Narrado por Deacon
El mensaje del abogado me había parecido una broma."Su abuela había firmado un contrato de alquiler antes de fallecer. La inquilina ya se instaló."¿Una inquilina? ¿En mi local? El mismo local que la abuela siempre dijo que dejaría cerrado hasta que yo “madurara un poco”?Absurdo.
Por eso, esa mañana fui hasta allí decidido a poner las cosas en orden. Lo último que esperaba era encontrarme con ella.
Una mujer con un delantal lleno de flores, cabello recogido en un moño desprolijo y un olor a vainilla que parecía quedarse pegado al aire. Caminaba por el local con una libreta en la mano y una sonrisa en los labios, como si fuera dueña del lugar.Y en cierto modo… lo era.
—¿Y vos quién sos? —le solté apenas crucé la puerta.Ni siquiera lo pensé. Me salió con el tono que uso en las reuniones cuando alguien ocupa un puesto que no le corresponde.
Ella giró, sorprendida, y me miró con esos ojos grandes, color miel, llenos de una mezcla peligrosa entre miedo y desafío.
—Yo… alquilé este local —dijo, insegura al principio, pero con firmeza al final.
Tenía algo diferente. No sé si fue la forma en que se cruzó de brazos o cómo se negó a bajar la mirada. La mayoría de las personas, cuando escuchan mi nombre, se encogen un poco. Ella no.
—Eso es imposible. Este local es mío —repliqué, marcando las palabras.
Pero en lugar de retroceder, buscó papeles, los desplegó sobre el mostrador y me los mostró con una tranquilidad que me irritó.
—Acá está el contrato, señor Smith. Firmado. Sellado. Con depósito hecho.
El tono con que dijo señor Smith sonó más a burla que a respeto.Por un segundo pensé en romper el papel frente a ella. Pero algo me detuvo.
—¿Sos la pastelera? —pregunté, solo para confirmar lo obvio.
—Sí. Sarabeth McFarland —respondió, con la barbilla en alto, como si su nombre pesara más de lo que aparentaba.
Mi abuela… siempre tan impredecible.De todas las cosas que podía dejarme, tenía que ser un contrato con una mujer testaruda y un horno industrial en camino.
—Perfecto. Lo que faltaba. La abuela alquilando su local a una pastelera sin avisarme —murmuré.
Ella arqueó una ceja.
—¿Su abuela?—La dueña anterior. Falleció hace unos meses.
Dije las palabras sin emoción, pero la mención me apretó el pecho. No lo demostraría, claro. No frente a una desconocida.
Cuando le dije que no pensaba alquilar el lugar, vi cómo se tensaron sus hombros.
—Ya firmamos un contrato. Yo pagué. Tengo proveedores esperando, un horno nuevo, una lista de reservas... —me lanzó, con el tono de alguien que lleva demasiado tiempo peleando sola.
Por un momento, sentí una punzada de respeto.Pero lo oculté bajo una capa de ironía.
—El contrato lo firmaste con mi abuela, no conmigo.
El silencio se volvió espeso. Ella apretó los labios y luego, con un tono sorprendentemente firme, me dijo:
—Entonces hablá con tu abogado, porque yo no pienso irme.
Me crucé de brazos. Nadie me hablaba así.
—Tenés carácter, ¿eh? —dije, más para mí que para ella.
—Y recetas —replicó.
La respuesta me sacó una sonrisa. Pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.Y eso me molestó más que la situación en sí.
—Voy a revisar los papeles —le dije al salir—. Pero si algo no está en regla, tenés que desalojar.
Ella asintió, con esa mirada desafiante que parecía decir intentalo.
Cuando crucé la puerta, aún podía oler la mezcla de azúcar y café en el aire.La abuela siempre decía que el destino tiene un sentido del humor extraño.Y por primera vez, tuve la sensación de que esa mujer con olor a vainilla iba a complicarme la vida más de lo que imaginaba.