Dulce Tentación

10 — Migas de lo que somos

Narrado por Deacon

No la besé.

Y fue una de las decisiones más difíciles que tomé en mi vida.

Me fui del café con el sabor de su pastel aún en la boca y con la sensación de haber cruzado una frontera invisible. No por un gesto, ni por una palabra, sino por algo mucho más peligroso: el deseo de quedarme.

Esa noche, en mi departamento, el silencio me pesó más de lo normal. El anillo brillaba en mi mano como un recordatorio constante de lo que estaba en juego. Se suponía que esto era simple. Funcional. Un acuerdo entre dos adultos.

Pero Sarabeth no funcionaba así. Ella no entraba en planes. Se colaba en ellos.

Al día siguiente, volví al café más temprano de lo habitual.

Ella estaba ordenando libros en una estantería nueva. Llevaba un suéter grande y el cabello recogido de cualquier forma. Me miró apenas entré, y algo en su expresión cambió.

—Hola —dijo.

—Hola.

Dos palabras.

Un mundo entero sin decir.

Pasé la mañana ayudándola. Moviendo mesas, colgando luces, ajustando una repisa que se inclinaba peligrosamente. Cada tarea era una excusa para quedarme. Para observarla. Para memorizar sus silencios.

—No tenés que hacer todo esto —me dijo en un momento.

—Quiero —respondí, sin pensar.

Se quedó quieta.

—Deacon…

—Lo sé —la interrumpí—. Sé que esto empezó como una mentira. Pero también sé que no todo lo que nace de una mentira termina siéndolo.

Me miró con una mezcla de miedo y esperanza que me desarmó.

—No prometas cosas que no sabés si podés cumplir.

Tenía razón.

Siempre la tenía.

Más tarde, cuando el café quedó casi vacío, una pareja joven se sentó en la mesa del fondo. Nos miraban y sonreían como si fuéramos parte del paisaje.

—Ustedes se ven bien juntos —dijo la chica al irse.

Sarabeth bajó la mirada.

Yo no.

—Tal vez porque estamos empezando a serlo —dije en voz baja.

No respondió.

Pero no se alejó.

Esa noche, al cerrar, me quedé un segundo más en la puerta.

—Gracias por confiar en mí —le dije.

Ella asintió.

—Solo no me rompas.

El pedido fue simple.

Y devastador.

Mientras caminaba de regreso, entendí que ya no solo estaba luchando contra un plazo legal.

Estaba luchando contra mí mism

o.

Y por primera vez,

no estaba seguro de querer ganar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.