Dulce Tentación

11 — Donde empieza el hábito

Narrado por Sarabeth

Deacon empezó a quedarse.

No de golpe. No con promesas.

Simplemente… empezó a estar.

Aparecía por las mañanas con dos cafés en la mano —uno para él, uno para mí— aunque yo nunca se lo pidiera. Se sentaba en la mesa junto a la ventana mientras revisaba correos y levantaba la vista cada tanto para mirarme como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.

Al principio me incomodó.

Después, me acostumbré.

Y eso fue lo verdaderamente peligroso.

—Te estás volviendo parte del mobiliario —le dije una mañana, señalando la silla que ya parecía tener su forma.

—Eso suena a permanencia —respondió—. ¿Debería preocuparme?

—Deberías —contesté, medio en broma, medio en serio.

El café funcionaba. Los vecinos regresaban, recomendaban el lugar, se quedaban más tiempo. Algunos venían solo a leer. Otros, a conversar. Yo los observaba desde el mostrador, con esa satisfacción tranquila que solo llega cuando algo empieza a crecer de verdad.

Y Deacon estaba ahí para verlo.

—Mi abuela habría amado este lugar —dijo un día, casi en un susurro.

—Creo que lo hizo —respondí—. Incluso antes de que existiera.

Me miró largo, como si buscara algo en mi rostro.

—Tal vez por eso confió en vos.

La idea me hizo tragar saliva.

Esa tarde, mientras cerrábamos, se cortó la luz. El café quedó sumido en una penumbra suave, iluminado solo por el reflejo de la calle.

—Genial —murmuré—. Justo ahora.

Deacon encendió la linterna del celular.

—No te muevas.

Pero no me moví por una razón distinta.

Estaba demasiado cerca.

El silencio se llenó de respiraciones compartidas. De recuerdos que aún no existían, pero que parecían querer nacer ahí mismo.

—Sarabeth… —dijo.

—No —susurré—. Todavía no.

Asintió.

—Está bien.

Respetó la distancia.

Y eso me hizo querer acortarla yo.

Cuando la luz volvió, todo pareció más real. Más intenso.

Como si el momento hubiera quedado suspendido en algún lugar entre lo que éramos y lo que estábamos empezando a ser.

Esa noche, al irse, se detuvo en la puerta.

—Esto se está convirtiendo en un hábito —dijo.

—Algunos hábitos son buenos —respondí.

Sonrió.

Y su sonrisa se quedó conmigo mucho después

de que se fue.

No lo sabía aún,

pero ese era el principio.




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