Dulce Tentación

Capítulo 15 — El peso de la verdad

Narrado por Sarabeth

Hay verdades que no se dicen, pero se sienten.

Desde esa noche, algo en Deacon cambió. No su presencia —seguía viniendo, sentándose en la misma silla, mirándome como si el mundo se le hubiera reducido a este café— sino su forma de estar. Más atento. Más contenido. Como si caminara sobre una cuerda floja que solo él podía ver.

Yo también cambié.

Empecé a anticipar sus gestos, a reconocer sus silencios. A notar cuándo apretaba la mandíbula y cuándo bajaba la mirada. Aprendí su cansancio. Su manera de pedir sin palabras.

Y eso me asustó.

Porque me importaba demasiado para alguien que se suponía debía mantener distancia.

Esa tarde, mientras cerraba la caja, Deacon se acercó al mostrador.

—¿Tenés un minuto?

Asentí.

—Siempre.

Salimos al pequeño patio trasero, donde el ruido del café quedaba lejos. El aire estaba frío y olía a lluvia próxima.

—No soy bueno con los discursos —empezó—. Pero no quiero seguir viniendo acá y fingir que no pasa nada.

Mi corazón dio un salto seco.

—Entonces no finjas.

Me miró, serio.

—Hay cosas de mi vida que no conocés. Decisiones. Errores.

—Todos los tenemos.

—Sí —dijo—. Pero algunos vienen con fecha de vencimiento.

La frase quedó flotando entre nosotros.

—¿Qué querés decir? —pregunté despacio.

Se pasó una mano por el cabello, nervioso.

—Que si sigo acercándome a vos… no va a ser a medias.

El miedo y el deseo chocaron dentro de mí.

—No te pedí medias cosas.

—Lo sé —respondió—. Por eso estoy intentando no cruzar una línea que no estoy listo para explicar.

Respiré hondo.

—Deacon, no necesito que tengas todo resuelto. Pero sí necesito saber que no estoy ocupando un lugar que no me corresponde.

Me miró como si la idea le doliera.

—No estás ocupando ningún lugar prestado.

Un silencio largo. Denso. Honesto.

—Entonces —dije—, no me mires como si estuvieras a punto de irte todo el tiempo.

Sus ojos se suavizaron.

—No quiero irme.

Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí.

No nos besamos.

No nos tocamos.

Pero el espacio entre nuestros cuerpos dejó de ser un refugio y se volvió una promesa peligrosa.

Cuando entramos de nuevo al café, supe que algo había cambiado definitivamente.

La verdad todavía no había sido dicha.

Pero ya pesaba lo suficiente como para no poder i

gnorarla.

Y yo, sin darme cuenta,

ya estaba dispuesta a escucharla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.