Narrado por Sarabeth
La mañana siguiente a la confesión de Deacon amaneció más silenciosa de lo habitual.
No porque el pueblo hubiera cambiado, sino porque yo lo había hecho.
Me desperté con su voz aún rondándome la cabeza. Con esa forma torpe y honesta de admitir miedos que no encajaban con el hombre seguro que todos veían.
Y, por primera vez desde que acepté el trato, tuve que recordarme que **no era real**.
No podía serlo.
El café abrió a las ocho, como siempre. Encendí las luces, preparé el primer café del día y me até el delantal con un nudo más fuerte de lo normal, como si así pudiera mantener a raya mis pensamientos.
—Respirá —me dije—. Solo es Deacon.
Pero cuando apareció por la puerta, con el cabello apenas despeinado y una camisa arremangada, mi pulso se aceleró sin permiso.
—Buenos días, prometida —dijo, con una sonrisa tranquila.
—No empieces —respondí, aunque no pude evitar sonreír también.
Pidió su café habitual y se quedó observándome mientras trabajaba.
—Estás distinta —comentó.
—¿Distinta cómo?
—Más… concentrada.
O más consciente, pensé.
De él. De nosotros. De esa línea invisible que empezaba a difuminarse.
A media mañana, el café se llenó. Pedidos, risas, vecinos. El caos habitual.
Y entonces pasó.
El horno volvió a hacer ese ruido seco que me heló la sangre.
—No —susurré.
Deacon lo notó de inmediato.
—¿Otra vez?
—Si se rompe ahora, estoy perdida —dije, mordiéndome el labio.
Sin decir nada, se acercó, se arrodilló frente al horno y empezó a revisar como si supiera exactamente qué hacer.
—Mi abuela me enseñó a arreglar cosas —dijo—. Decía que si no sabías reparar, tampoco sabías cuidar.
Lo observé trabajar, concentrado, paciente.
El clic cesó.
El horno volvió a funcionar.
—Funcionó —susurré, aliviada.
Me miró.
—Nunca falla la calma.
Algo se quebró dentro de mí.
Antes de poder detenerme, solté:
—Mi receta secreta…
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—Nunca se la muestro a nadie —continué—. Pero quiero que la pruebes.
Preparé una pequeña porción del pastel que solo horneaba cuando necesitaba sentirme segura. Canela, miel, vainilla. Hogar.
Deacon probó un bocado y cerró los ojos.
—Esto… esto es más que un postre.
—Es mi manera de quedarme —admití.
Nuestros ojos se encontraron. El aire se volvió espeso.
Demasiado cerca. Demasiado real.
Deacon alargó la mano y, con cuidado, limpió un poco de harina de mi mejilla.
El gesto fue lento. Íntimo.
Mi respiración se detuvo.
—Sarabeth… —murmuró—. Esto ya no se siente como un trato.
Tragué saliva.
—Entonces no lo arruines.
No nos besamos.
Y eso fue lo peor.
Porque ambos supimos que, a partir de ese momento,
ya no había vuelta atrás.