Dulce Tentación

7.El juego de los vecinos

Narrado por Sarabeth

Si algo aprendí en mis primeras semanas con el café abierto, fue esto:en un pueblo pequeño, nada pasa desapercibido.

Mucho menos un anillo.

El primer comentario llegó a las nueve de la mañana, de boca de la señora Wilkins, que venía todos los días a pedir su café con leche y una medialuna tibia.—¡Así que comprometida! —exclamó, señalando mi mano izquierda como si acabara de descubrir un tesoro.

Sonreí, tensa.—Eh… sí.

La palabra se sintió rara en la boca.Comprometida.

En menos de una hora, media clientela ya sabía la noticia. Me felicitaron, me hicieron preguntas, me desearon suerte.Y yo asentía, respondía, actuaba.

Pero cuando Deacon entró al local cerca del mediodía, el ambiente cambió.No porque fuera él.Sino porque, de pronto, todos lo miraban como mi prometido.

—¡Ahí está el futuro esposo! —gritó alguien desde una mesa.

Deacon sonrió con una naturalidad irritante y caminó hasta el mostrador.—Veo que el pueblo trabaja rápido —murmuró.

—Te advertí que acá no existen los secretos —le respondí, inclinándome hacia él—. Ni siquiera los falsos.

Pidió un café y se apoyó contra el mostrador como si el lugar le perteneciera. Y lo peor era que, técnicamente, le pertenecía.—Relajate —dijo—. Es solo parte del trato.

Eso intenté hacer.Hasta que empezó el juego.

La señora Wilkins nos pidió una foto.Luego el cartero quiso saber cuándo sería la boda.Después alguien preguntó si pensábamos tener hijos.

Yo me reí.Deacon respondió.Y sin darme cuenta, empezamos a sincronizarnos.

—Ella quiere algo íntimo —decía él.—Él odia ser el centro de atención —añadía yo.

Mentiras.Pero dichas con una naturalidad peligrosa.

Por la tarde, cuando el café quedó casi vacío, me dejé caer en una silla frente a él.—Esto se está yendo de las manos —murmuré.

—¿Te arrepentís? —preguntó, serio.

Lo miré. De verdad.—No —admití—. Pero me asusta lo fácil que resulta fingir con vos.

Sus ojos se suavizaron.—A mí también.

Hubo un silencio cargado. De esos que dicen demasiado.Deacon se levantó y se acercó. Se detuvo frente a mí, apoyando una mano en el respaldo de la silla.

—Sarabeth… —dijo en voz baja—. Si en algún momento esto se vuelve demasiado, lo paramos.

Asentí, aunque una parte de mí no quería detener nada.—Está bien.

Cuando se fue, el café quedó en silencio.Miré el anillo una vez más.No era pesado.Pero empezaba a sentirse… real.

Y eso era lo más peligroso de todo.




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