Dulce Tentación

12 — Lo que no se nombra

Narrado por Deacon

Nunca fui de quedarme demasiado tiempo en ningún lugar.

Ni en casas.

Ni en personas.

Ni en promesas.

Pero el café de Sarabeth empezó a desarmar esa costumbre sin pedirme permiso.

Me descubrí midiendo mis días en función de sus horarios, preguntándome si ya habría abierto, si estaría de buen humor, si hoy llevaría el cabello recogido o suelto —como si eso no importara y, al mismo tiempo, lo fuera todo—.

No decía nada.

Solo iba.

Me sentaba en mi silla —porque ya lo era— y la observaba trabajar. La forma en que fruncía el ceño cuando algo no salía perfecto. Cómo murmuraba para sí misma mientras contaba el cambio. La delicadeza casi reverente con la que acomodaba los libros de la estantería.

Ese lugar tenía su pulso.

Y yo empezaba a sentirme parte de él.

—¿Qué mirás tanto? —preguntó una mañana, sin levantar la vista.

—La calma —respondí—. No es algo que se encuentre fácil.

Sonrió apenas.

No como quien coquetea.

Como quien entiende.

Y eso fue peor.

Los días siguientes pasaron con una naturalidad peligrosa. Almorzábamos juntos cuando el movimiento bajaba. A veces hablábamos de cosas triviales. Otras, del pasado, aunque siempre esquivando lo que dolía.

Había preguntas que no hacíamos.

Había silencios que elegíamos respetar.

Una tarde, encontré una vieja foto en una caja detrás del mostrador. Mi abuela estaba allí, joven, riendo, con una taza en la mano.

—Nunca la había visto así —murmuré.

Sarabeth se acercó.

—Era feliz acá. Se nota.

—Sí —dije—. Y yo no supe verlo a tiempo.

Ella no dijo no es tu culpa.

No intentó suavizar nada.

Solo apoyó su mano sobre la mía.

Ese gesto simple me atravesó más que cualquier reproche.

—No tenés que cargar con todo solo —susurró.

Quise decirle tantas cosas.

Que tenía miedo.

Que no sabía cómo quedarme sin arruinarlo.

Que el acuerdo que nos unía tenía fecha de vencimiento y yo ya empezaba a temerle.

Pero no lo hice.

Porque si lo nombraba,

si lo decía en voz alta,

corría el riesgo de perderlo.

Esa noche, al cerrar el café, la acompañé hasta la puerta. El aire estaba frío. El silencio, lleno de cosas que no decíamos.

—Mañana voy a llegar más tarde —avisé—. Reuniones.

—Está bien —respondió—. Te voy a guardar la silla.

La miré, sorprendido.

—¿Sí?

—Sí —repitió—. Ya es tuya.

Algo en mi pecho se aflojó.

Algo más se tensó.

—Buenas noches, Sarabeth.

—Buenas noches, Deacon.

Caminé unos pasos y me detuve. No me giré.

Porque si lo hacía,

si la miraba un segundo más,

iba a cruzar una línea que todavía no sabía cómo sostener.

No era amor.

Todavía no.

Pero era el principio de algo que no podía seguir fingiendo que no existía.

Y por primera vez en años,

no quise huir de eso.




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