Dulce Tentación

5. Condiciones y corazones

Narrado por Sarabeth

No dormí en toda la noche.La propuesta de Deacon se me había quedado pegada a la piel como harina húmeda: incómoda, persistente, imposible de ignorar.

Fingir ser su esposa.Un año sin pagar alquiler.Seguridad para mi café.

Y, como contrapartida, atarme —aunque fuera de mentira— a un hombre que me exasperaba, me confundía y tenía esa peligrosa costumbre de mirarme como si siempre supiera algo que yo no.

Me senté en la cama con una taza de té entre las manos, mirando el techo de mi pequeño departamento alquilado. No era una romántica ingenua; la vida ya se había encargado de enseñarme que los sueños se sostienen con sacrificio. Y el mío, ese café con olor a vainilla y libros gastados, estaba a punto de hacerse realidad… o de desmoronarse.

—No es amor —me repetí en voz baja—. Es un trato.

A la mañana siguiente llamé a Emma, mi mejor amiga, la única persona que conocía mis miedos sin que yo tuviera que explicarlos.

—Decime que no aceptaste —dijo apenas le conté.—Todavía no.

—Sarabeth… ese hombre es una walking red flag con traje caro.

Sonreí, cansada.

—Lo sé. Pero también es mi única garantía de no perder el local.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Y qué pasa si te enamorás?

—No va a pasar —respondí demasiado rápido.

Colgué sin estar del todo convencida.

Cuando llegué al café, Deacon ya estaba ahí. Apoyado contra una mesa, café negro en mano, como si supiera que yo aparecería con una decisión tomada.

—Tenés cara de alguien que pasó la noche negociando con su conciencia —dijo.

Dejé la mochila sobre el mostrador.

—Acepto —solté—. Pero con condiciones.

Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta.

—Te escucho.

Respiré hondo.

—Nada de mentiras innecesarias. Nada de mujeres alrededor mientras dure esto. Nada de usarme como adorno social. Y cuando todo termine… cada uno sigue su camino.

Su expresión se volvió seria.

—Acepto.

—Y una cosa más —añadí—: esto no es un juego para mí.

Se acercó un poco más.

—Para mí tampoco.

Nuestros ojos se encontraron, y por primera vez no vi arrogancia en los suyos. Vi algo más profundo. Algo que me dio miedo.

Extendí la mano.

—Entonces tenemos un trato, Deacon Smith.

La tomó.

—Tenemos un trato, Sarabeth McFarland.

Mientras nuestras manos se separaban, sentí una punzada en el pecho.No era amor.Todavía no.

Pero algo había comenzado a hornearse a fuego lento.Y presentía que, cuando estuviera listo, ninguno de los dos saldría ileso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.