Dulce Tentación

3. Primera horneada, primer desastre

Narrado por Sarabeth

El primer día de pruebas en mi nuevo café fue un desastre.
Y no de esos simpáticos que se arreglan con una sonrisa. No. Fue una explosión literal de azúcar derretido y manteca quemada.

Me había levantado antes del amanecer, emocionada. Encendí el horno nuevo —mi orgullo y mi ruina económica— y empecé con mi receta insignia: cupcakes de vainilla con crema de frambuesa. Tenía la playlist perfecta, el delantal limpio, la ilusión intacta.

Todo iba bien hasta que el horno empezó a hacer un ruido raro, una especie de clic-clic-clic insistente. Me agaché, preocupada.
—Vamos, no me hagas esto ahora —susurré, dándole suaves golpecitos al costado, como si fuera un perro asustado.

El horno respondió con un puf y una bocanada de humo.
—¡No! ¡No, no, no! —grité, abriendo la puerta.

Un olor espantoso llenó el aire. Las masas habían explotado dentro de los moldes, cubriendo todo con una capa pegajosa de crema quemada. En cuestión de segundos, el detector de humo empezó a chillar como un alma en pena.

Corrí hasta la ventana para abrirla, pero no antes de escuchar la puerta abrirse de golpe.
—¿Qué demonios pasa acá? —rugió una voz familiar.

Por supuesto.
Deacon Smith.
En traje, a las siete y media de la mañana, con el ceño fruncido y el rostro del hombre que siempre llega justo cuando una mujer preferiría hundirse bajo tierra.

—Nada grave —tosí, abanicándome con una carpeta—. Solo una pequeña falla técnica.
—¿Falla técnica? —repitió, mirando el humo que salía del horno—. Parece que estalló una bomba de pastel.

—Fue un accidente.
—¿Un accidente o una catástrofe culinaria? —preguntó, tapándose la nariz.

No respondí. Me limité a abrir todas las ventanas mientras el detector seguía chillando. Deacon se acercó, alzó una silla y con una puntería irritante le dio un golpe seco al dispositivo. Silencio.

—Gracias —dije, cruzándome de brazos.
—De nada. —Se pasó la mano por el cabello—. Aunque honestamente, pensé que los incendios pasaban después de abrir el negocio, no antes.

Lo miré con el ceño fruncido.
—¿Qué hacés acá, de todos modos?
—Vine a revisar unos papeles del contrato. Y parece que llegué justo a tiempo para salvarte de vos misma.

—No necesitaba que me salves.
—Claro. —Sonrió apenas—. El olor a pastel carbonizado lo demuestra.

Rodé los ojos y me agaché para revisar el horno.
—Genial. Está roto.

—¿Cuánto cuesta uno nuevo? —preguntó, como quien pide el precio de un café.
—Más de lo que puedo pagar.

Hubo un silencio incómodo. Sentí su mirada sobre mí, y aunque no la veía, sabía que estaba evaluando algo. Deacon tenía ese aire de hombre que calcula cada movimiento, incluso en situaciones absurdas como esa.

—Te puedo prestar uno —dijo finalmente.
Levanté la cabeza, incrédula.
—¿Tenés un horno industrial?
—Tengo una cocina completa en uno de mis restaurantes.

—No.
—No qué.
—No quiero deberte favores.

Él arqueó una ceja, divertido.
—No sería un favor. Sería… una inversión.

—¿Una inversión en qué?
—En que no me incendies el edificio antes de que se cumpla el contrato.

Lo miré tan mal que por un segundo pareció contener una risa.
—Te juro que un día te voy a poner laxante en el café —murmuré.

—Y sin embargo, vas a seguir haciendo el mejor café de la ciudad —respondió con una media sonrisa antes de salir.

La puerta se cerró detrás de él y el silencio volvió, solo interrumpido por el zumbido del horno moribundo.
Lo odiaba.
O al menos, eso intentaba convencerme.

Pero esa sonrisa suya…
Era peligrosa.
Y el hecho de que mi corazón latiera un poco más rápido cada vez que la recordaba no ayudaba en absoluto.




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