su mirada se clavó en la mía.
—Lo sé.
—Y no voy a fingir que esto no existe para protegerme.
Él respiró profundamente.
—Entonces voy a contarte todo lo que sé.
—¿Ahora?
Miró hacia Dante.
—Cuando volvamos del parque.
Asentí.
—De acuerdo.
Me tomó la mano y apretó mis dedos.
—Pero quiero que me prometas algo.
—¿Qué?
—Si recibes otro mensaje, aunque sea una tontería, me lo dices inmediatamente.
Pensé en los mensajes anteriores.
En las fotografías.
En todas las veces que había intentado convencerme de que podía manejarlo sola.
—Te lo prometo.
Bruno acercó mi mano a sus labios y besó mis nudillos.
—Bien.
Dante levantó la cabeza.
—¿Ya terminaron de hablar?
Bruno sonrió.
—Sí.
—Entonces vamos al parque.
—Este niño no perdona una —murmuré.
Dante sonrió.
—¡Vamos!
Bruno
El parque estaba lleno de familias.
Niños corriendo, bicicletas pasando de un lado a otro, padres sentados en los bancos y vendedores ambulantes ofreciendo helados.
Dante salió disparado hacia los juegos apenas llegamos.
—¡No corras demasiado! —le gritó Sofía.
—¡Sí, mami!
La miré.
—Te hace caso más a ti que a mí.
—Porque conmigo eres más estricto.
—Porque tú lo malcrías.
Sofía me dio un pequeño empujón con el hombro.
—Mentiroso.
Nos sentamos en un banco.
Dante se había unido a otros niños y jugaba con ellos.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
Sofía apoyó su cabeza sobre mi hombro.
—Me gusta esto.
—¿Qué cosa?
Editado: 08.08.2026