Dulce Tentación

13 — La línea invisible

Narrado por Sarabeth

Empecé a notar la ausencia de Deacon antes incluso de admitir que la esperaba.

La silla junto a la ventana permanecía vacía cuando abrí el café. El sol entraba igual, los vecinos llegaron igual, el aroma a pan recién horneado seguía siendo el mismo… pero algo estaba fuera de lugar.

Él.

Me dije que no importaba.

Que tenía reuniones.

Que siempre había tenido una vida antes de este lugar.

Aun así, cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, levantaba la vista con una expectativa que fingía no reconocer.

No apareció en toda la mañana.

Fue recién pasada la tarde cuando entró, con el abrigo aún puesto y una expresión cansada que no le había visto antes. Se detuvo al verme, como si necesitara asegurarse de que yo seguía ahí.

—Llegué tarde —dijo.

—Lo sé —respondí—. Te guardé la silla.

La miró un segundo más de lo necesario antes de sentarse.

—Gracias.

No pregunté cómo había ido su día.

Él no explicó nada.

Pero el silencio entre nosotros era distinto. Más espeso. Como si algo se hubiera tensado sin romperse todavía.

—¿Café? —ofrecí.

—Siempre.

Se lo llevé yo misma, aunque podría haberlo hecho cualquiera. Cuando apoyé la taza, nuestros dedos se rozaron. Nada accidental. Nada exagerado.

Suficiente.

—Sarabeth —dijo de pronto.

—¿Sí?

Se quedó callado. Vi cómo apretaba la mandíbula, cómo buscaba las palabras.

—Nada —añadió—. Solo… gracias por esto.

—¿Esto qué?

Hizo un gesto vago con la mano.

—El lugar. La calma. Vos.

Mi respiración se volvió consciente.

—No tenés que agradecerme por quedarte.

—Tal vez sí —respondió—. No soy bueno quedándome.

No supe qué decir.

Porque yo tampoco lo era.

Esa noche cerramos juntos. Afuera lloviznaba y las luces de la calle se reflejaban en los vidrios, dándole al café un aire íntimo, casi irreal.

—¿Te vas directo a casa? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

Dio un paso hacia mí. Luego otro. Se detuvo a una distancia prudente… demasiado prudente para todo lo que estaba pasando.

—Hay cosas que no estoy listo para explicar —dijo en voz baja—. Pero no quiero que pienses que esto no es importante para mí.

Lo miré. De verdad.

—Yo no necesito explicaciones —respondí—. Necesito honestidad.

Asintió despacio.

—Eso sí puedo darte.

Por un segundo pensé que iba a besarme.

Lo sentí en el aire, en la cercanía, en la forma en que mi cuerpo se inclinó sin que yo lo decidiera.

Pero no lo hizo.

Se apartó apenas.

—Buenas noches, Sarabeth.

—Buenas noches, Deacon.

Lo vi irse con una mezcla de alivio y decepción que me dejó temblando.

Cuando apagué las luces, entendí algo con una claridad incómoda:

no habíamos cruzado la línea…

pero ya n

o sabíamos cómo fingir que no estaba ahí.

Y eso,

de alguna manera,

era aún más peligroso.




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