Dulce Tentación

6. Un anillo que no pesa

Narrado por Deacon

Nunca pensé que ponerme un anillo sería tan extraño.No incómodo. No pesado.Extraño.

Lo giré entre mis dedos mientras esperaba en la joyería, observando cómo la vendedora sonreía con esa expresión cómplice que asumen cuando creen estar presenciando una historia de amor real. Si supiera que todo era una farsa cuidadosamente negociada, probablemente perdería el entusiasmo.

—Es sencillo, pero elegante —dijo—. Ideal para alguien como usted.

Alguien como yo.Un hombre que jamás había prometido nada más allá de una noche.

Cuando Sarabeth llegó, el aire del lugar cambió. Llevaba un vestido simple, color crema, y el cabello suelto. No estaba arreglada para impresionar, y aun así lo hacía sin esfuerzo.Me miró primero a mí, luego al anillo, y su expresión fue una mezcla peligrosa entre nervios y determinación.

—No pensé que sería tan… real —murmuró.

—Todavía no lo es —respondí, aunque algo en mi pecho se tensó al decirlo.

La vendedora nos pidió las manos.Cuando tomé la de Sarabeth, sentí cómo sus dedos temblaban apenas. No la solté de inmediato. No porque fuera necesario para la escena, sino porque no quise.

—¿Lista? —le pregunté en voz baja.

—No —admitió—. Pero adelante.

Deslicé el anillo en su dedo.Demasiado fácil.Demasiado correcto.

Por un segundo, la miré como si realmente fuera mi prometida. Como si no hubiera cláusulas ni plazos ni mentiras de por medio. Y ese pensamiento me incomodó más que cualquier compromiso.

—Nos vemos bien —dijo ella, rompiendo el silencio.

—Sí —respondí—. Demasiado.

La prueba real no fue la joyería.Fue la cena con mis socios esa misma noche.

Sarabeth estaba sentada a mi lado, erguida, atenta, con una sonrisa educada que parecía ensayada frente al espejo. Cuando alguien le preguntó cómo nos habíamos conocido, me miró de reojo.

—En el local de mi abuela —respondí—. Ella alquiló el café… y terminó alquilando un lugar en mi vida.

La frase salió sola.Y sentí su sorpresa antes de verla.

Sarabeth siguió el juego con naturalidad. Habló de recetas, de libros, del barrio. Se rieron con ella. La aceptaron.Y yo… me descubrí observándola más de lo necesario.

Cuando uno de mis socios levantó su copa y dijo:

—Brindemos por el compromiso —

Sarabeth entrelazó sus dedos con los míos bajo la mesa.Fue un gesto pequeño. Instintivo.Y me atravesó el pecho como un golpe seco.

De regreso, caminamos en silencio hasta su departamento. La noche era fresca, tranquila.

—Lo hiciste bien —le dije—. Muy bien.

—Vos también —respondió—. Aunque deberías trabajar en no mirarme como si estuvieras olvidando que esto es falso.

Me detuve.

—¿Eso te molestó?

—Me confundió —admitió.

La miré. De verdad.

—Prometo no cruzar límites —dije—. A menos que vos los cruces primero.

Rodó los ojos, pero sonrió.

—Buenas noches, Deacon.

—Buenas noches, Sarabeth.

La vi cerrar la puerta y recién entonces me di cuenta de algo inquietante:El anillo no me pesaba.Pero la idea de quitármelo algún día… empezaba a hacerlo.




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