Narrado por Deacon
Nunca me había costado tanto mantener una distancia.
Con otras mujeres, el deseo era simple. Directo. Un impulso que sabía manejar. Pero con Sarabeth… era distinto. No tenía que tocarla para sentir que ya la estaba cruzando por dentro.
El café se había convertido en mi refugio. Y ella, en el centro de ese refugio.
Llegué temprano esa mañana, antes de que abriera al público. Estaba sola, acomodando las vitrinas, con el cabello recogido de manera descuidada y una mancha de harina en la mejilla.
La observé sin decir nada.
—Tenés eso ahí —dije, señalando mi cara.
—¿Qué cosa? —preguntó, limpiándose sin éxito.
Me acerqué.
—Quedate quieta.
Le pasé el pulgar por la mejilla, despacio. El contacto fue mínimo, casi inocente… pero su respiración cambió. Y la mía también.
—Deacon… —susurró.
Aparté la mano de inmediato.
—Perdón.
No sonrió. No se alejó.
—No —dijo—. Solo… no me tomes por sorpresa.
Asentí.
—Entendido.
Ese era el problema: todo entre nosotros parecía estar siempre a un paso de algo más. Algo que ninguno terminaba de nombrar.
Mientras el café se llenaba de gente, me senté en mi lugar habitual y la vi moverse entre mesas, saludar a los clientes, reírse con naturalidad. No era solo que me gustara. Era que me importaba. Y eso sí que era nuevo.
Mi abuela habría sabido exactamente qué hacer.
Yo no.
—Tenés cara de estar pensando demasiado —me dijo Sarabeth cuando el lugar se vació un poco.
—Es mi expresión normal.
—No —sonrió—. Esa es la versión contenida.
La miré.
—¿Y la otra?
—La otra se nota cuando querés decir algo y no te animás.
No respondí. Porque tenía razón.
Esa tarde, mi teléfono vibró con un mensaje que no esperaba.
Faltan seis meses, Deacon. No más excusas.
Mi pecho se cerró.
La condición. El plazo. La presión que nunca mencioné frente a ella.
Guardé el teléfono cuando Sarabeth se acercó.
—¿Todo bien?
—Sí —mentí—. Trabajo.
Ella me sostuvo la mirada.
—Si algún día querés hablar… sabés dónde encontrarme.
Asentí.
—Lo sé.
Cuando cerramos, el cielo estaba oscuro y el aire frío. Caminamos juntos hasta la puerta.
—Deacon —dijo antes de que me fuera—. Sea lo que sea esto… prefiero que no finjamos que no existe.
La honestidad en su voz me golpeó más fuerte que cualquier reproche.
—Yo también.
No la besé.
No me fui del todo.
Me quedé ahí, un segundo más de lo necesario, sabiendo que lo que no se nombr
a empieza a pesar.
Y que tarde o temprano,
iba a tener que decir la verdad.